martes, 31 de mayo de 2016

IMÁGENES CONGELADAS


[Don DeLillo, Cero K, Seix Barral, trad.: Javier Calvo, 2016, págs. 320]

Estamos aquí para aprender el poder de la soledad. Estamos aquí para replantearnos todo lo que tenga que ver con el fin de la vida. Y para emerger con forma ciberhumana en un universo que nos hablará de un modo muy distinto.

-DeLillo, Cero K, p. 78-

Hace tiempo que Don DeLillo no necesita demostrar nada. No es solo el mejor escritor norteamericano vivo junto con Thomas Pynchon, sino uno de los grandes escritores mundiales que han vivido lo suficiente como para trasladar todo su bagaje de un siglo a otro sin perder lucidez ni agudeza.
Cada nueva novela de DeLillo nos enfrenta, a quienes empezamos a leerlo a finales del siglo pasado, al mismo dilema radical: cómo puede sobrevivir a la devastación del tiempo una mirada sobre el mundo que se formó en los terrores atómicos de la guerra fría, creció con las antinomias morales del existencialismo, construyó su identidad literaria en sintonía con los espejismos y laberintos postmodernos y atravesó la reveladora catástrofe del 11-S para renacer como novelista aún más inteligente e irónico.
Qué sino ironía puede haber en la historia de un potentado multimillonario (Ross Lockhart es su nombre falsario) que por amor a una mujer más joven (Artis Martineau) invierte una fortuna en un proyecto internacional de criogenización de cuerpos humanos (una intrigante iniciativa situada entre la biopolítica transhumanista y apocalíptica y el culto religioso new age que se llama la “Convergencia”). Ella tiene una enfermedad terminal y él, en tan buena forma como solo puede estarlo un plutócrata con todos los adelantos de la medicina, la farmacopea y el deporte consagrados a preservar su vigorosa salud, decide acompañarla en el tránsito a ese futuro prometido por la ciencia capitalista en que los cuerpos podrán ser tratados y curados por las biotecnologías más sofisticadas y alcanzar la vida eterna.
Qué sino inteligencia puede haber en el punto de vista del narrador que cuenta esta estrambótica historia de amor más allá de la muerte: Jeff Lockhart, el hijo único de un primer matrimonio del millonario corporativo y heredero de su imperio financiero. Pero Jeff, en su desconcierto existencial, no solo no asume su condición de tal sino que se muestra escéptico y desdeñoso hacia todo lo que la experiencia paterna le permite ver y comprender del extraño experimento científico en el que los extremos de la vida y la muerte convergen, más allá de los rigores de la temperatura,  en una forma utópica de inmortalidad. La congelación constituye el grado cero de la vida, un estado intermedio entre la vida y la muerte, un purgatorio neutro, aséptico, donde el cuerpo clínicamente muerto no es en absoluto un cadáver entregado a la putrefacción o la incineración purificadora, más bien un cuerpo glorioso que solo aspira a la resurrección artificial de la tecnología.
No es la trascendencia, sin embargo, sino el miedo a la vida como reverso del miedo a la muerte lo que perturba íntimamente al narrador delilliano, tan parecido al autor. Ese escritor exacto y evasivo, inquietante y seguro de su estilo y sus modos de revisar las dimensiones de la realidad sin violencia, desmenuzando la película de las palabras y las cosas sin miedo al deslizamiento en los intersticios, sin terror a ese vasto mundo de sinsentido que habita entre ellas como una amenaza larvada, preguntándose qué hay más acá de la vida, en esa inmanencia inalcanzable de los nombres, los seres, los cuerpos y las superficies, sin cuya fricción múltiple no existiría nada.
Quizá sea esta la novela más visionaria de DeLillo: una ficción especulativa, como La Estrella de Ratner, su precedente novelesco más obvio, que somete los fundamentos de la filosofía tradicional al escrutinio irónico de la ciencia y la tecnología. ¿Y si todas las (in)fundadas preguntas sobre la vida y la muerte que se han hecho la mente y las culturas humanas desde el comienzo de los tiempos solo estuvieran esperando alcanzar el estadio de una civilización de alta tecnología para encontrar una respuesta tan pragmática en lo económico como selectiva en lo social?
Con Cero K, la prosa de DeLillo alcanza grados sublimes de cristalización verbal, una galería infinita de imágenes congeladas, como la epifanía telúrica (digna de Heidegger) que clausura la novela: ese alineamiento providencial de los rayos solares y el trazado urbano de Manhattan “encontrando el asombro más puro en el contacto íntimo de tierra y sol”.

viernes, 20 de mayo de 2016

LA GUERRA DEL TIEMPO


[David Mitchell, Relojes de hueso, Random House, trad.: Laura Salas, 2016, págs 711]

¿Somos mutantes? ¿Hemos evolucionado de esta manera? ¿O es que nos han diseñado? Y si es así, ¿quién? ¿Por qué llegó el diseñador hasta tales extremos de prolijidad para después hacer mutis por el foro y dejarnos con la incógnita de por qué existimos? ¿Para entretenerse? ¿Por perversidad? ¿Para burlarse de nosotros? ¿Para juzgarnos? «¿Con qué fin?», le pregunto al automóvil, a la noche, a Canadá. Tengo los huesos, el alma y el cuerpo consumidos.

-D. Mitchell, Reloj de huesos, p. 465-

Una nueva imagen del tiempo, sí, una nueva visión del tiempo, que abarca todos los pasados posibles, el presente convulso y un futuro catastrófico, eso es lo que produce en la mente del lector esta deslumbrante novela de David Mitchell, la mejor de las suyas junto con la prodigiosa polifonía de El atlas de las nubes.
Los habitantes del siglo XXI ya sabemos de sobra que las categorías miméticas con que la ficción pretendió representar la realidad hasta finales del siglo pasado se han desmoronado una tras otra, como un castillo de naipes tras un violento portazo, por la embestida  de las mutaciones sufridas. La posibilidad de representar el pasado sin contar con el futuro, de abordar el presente sin tomar en consideración el modo en que el pasado y el futuro colonizan sus realidades y las transforman en una guerra de tiempos, más propia del relato fantástico de Carpentier y Fuentes, donde los períodos históricos se comunican a través de la ficción, que de la cronología lineal de la novela convencional.
Con inteligencia experimental, Mitchell erige su grandiosa narrativa transhistórica construyendo una trama improbable compuesta de seis novelas sucesivas narradas en primera persona por la protagonista (Holly Sykes) y cuatro narradores que tienen contacto con ella en diversos momentos de su vida. El arco temporal cubre desde la adolescencia inglesa de Holly en 1984 hasta su resignada vejez en una Irlanda rural postapocalíptica en 2043, ambas narradas por Holly, e incluye estaciones en 1991, 2004, 2015 y 2025.
Si no fuera por los recursos fantásticos y de ciencia ficción con que Mitchell adereza los múltiples niveles del artefacto, podría decirse que es la historia de una mujer extraordinaria que nace a finales del siglo XX y vive lo suficiente para asistir a la destrucción de la civilización europea, con la hegemonía geopolítica de China y Rusia sobre un planeta sometido a una devastadora crisis de energía como signo más ominoso. En este sentido, Relojes de hueso funciona, en parte, como una novela histórica de vasto alcance y cumple con el requisito esencial de conferir un sentido crítico al devenir depredador del capitalismo en las sociedades occidentales imaginando para ellas un futuro desastroso y terrible.
En su vertiente más imaginativa, Mitchell apuesta por un metarrelato mítico, legendario o fantasioso, digno de teleseries de culto como Dr. Who, Buffy o Perdidos, una epopeya global que abarca todo el tiempo y el espacio del mundo y se escenifica como guerra eterna de poder entre dos facciones antagónicas: los horologistas y los anacoretas. Los primeros constituyen un clan aristocrático minoritario de seres inmortales, criaturas que completan el ciclo de vida y reencarnan en otro cuerpo a los cuarenta y nueve días de haber muerto. Los segundos, más numerosos, son una suerte de parásitos anímicos que conquistan la inmortalidad succionando almas humanas con avidez y destruyendo sus cuerpos sin compasión.
El crítico ortodoxo James Wood, en su dogmática reseña de la novela de Mitchell en el New Yorker, no comprendió que el dilema genérico entre novela y épica (o epopeya) ya es antiguo y ha sido superado por la historia. La estética literaria del siglo XXI exige la fusión creativa de ambas formas a fin de reinventar la función mítica de la novela, con la intención de generar narrativas contemporáneas para la experiencia humana del tiempo en una era terminal donde lo humano, enfrentado al avatar de la máquina, está cobrando conciencia histórica de su debilidad e insignificancia.
Recurrir a esas metanarrativas grandilocuentes, esos mitos inspirados en la tradición religiosa primordial (mazdeísta, gnóstica o cátara) y también en el imaginario del cómic y el cine de superhéroes, es la forma novelesca de reintegrar una dimensión mitológica en la vida cotidiana, en la existencia común de la especie en el siglo de la globalización de las culturas. 

miércoles, 11 de mayo de 2016

HUMANO, DEMASIADO HUMANO

 

[Michel Faber, El Libro de las cosas nunca vistas, Anagrama, trad.: Inga Pellisa, 2016, págs. 620]
  
Las minucias de las vidas de los seres humanos: los lugares en que habían vivido, los nombres de sus parientes, los nombres de los ríos junto a los que habían vivido, las complejidades prosaicas de los trabajos que habían desempeñado y las peleas domésticas que habían soportado, todo eso había dejado de tener sentido para él.

-M. Faber, Libro, p. 566- 

Humano, demasiado humano. Ya lo dijo Nietzsche y sigue definiendo el sino de nuestra existencia en la tierra. La vida humana surgió tras innumerables cataclismos y sufrimientos, como un largo parto evolutivo, para luego imponer su desdeñoso dominio sobre las demás especies. Excepto la misma fuerza terrestre, con sus catástrofes y mutaciones, no hay amenaza más peligrosa, ahora mismo, que la tendencia destructiva de la especie, la voluntad humana de poder y sus secuelas funestas para el entorno. Nos guste o no reconocerlo, somos una especie autodestructiva y ese gen fatídico está inscrito en nuestro genoma desde el principio de los tiempos.
Humana, demasiado humana, así es esta magnífica novela de Michel Faber, uno de los grandes novelistas europeos del presente, menos conocido de lo que debería dada la ambición intelectual y creatividad literaria de sus ficciones. En España ya se habían publicado (también en Anagrama) dos obras maestras anteriores: “Bajo la piel”, donde se describía una relación imposible entre humanos y alienígenas, y “Pétalo carmesí, flor blanca”, una recreación fabulosa de la era victoriana y sus círculos viciosos escrita con especial sensibilidad para la problemática femenina.
Su última novela aborda una temática de ciencia-ficción: la colonización a finales del siglo XXI de un planeta imaginario (Oasis) situado en una galaxia remota por parte de una corporación (la USIC) que controla una parte importante de la tierra. Requerido por los “oasianos”, Peter Leigh, un pastor protestante casado con una enfermera llamada Beatriz, viaja al planeta para instruirlos en la comprensión de la Biblia (ese “Libro de las cosas nunca vistas”, como la designa con veneración inexplicable la población alienígena).
Leigh deja a su mujer en la tierra. De ese modo, con inteligencia narrativa, Faber logra que la focalización en el joven sacerdote durante su estancia en Oasis se vea completada por las traumáticas experiencias de su mujer, quien va contándole en sucesivos mensajes electrónicos el apocalipsis progresivo que se ha desatado en el mundo desde su partida.
El dispositivo novelesco se construye con una doble perspectiva intencionada: en primer plano, la misteriosa exploración del insólito planeta y las singulares relaciones de Leigh con los alienígenas cristianizados, y, en segundo plano, el relato subjetivo de Beatriz sobre la descomposición gradual de la sociedad civilizada y la instalación devastadora del caos en la tierra.
La belleza estilística de la prosa de Faber unida al control narrativo de los sentimientos y a la evolución moral del protagonista, escindido entre los dilemas de su amor conyugal y las exigencias insólitas de la vida en contacto con los extraños colonos humanos, tecnócratas desafectos, y los enigmáticos nativos extraterrestres, seducidos por el mensaje evangélico, producen un efecto de lectura fascinante, entre la empatía y el estupor.
Estamos entrando en una era posthumana, de claro predominio de la tecnología cibernética sobre todos los órdenes de la vida, y, sin embargo, esta fastuosa novela de Faber insiste en interrogar cuestiones antropocéntricas en vez de descentrar la visión antropocéntrica del mundo y someterla al choque cognitivo con la realidad alienígena y la otredad inhumana del extraterrestre, al modo de otras ficciones especulativas.
Partiendo de la perplejidad final, es posible extraer un corolario humanista de esta parábola cósmica sobre el sentido de la existencia. Más allá del trasfondo religioso, quizá lo más discutible de la novela, Faber muestra la conveniencia de reformar los valores culturales que nos definen como especie y rechazar el ideario nefasto del capitalismo corporativo que postula la explotación de otros planetas como solución a los problemas mundiales. Con tal estrategia, solo repetiríamos los errores fatales que pueden transformar la vida terrestre en un infierno. 

martes, 3 de mayo de 2016

PALIMPSESTO PORNO


Pinocho en Venecia, leída en inglés hace veinte años y releída ahora en la excelente versión de Amores, es una novela tan asombrosa y original que no me extraña la escasa atención que ha merecido en los medios culturales (si exceptúo a mi querida Laura Fernández, fan informada e inteligente que supo estar a la altura del desafío y dar la talla en El Cultural). El palimpsesto de referencias tramado por la escritura hipertextual de Coover realiza un prodigio estético: la fusión del gen carnavalesco de Cervantes y Rabelais. La exageración grotesca, la fantasía libidinal y la truculencia cómica se acoplan como pocas veces en la historia de la literatura para pervertir, con ironía infinita, los designios morales de toda una cultura…

[Robert Coover, Pinocho en Venecia, Pálido Fuego, trad.: José Luis Amores, 2015, págs. 403]

Los mitos dan sentido a la vida de la comunidad a lo largo del tiempo. El problema es que, con el transcurso de los siglos y los cambios generacionales, los mitos colectivos se vuelven opresivos, formas muertas que solo sirven para perpetuar valores estériles.
Robert Coover es un fabulador iconoclasta que trabaja con intensidad sobre todas las modalidades de la ficción en una tentativa libertaria de destrucción de mitos anticuados, símbolos caducos y creencias despóticas.
El “Pinocho” de Collodi, uno de los clásicos infantiles más difundidos, es una ficción moral que se pone al servicio de una dudosa pedagogía del bien. Así lo entendió Coover cuando, recién llegado a Venecia en 1987, comenzó a fantasear con ideas e imágenes donde se mezclaban la historia original de Pinocho y la adaptación en dibujos animados de Disney con las trazas de la Venecia invernal donde vivía y su peculiar cultura dialectal. Para colmo, Coover agregó al cóctel paródico un ingrediente insólito: “La muerte enVenecia” de Thomas Mann.
Con esos materiales, Coover generó el grandioso palimpsesto rabelesiano de “Pinocho en Venecia”: la tragicómica historia del emérito profesor Pinenut, más conocido en la infancia como Pinocho, el muñeco mentiroso de nariz fálica. Tras una exitosa carrera universitaria en América, incluida una esporádica estancia en un Hollywood delirante, viaja a Venecia para terminar el último capítulo de la obra maestra que culminará su vida de académico devoto de la aridez del saber y no de la exuberancia de la vida.
La exuberancia, precisamente, es una de las categorías estéticas de Coover. La exuberancia estilística e imaginativa. Esa exuberancia es la de la carne verbalizada. Una forma simbólica de afirmar en la escritura el poder del Eros y la vitalidad sexual.
El regreso estacional del viejo profesor y su turbulento reencuentro con amigos y enemigos del pasado posee una dimensión alegórica. Pinenut viene a morir a Venecia, como el Aschenbach de Mann, pero esa muerte será mucho más (porno)gráfica y barroca, explotando al límite una hermosa metáfora literaria. La carne del profesor se corrompe y descompone, desnudando la madera también carcomida que hay debajo. Esa madera traumática acaba transmutada en un “libro parlante” que cuenta su historia una y otra vez.
Más allá de la belleza espectacular con que Coover retrata esta Venecia donde el invierno saturnino de Vivaldi se combina con el carnaval libertino de Casanova y Baffo, las cómicas marionetas de la comedia del arte con los desfiles procesionales de la visceral Madona de los Órganos, la pintura apoteósica de Bellini, Veronese, Tiziano y Tiépolo, el color turquesa y la compleja historia veneciana, lo que consigue que el libro vibre de principio a fin es la energía venérea del eterno femenino.
La presencia carismática de múltiples mujeres que han marcado la ascética existencia de Pinenut con el signo indeleble del amor: la niña entrañable con que aprende juegos perversos, el Hada Azul que transforma al muñeco en un niño travieso, en un pasaje memorable, tras usar los miembros de su cuerpo desarticulado como juguetes sexuales, o lo devora como una feroz ogresa de cuento de hadas. Y, sobre todo, la tentación sensual del decrépito profesor, su perdición senil: Bluebell, la estudiante americana, tan bella como vulgar, rubia de pechos explosivos y comentarios despectivos, en brazos de la que experimenta la epifanía final.
La revelación dionisíaca de que la única belleza por la que vale la pena perderse es tan perecedera como los ideales estéticos con que la cultura pretende enmascarar la desnuda verdad del deseo. La palpitante exuberancia de la vida.