martes, 20 de noviembre de 2018

JAPÓN GROTESCO



[Jesús Palacios (ed.) y otros autores, Eroguro. Horror y erotismo en la cultura popular japonesa, Satori ediciones, págs. 320]

            Hasta la publicación de este magnífico volumen los aficionados a la cosa asiática más excéntrica, en sus variados formatos y maneras, debíamos acudir a la vasta bibliografía en inglés o francés. En este sentido, para quien se pregunte qué es esto del “eroguro” y por qué atrae tantas miradas occidentales y fascina a la mente extranjera con su despliegue de efectos truculentos, explosiones libidinales y perversiones escalofriantes, esta joya editorial coordinada por Jesús Palacios ofrece todas las respuestas posibles, con exuberancia de ilustraciones en color y blanco y negro y abundantes referencias bibliográficas y filmográficas, y abre interrogantes imposibles de contestar.
El imaginario cultural de Japón es poliédrico, como señala Palacios, y si en la faceta apolínea incluye, con muchos claroscuros y rincones secretos, samuráis, geishas, artes florales, kimonos, bonsáis, budismo zen, pintura de paisajes, haikus y ceremonias del té, en la faceta más oscura acoge toda clase de desviaciones sexuales, monstruos lúbricos, cuerpos maltratados y pasiones obsesivas y fetichistas como no se encuentran en ninguna otra cultura asiática. “Eroguro” significa, pues, adaptando términos ingleses al japonés coloquial, erotismo grotesco y absurdo. Producto del teatro Kabuki más sangriento y granguiñolesco y de las imágenes escandalosas del final de la era Tokugawa, la estética “eroguro” refleja la actualización de una hipersensibilidad para lo grotesco y siniestro por parte de una cultura de origen feudal y fundada, por tanto, en rígidas jerarquías, iniquidad social, inconsciente tenebroso e intimidades abyectas. No obstante, lo que hace singular a esta tendencia japonesa es la monstruosa hibridación de belleza y horror, poesía macabra y sensualidad letal.
            Visto así, lo fundamental del cóctel “eroguro”, al menos en sus inicios, sería el impacto en la mentalidad literaria de los escritores y lectores japoneses de finales del siglo XIX de las traducciones de escritores como Poe junto con todo el elenco de estetas simbolistas y postsimbolistas como Villiers, Wilde, Barbey, Baudelaire y Huysmans. La tóxica influencia de Poe fue seminal para creadores de las tres primeras décadas del siglo XX (la era Daisho y comienzos de la era Showa) como Tanizaki, Akutagawa y Rampo, más conocidos (del primero y del último se incluyen aquí dos relatos paradigmáticos de su primera época traducidos por Daniel Aguilar), y también en narradores minoritarios como Kyoka, Yumeno o Yuzo. Como demuestra el extenso ensayo de Palacios, más de cien páginas sobre la evolución de la narrativa japonesa, durante ese traumático período histórico Japón afrontó los tortuosos fantasmas del pasado con una sensibilidad imbuida de literatura psicopatológica de estirpe europea y americana. Después de la segunda guerra mundial, los delirios “eroguro” se prolongarían en narradores desaforados como el decadente Ango Sakaguchi o el polémico Mishima y en sus practicantes contemporáneos más corrosivos y retorcidos como Yasutaka Tsutsui y Ryū Murakami.


Y luego invadieron con su estilo alambicado y fantasmagórico los territorios del cine, el manga y el anime, en todos sus espectaculares géneros y subgéneros. En el cine, animado o no, sirvieron a menudo para plasmar en pantalla un imaginario erótico o pornográfico que se combinaba con escenarios terroríficos, criminales, fantásticos, policiales y de ciencia-ficción, transgrediendo con la imaginación visual las puritanas limitaciones del principio de realidad. En esta corriente, a la que se consagran en el libro algunos estimulantes ensayos, destacan dos películas paradigmáticas de la liberación de los sentidos realizada en celuloide incendiario: “Horror de hombres deformes” (Teruo Ishii, 1969) y “La bestia ciega” (Yasuzo Masumura, 1969); ambas películas, no por casualidad, son traslaciones recreativas del hipnótico mundo literario del inimitable Rampo, el autor literario más representativo de la estética “eroguro”. 
En suma, con la publicación de esta espléndida monografía se acabaron las excusas para ignorar la faceta dionisíaca de la cultura japonesa.

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