miércoles, 19 de octubre de 2016

REALISMO ESPECULATIVO


[Philip K. Dick, Tiempo desarticulado, Booket, trad.: Rubén Massera, 2016, págs. 222]


Palabras, pensó. Problema central de la filosofía. Relación de la palabra con el objeto… ¿Qué es una palabra? Un signo arbitrario. Pero vivimos en las palabras. Nuestra realidad, entre palabras, no cosas. No existe cosa tal como una cosa, de cualquier modo; una Gestalt en la mente. Entidad…sensación de sustancia. Una ilusión. La palabra es más real que el objeto que representa. La palabra no representa la realidad. La palabra es la realidad. Para nosotros, de cualquier modo. Quizá Dios llegue a los objetos. No nosotros, sin embargo.

-Philip K. Dick, Tiempo desarticulado-


Tener un poderoso sentido de la realidad te habilita enseguida para percibir con agudeza la irrealidad de las cosas y ser sensible a las alteraciones del orden real. Si se añade a esto un estado de paranoia permanente que sume al sujeto no solo en la obsesión de ser perseguido o vigilado sino que le proporciona una atención extrema a los signos que lo rodean y los indicios de un significado oculto en cualquier cosa, tenemos el instrumental perfecto para entender a Philip K. Dick, el novelista de ciencia ficción más original del siglo veinte y quizá el más influyente en la cultura actual.
Hasta el punto de que se podría decir que no hay una película, una teleserie o una novela que especule sobre el futuro y la imaginación del futuro, o el presente y las proyecciones del futuro y el pasado en el presente, que de un modo u otro no deje traslucir su marca registrada en el imaginario del siglo, desde películas como la célebre “El show de Truman”, parcialmente inspirada en esta novela, a la exitosa “Origen”, desde las fascinantes teleseries “Wild Palms”, “Dollhouse”, “Person of Interest” o “Stranger Things” hasta la trilogía novelesca “Wayward Pines” y la teleserie basada en ella, pasando por incontables videojuegos.


En  este sentido, Dick es el primer novelista que pone en escena una idea de la ficción impregnada de una visión del mundo muy contemporánea y que podríamos denominar “realismo especulativo” con el fin de conectarla con la tendencia filosófica más estimulante del momento. Es cierto que una parte de la inspiración para esta espléndida novela, que inaugura la estética avanzada de sus novelas de los sesenta, procede de la lectura crítica del famoso caso freudiano del presidente Schreber, uno de los más desconcertantes que ocupó la mente analítica del doctor vienés.
En ese caso vio Dick la posibilidad de darle la vuelta al argumento racional de Freud. Si el psicótico personaje de Schcreber creía en el fondo de su mente perturbada que toda la realidad estaba organizada por una divinidad malvada para poder engañarlo y conducirlo al encierro y la manipulación con mayor docilidad, el personaje de Dick (Ragle Gumm) es realmente encerrado en un simulacro urbano y manipulado con el fin de servir a un superpoder militar y tecnológico durante una guerra civil del futuro entre los habitantes del planeta tierra y los colonos de la luna que se han rebelado contra el gobierno y bombardean a diario las ciudades terrestres.
El talento de Gumm para adivinar estructuras se manifiesta a través de un concurso organizado por un periódico local que le permite predecir las coordenadas del lugar donde caerán las bombas y, al mismo tiempo, hacerse famoso en su mundo. Con objeto de que sirva mejor a sus fines estratégicos, la fantasía infantil de la América consumista donde Gumm se refugia para escapar de la violencia de la guerra es reconstruida materialmente por el poder kafkiano que lo engaña en un descampado sembrado de ruinas y desechos. De este modo, Dick logra dar un ingenioso giro a su historia: la realidad americana de los cincuenta en que escribe y ambienta la novela es extrapolada a unos imaginarios años noventa del siglo veinte como un decorado cinematográfico, con sus accesorios, actores y detalles para conferirle mayor realismo al simulacro.
No en vano, Dick puso en el corazón de “Tiempo desarticulado” a un personaje lúcido que duda sobre las apariencias e indaga más allá de ellas, como el Hamlet de Shakespeare (en cuya obra homónima se inspira el título y el espíritu de la novela), hasta descubrir la impostura conspirativa que recubre la realidad y los signos de realidad que encubren la ficción hasta hacerla parecer más real o verdadera que la realidad originaria.
El sentimiento de poder que podría emanar del descubrimiento de que uno es el centro de un universo construido para alojarlo es limitado, sin embargo, por el compromiso ideológico del personaje con uno de los bandos en liza (los “lunáticos”, los que han escapado de la dictadura de la normalidad burocrática impuesta por el poder, opción política libertaria que Dick reiterará en los “Clanes de la luna Alfana”). Dick subraya así la importancia del sesgo ético detrás de todo acto de conocimiento.
Si se lee como alegoría, en cambio, esta novela funciona como retrato (o autorretrato ficticio) del ambiguo papel del escritor en el contexto sociopolítico de la guerra fría y aún después.