miércoles, 20 de diciembre de 2017

CLEPTOCRACIA


Escrito hace más de ocho años, este juicio mantiene una parte de su validez, aunque necesite algún reajuste: “cualquier narrativa que pretenda dar cuenta de la experiencia contemporánea tendría que incorporar, de un modo u otro, componentes ciberpunk en sus estrategias, referentes o dispositivos. Soy consciente del riesgo de declarar algo así en un país y una cultura donde la ciencia ficción, por razones culturales e históricas fáciles de explicar pero no de entender, es considerada con desprecio. No (me) importa. Esta afirmación comporta también, de manera inevitable, un cierto desprecio hacia las formas trasnochadas del pensamiento, la cultura y, en especial, la literatura, que constituyen el lote mayoritario que se exhibe en todos los escaparates del hipermercado nacional a finales de la primera década del último siglo en que los humanos mantendrán el control sobre su mundo”.

[William Gibson, The Peripheral, Roca editorial, trad.: David Tejera Expósito, 2017, págs. 523]

Vivimos desde hace tiempo en un mundo de ciencia ficción. Y no solo porque la ciencia y la tecnología revolucionen de manera permanente la realidad y nuestras ideas sobre ella, sino porque una parte fundamental de su eficacia está fundada en la ficción, el poder de la ficción sobre el cerebro humano y las especulaciones sobre la inteligencia artificial.
            William Gibson lideró el movimiento ciberpunk en los años ochenta y noventa y a comienzos de este siglo, tras escribir un puñado de relatos memorables (recogidos en Quemando cromo) y dos trilogías novelescas  (la trilogía “Neuromante” (o del “Sprawl”) y la “Trilogía del Puente”) que cambiaron radicalmente la visión del futuro que hasta entonces se sostenía, dio otro giro drástico a su proyecto literario afrontando en una nueva trilogía (la “Trilogía de la Hormiga Azul” también conocida como “Bigend”) la presencia de los signos del futuro en el presente más intempestivo.
Ahora, pasada más de una década y media del siglo XXI [la novela se publicó en inglés en 2014], Gibson vuelve a sus orígenes narrativos, retoma planteamientos de sus primeras propuestas y de algunos de sus cómplices más creativos, como Bruce Sterling, para jugar con la idea visionaria del futuro que las inteligencias más avanzadas, como Nick Bostrom, entre otros, superando los límites cognitivos que se les oponen, comienzan ya a prefigurar.
Para rizar el rizo, en esta novela de Gibson no hay un solo futuro sino dos, enlazados en un perverso bucle espaciotemporal. Un futuro situado en torno a 2028, ambientado en una América opresiva y tercermundista, con una población menesterosa, asociada a la fabricación de drogas, chapuceros trabajos de impresión 3D o adicta a hipermercados tipo Walmart, sin otro ocio que los videojuegos y los bares cutres. Y un segundo futuro, el principal, radicado en un Londres artificioso de 75 años después, donde campan las élites económicas y todos los servicios y caprichos los realizan diversos modelos de androides, entre otros los “periféricos” que dan título a la novela, simulacros híbridos (carne cibernética) a los que es posible transferir la conciencia humana individual.
Gibson organiza la trama para que ambos futuros divergentes se comuniquen, a pesar de todas sus diferencias, constituyendo uno de ellos, el más atrasado, un falso pasado del otro. Porque una de las claves más ingeniosas de la novela, una brillante idea más allá de su aplicación concreta en la ficción, es que el futuro más remoto coloniza los distintos pasados, los utiliza como escenarios para extraer recursos económicos con que financiar las guerras corporativas y conspiraciones políticas del futuro.
Tras la catástrofe ecológica que hizo desaparecer al 80 % de la humanidad, el mundo fue resucitado por la ciencia y la nanotecnología y convertido en una utopía para ricos que viajan al pasado para hacer turismo o aumentar su riqueza, mientras esos pasados sin futuro adquieren el estatus de colonias subsidiarias. Ese estado de cosas merece, en boca de una investigadora policial del futuro, el sarcástico nombre de “cleptocracia”. En la trama de tiempos diseñada por Gibson como un tablero virtual, cada vez que ese futuro dominante explota en su provecho cualquiera de los pasados existentes lo desconecta automáticamente de la cronología lineal que solemos llamar historia. Como islas flotando en la corriente del tiempo, o planetas fuera de órbita, esos pretéritos dislocados (los “muñones”) son el campo de maniobras preferido por las élites futuristas.
Gibson no cita a H. G. Wells por casualidad al comienzo del libro. “La máquina del tiempo” ya no es una línea recta inexorable, como pensaba Wells, ni tampoco se compone, como Borges especulaba, de bifurcaciones arborescentes que crean un laberinto infinito. El tiempo, en la demoledora visión de Gibson, se construye desde el futuro. Es el futuro el que impone sobre el pasado la tiranía de su poder omnímodo.
La ironía de Gibson, sobre el presente o sobre el futuro, es tan acerada como glacial.

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