lunes, 17 de abril de 2017

WALLACE PÓSTUMO

 

Supongo que siempre necesitamos un gran escritor americano que ocupe la vacante. Como una mascota o un fetiche cultural al que enseñar cuando queremos quedar bien. Franzen es demasiado mainstream, Lethem irregular, Powers y Vollmann minoritarios. Y Wallace tiene la ventaja añadida de estar muerto, su obra ya no puede dejarnos en entredicho. En un país como este, donde Pynchon y los miembros más brillantes de su generación (léase Coover o Barth) nunca acabaron de entrar, sorprende que su vástago más original sea tan apreciado. Esa actitud tiene algo de sospechoso, desde luego. No me acabo de creer que Wallace, con su genio exuberante y sus novelas incontrolables y estilísticamente enrevesadas, guste a tantos lectores en estos tiempos de facilidad intelectual a toda costa y literatura predigerida.

Sin duda, cuando un escritor se muere, y más del modo violento en que lo hizo Wallace, algo se muere en el alma del mercado, creando un vacío irrellenable, y eso permite que se convierta en una mercancía atractiva para quienes hasta ese momento ni se habían fijado en él. Es evidente que el mercado ha tomado más en serio que nadie la rentabilidad de la teoría francesa de la “muerte del autor” y sabe que todo autor vivo es un estorbo importante para la buena recepción de la obra. Una vez puesto el RIP sobre la tumba del escritor se acabaron los malentendidos. La obra recae en las manos adecuadas (agentes, editores y periodistas culturales) para que su aceptación por el público sea menos problemática de lo que era en vida… 

[David Lipsky, Aunque por supuesto terminas siendo tú mismo, Pálido Fuego, trad.: José Luis Amores, 2017, págs. 396]

¿Qué es el éxito para un escritor innovador que no lo ha pretendido pero tampoco lo puede rechazar? Comencemos por el principio. Estamos en febrero de 1996 y una novela inmensa acaba de aparecer en el escenario de la literatura norteamericana para revolucionar la visión que de la narrativa y la cultura se tenía en aquel momento crítico. Me refiero a la archifamosa La broma infinita escrita por un autor treintañero, profesor de escritura creativa en una universidad de Illinois y apenas conocido del gran público hasta entonces. La publicación del mamotreto convierte a David Foster Wallace en una estrella literaria que se pasea por las portadas de las revistas más célebres, los programas de televisión y radio más cultos y, sobre todo, emprende una gira agotadora por todo el país, presentando su novela ante un público entusiasta que presiente estremecido el nacimiento del último genio de las letras americanas.
Ya sabemos que los americanos nada admiran más que la suprema realización del talento individual en cualquiera de las facetas en que este puede prodigarse. Y Wallace acaba de abrirse paso discretamente a través del vestíbulo de la fama literaria en un país donde si no eres famoso eres un don nadie. El primer mérito de Wallace consiste en ser un escritor. El segundo en que no pretendió nunca ese éxito. Veinte años después, lo más sorprendente del fenómeno es esto: cómo fue posible que un libro de ardua lectura como La broma infinita lograra tal repercusión mediática.
La extensa entrevista recogida en el libro la graba David Lipsky precisamente cuando la gira de la novela está a punto de terminar y Wallace prevé el vacío gigantesco que se le viene encima como colofón y la necesidad urgente de volver a ponerse a trabajar para preservar el territorio conquistado. De ese modo, Wallace se enfrenta, en la interminable conversación que sostiene con Lipsky, a mucho más que un interrogatorio coyuntural. Wallace habla con Lipsky y con la grabadora de Lipsky como si fueran la representación tecnológica de la intrigante posteridad y del muro de opacidad que el futuro interpondrá en la comprensión del libro y su impacto cultural.
Este aspecto transforma el libro en un formidable manual de instrucciones creativas para escritores principiantes y para cualquier escritor no petrificado que quiera entender por qué la experimentación es necesaria para que el arte narrativo evolucione y por qué el éxito recompensa, de tanto en tanto, obras vanguardistas que han hecho un esfuerzo titánico para impedir que la literatura se vuelva rutinaria, conformista o convencional.
Wallace habla sin cesar de la necesidad de mantener viva la narrativa a través del contacto con los medios socialmente hegemónicos (televisión, cine, internet) y se atreve a discutir de realismo y a cuestionar a Tolstoi y la idea de realidad que los novelistas realistas manipulan para hacer creer que ellos poseen el secreto de qué es lo real, cuando en realidad no tienen ni idea y se limitan a realizar fatigosos trabajos de peluquería, maquillaje y manicura para disimular sus aspectos más salvajes e incontrolables.
Este es un libro en que se discute también sobre cómo relacionarse con una realidad compuesta por trillones de unidades de información de las que el escritor debe aprender a extraer el coeficiente de sentido que hará que los lectores lean sus libros con placer y no los desprecien como mercancía de pacotilla. Eso es este maravilloso libro de Lipsky. Una inteligente lección de supervivencia de la inteligencia literaria en un mundo hostil. Wallace murió hace ocho años pero su discurso y su voz inconfundible no morirán nunca.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Leo siempre con gran entusiasmo sus crónicas/análisis/disertaciones sobre obras literarias o escritores.

Pero su última novela "El rey del juego" se me atragantó - andaba enrabietado con la cansina ironía 'ligera' ¡pero qué pesante! del Eduardo Mendoza de 'Aventura del tocador de señoras'- y su novela me pareció o se interconectó a la lectura o a posteriori o ahora mismo, como una especie de reflejo invertido. Estilísticamente.
Leyendo este artículo me hizo re pensar en mi insatisfacción y esos supuestos ".. aspectos más salvajes e incintrolables" que se encuentran en la novela no me alcanzan, por más vueltas que le de, a ser más que "mercancía de pacotilla" como usted dice.
La novela se me atragantaba por todos los lados (esto a usted le halaga imagino.. es uno de los axiomas del libro. Atragantar. Quizá lo que se me atrgante de su libro es el tono, su posicion . Habría que desarrollar aquí pero qué pereza, esto era un comentario au passage) Usted cita alegremente a Gombrowicz - y qué poco se le cita entre los jóvenes...- el enorme inconfundible y quizá el mayor escritor de todos los tiempos! La sombra es muy alargada o grande o la carcajada demasiado lúcida y ácida y refulgente.
por qué "El rey deljuego" se impone o se obstina o se camufla o parodia al cuadrado es decir se retrata retratando retratarse con ese cinismo cool.. sólo le faltó introducir a Carlos Sobera alcahueta 2.0 como nos lo venden.
Hasta qué punto ese planteamiento no es una forma de ponerse a 4 patas y recibir en forma de torrente de 40 metros de mierda toda la mediocridad de la que hace gala, y aún así, dónde está la gracia? Es eso una forma de renuncia? En qué medida lo anecdotico es válido? Tiene algún interés la inocencia? Es posible esculpirla de alguna forma o estamos abocados al tremendo túnel de mediocridades famafortunales? Es esa una posición de comfort? Qué es un acto radical, ser radical, dónde está la subversión hoy?

Supongo que su novela aglutina un buen puñado de temas/ debates literario-socio-politico-historio-lingúistico-filosofico-artísticos de los que nos podemos nutrir aquellos a los que interesan los
literario-socio-politico-historio-lingúistico-filosofico-artístico-problemas y


santas pascuas.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Amigo anónimo, lo único que me disgusta de su largo comentario es eso, precisamente, ignorar su nombre y su frágil identidad, no poder hablar más que con un espectro verbal, una voz en la sombra. Por otra parte, en efecto, suscitar lecturas revulsivas e incómodas como las suyas forman parte del plan y me halagan tanto o más que los elogios. No hay servilismo alguno en mi gesto de feliz inmadurez gombrowicziana (sí!), solo hastío o hartazgo o ganas de fastidiar a tirios y troyanos, como suele decirse, hastío de los vicios y taras congénitas de la subcultura masiva y hartazgo visceral de los falsos prestigios de la presunta alta cultura, etc...