lunes, 11 de julio de 2016

QUOD EROS DEMONSTRANDUM


[Guillermo Cabrera Infante, Habanidades (Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto), Galaxia Gutenberg, 2016, págs. 955]


Un Cabrera Infante desmelenado y serio, como siempre, saluda al lector desde la portada de este magnífico volumen, el tercero de sus obras completas, invitándolo al carnaval irresistible de sus novelas más célebres, como si acabara de vivir uno de los episodios más fantásticos de La Habana para un infante difunto, cuando el narrador airado sale volando por el aire (como el ingenuo héroe de Buster Keaton en Steamboat Bill, Jr.) arrastrado por el soplo literal de un poderoso huracán del trópico y abrazado por azar al femenino tronco de una esbelta palmera…

Con el paso del tiempo, el recuerdo de los libros, si no se releen, se agiganta o disminuye y evapora, según los casos. Pero cuando un libro es leído y releído a lo largo de más de treinta años, como me ocurre con Tres tristes tigres o con La Habana para un infante difunto, sus metamorfosis son de tal importancia que hasta el autor tardaría en comprender la magnitud y complejidad del texto al que ha dado vida con su ingenio.
Como dice Vicente Molina Foix en el estupendo prólogo a este tercer volumen de las Obras completas de Cabrera Infante: “Cincuenta años después de su aparición, el indudable estatuto clásico de Tres tristes tigres no ha de difuminar su carácter seminal”.
Comparada con otras novelas coetáneas, Tres tristes tigres se revela la novela de discurso más audaz de su tiempo, manifiesto literario por una festiva revolución cultural de signo radical. Esta audacia revolucionaria no radica, sin embargo, solo en el lenguaje o la representación sensorial de una realidad provocativa y sugerente como la Habana de los años cincuenta, sino, sobre todo, en su innovadora construcción novelística. Cabrera Infante desmontó los planos de esa realidad asimétrica en tantos estratos que su reconstrucción posterior, mezclándolas al ritmo de una prosa musical arrebatadora, no podía sino causar asombro y fascinación. Y es que Tres tristes tigres daba un paso (de baile) más allá de lo previsible al involucrar literatura y vida en un mecanismo mimético saboteado por la ironía y la comicidad, los juegos verbales, el ingenio desbocado, las parodias profanas y los exorcismos de estilo.
Un error frecuente entre especialistas en la cosa latinoamericana consiste en insertar esta novela fabulosa en una supuesta tradición cubana, desvinculándola de la corriente carnavalesca que proviene de la antigua sátira menipea y llega hasta Joyce, Flann O´Brien o Raymond Queneau, pasando por Rabelais, Cervantes, Sterne, Carroll y Machado de Assis. En este sentido, el gran logro del libro reside en su polifonía narrativa. Exceptuados el “Prólogo” y el “Epílogo”, donde cobran voz el maestro de ceremonias del cabaret Tropicana y una loca en un parque para expresar, respectivamente, la entrada teatral en un mundo de ficciones sociales y una salida a través de la locura de una situación imposible, y “Los debutantes”, donde aparecen vibrantes voces femeninas, los capítulos restantes se organizan sobre todo en torno de las voces viriles de los singulares “tigres” protagonistas (Silvestre, Arsenio, Eribó, Códac, Bustrófedon) y los relatos amañados de sus hilarantes andanzas por una Habana que se transfigura en un laberinto lúdico de encuentros y desencuentros carnales.
A menudo se han privilegiado capítulos concretos sobre un todo narrativo que siempre fue percibido, por la crítica más conservadora, como caótico y fragmentario. Es comprensible que la serie “Ella cantaba boleros”, donde se narra la historia truncada de La Estrella, una cantante negra de cualidades hiperbólicas, haya deslumbrado con su descripción excesiva y sentimental del submundo nocturno de clubes y cabarets. Por otra parte, “La casa de los espejos”, sobre el encuentro en dos tiempos del narrador con dos modelos cuyo desparpajo verbal sólo es superado por su exuberante belleza y artificio cosmético, es uno de los textos más complejos y técnicamente impecables de cuantos escribiera Cabrera. [Por otra parte, la versión más verídica de esta curiosa historia aparece en Cuerpos divinos en la evocación de las equívocas relaciones del autor con las modelos Lydia y Nora.]
Pero Tres tristes tigres no sería lo que es sin esa “Bachata” final que funciona como cuadratura espectacular de esta novela caleidoscópica. Un alucinante viaje en coche por La Habana, durante una tarde y una noche que se prolongan hasta el amanecer tropical, de dos amigos (Silvestre y Arsenio) que tienen demasiadas cosas que contarse y otras tantas que ocultar, lo que da lugar a uno de los diálogos más digresivos y divertidos de la historia de la literatura, mientras desfilan, interminables, los bares, las amigas, los chistes, las bromas, las confidencias, los recuerdos, las alusiones, con la tristeza como ruido de fondo de todo el humor y la alegría desplegados: la tristeza por una juventud cuyo esplendor se desvanece sin remedio y por una ciudad fastuosa que, después de la revolución, no volverá a ser la misma.
Sin esa nostalgia indefinible y esa melancolía por el tiempo perdido, el sentimiento cómico de la vida que transmite esta novela excepcional no tendría el mismo efecto explosivo. Un cóctel efervescente y tóxico.
Por si fuera poco, Tres tristes tigres, además de constituir una revolución literaria y cultural desarrollada desde el español pero no limitada ni constreñida por las lindes mentales de este ni de su cartografiado territorio, consuma con maestría esta inteligente idea de Umberto Eco: “La ficción tiene la misma función que el juego”.

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Por un momento temí –pero también deseé- que ella fuera a hacerme una demostración allí mismo. Quod Eros demonstrandum. Pero no la llevó a cabo: se quedó sentada en la cama, las piernas recogidas entre sus brazos, el sexo casi abierto o tal vez abierto pero no bien visto con mis ojos tímidos.

-G. C. I., La Habana para un infante difunto, p. 480-

Casi cuarenta años después de su primera aparición, La Habana para un infante difunto ha cobrado para sus lectores un estatuto mítico de carnaval novelesco. Su engañosa apariencia de memorias sexuales de un escritor cubano exiliado y el equívoco momento histórico de su publicación, en pleno “destape” español, crearon una intersección explosiva de humor verbal y atrevido erotismo.
Como declara Cabrera Infante en la magnífica entrevista con Molina Foix incluida en el volumen, respondiendo de antemano a los críticos inquisitoriales que lo acusarían poco después de abaratamiento literario: “Uno de mis propósitos es que fuese un libro que expresara eminentemente la vulgaridad”.
La singularidad del libro reside, por tanto, en el cómico desparpajo con que Cabrera Infante, espoleado por un afán de venganza contra la censura franquista, que había mutilado cruelmente todos los pechos femeninos de su novela más famosa (Tres tristes tigres), afronta el pretexto narrativo de evocar sin tapujos sus vivencias amorosas, transfigurándolo en una celebración pop, muy en sintonía estética con las modas de los setenta, de la impúdica vulgaridad de la vida.
El orbe obsceno de Cabrera Infante rota alrededor del efímero femenino como de un magnetizador erógeno. Ningún otro escritor ha penetrado con tanta indiscreción, como muestra este portentoso libro, en la mente y el cuerpo de las mujeres. El sexo femenino es el recurrente objeto del deseo carnal y las correrías eróticas de este avatar picaresco del autor que las persigue, mientras intenta madurar vanamente, por toda la ciudad de La Habana, transformada en coto de cacería sexual, de calle en calle, de casa en casa, de cine en cine, hasta desnudarlas (y denudarse) de imposturas sociales y culturales en un teatro íntimo y gozoso como no había conocido la literatura en español desde el Libro de Buen Amor, en el siglo XIV, o La lozana andaluza, ya en el XVI.
De ese modo, las sucesivas experiencias y aventuras promiscuas del narrador, desde el primer capítulo (“La casa de las transfiguraciones”) hasta el último (“La amazona”), van constituyendo un viaje mental y sentimental, tan real como alegórico, hacia la inalcanzable madurez.
En el plano narrativo, Cabrera Infante repite algunos recursos de su novela anterior, pero expandiendo sus posibilidades al ponerlas al servicio de una memoria personal engrandecida por la fabulación y el olvido, donde el registro pornográfico empleado en la descripción de los actos sexuales no procede solo de la literatura sino de la visualización cinematográfica de los mismos, de su metódica escenificación ante una cámara imaginaria.
Como en el memorable Amarcord de Fellini, modelo seminal, la asociación de memoria y cine, el recuerdo de las películas vistas y la memoria caprichosa de la vida vivida en la ciudad amada, fuera del recinto amniótico de las salas de cine donde ocurren incontables secuencias, son las facetas dominantes de la novela, como si esta se tramara como una metonimia entre la sábana de la pantalla y las sábanas de la cama.
Esta indecente asimilación retórica se consuma en el epílogo (“Función continua”), donde el donjuanesco narrador se pierde en una solitaria sala de cine en pos de una misteriosa mujer fatal, salida de una visión onanista de la adolescencia. Ese relato rabelesiano se configura como un dibujo animado fantástico de creciente pornografía en el que el narrador lúbrico, tras perder sus accesorios personales, penetra de cuerpo entero en la vagina hospitalaria de esa mujer mitológica que representa el epítome de todas las mujeres (poseídas o no) de su vida.
Condenado a inmadurez perpetua, el narrador acaba remontando el curso errático de la vida y contando su nacimiento biológico como renacimiento literario.
El amor lo vence todo.