martes, 25 de agosto de 2015

ORIENTE & OCCIDENTE


[Junichirô Tanizaki, El elogio de la sombra, Siruela, trad.: Julia Escobar, 2015, págs. 96]

A ciento veintinueve años de su nacimiento y cincuenta de su muerte, el 30 de julio de 1965, Tanizaki es el escritor que mejor expresó en su obra la esquizofrenia japonesa respecto de la cultura occidental. Mucho más que Mishima, desde luego, quien transformó esas relaciones ambiguas con las culturas del sol poniente en una pasión sadomasoquista demasiado enfermiza, con su muerte truculenta como consumación.
Menos impetuoso y mucho más inteligente, Tanizaki osciló durante toda su vida de un polo más conservador a otro más moderno en sus vínculos con la cultura europea y americana. Antes de abandonar la juventud, según muestra su novela Naomi (1928), su fascinación por las nuevas modas y costumbres extranjeras, incluyendo el cine, la música y la forma de vestir, fue absoluta como expresión iconoclasta de modernidad y progreso. Una vez instalado en la madurez, experimentó un curioso viraje hacia las tradiciones locales que lo llevarían a considerar la presencia occidental como hostil a las cualidades históricas y la esencia cultural específicamente japonesa, con independencia de las comodidades materiales y avances técnicos que la occidentalización aportaba. Ese regreso sintomático a formas seculares incluía una veneración sin trabas por todo lo antiguo y un rechazo a la degradación contemporánea de los ritos, los objetos y los estilos genuinos.
Pasados los sesenta, tras los estragos de la segunda guerra mundial, experimentaría un renovado giro en su aprecio por la cultura occidental, entendiendo por tal todo lo moderno e importado, y un creciente menosprecio por los valores tradicionales. Las razones del cambio fueron, sobre todo, eróticas. Para el viejo erotómano Tanizaki, recuperando los ardores juveniles, la moda occidental en el vestir y el desvestir hacía mucho más atractivas y deseables a las mujeres jóvenes que las pesadas etiquetas y códigos nipones. Así lo escenifica en su última novela, esa comedia sarcástica titulada Diario de un viejo loco (1962), donde acertó a burlarse, en nombre del deseo, de la religión budista y las convenciones familiares.
Al leer este hermoso Elogio de la sombra (1933) es necesario contextualizarlo en la época intermedia de su vida, cuando el cuarentón Tanizaki comienza a profesar cierto desengaño por las luces incandescentes y el frenesí de la modernidad y sentir cierta nostalgia por maneras de vivir más serenas y naturales, apartadas de los grandes centros urbanos (como Tokio, capital promiscua de la corrupción de costumbres y maneras en curso). Eso mismo admira Tanizaki en la antagónica ciudad de Osaka: la preservación del ritmo y los ritos de antaño.
Desde el refinamiento sensorial y la sutil ironía, Elogio de la sombra es un alegato tardío en pro de una idea de la vida en vías de desaparición, una cultura que pasa por la discreción, la modestia y la oscuridad (“lo bello no es una sustancia en sí sino tan solo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros”). Esa belleza sombría se oculta, como un signo de otro tiempo, en el negro de los lacados, la luz tenue de velas y candelabros, la blancura de los rostros de las mujeres resplandeciendo en la penumbra de los dormitorios, los pliegues de los kimonos que envuelven sus adustas anatomías, los tejados de grandes aleros que aplacan la luz solar, los retretes expuestos a las contingencias naturales, de modo que el que evacua sus intestinos pueda escuchar al mismo tiempo la música de las gotas de la lluvia chocando contra las tejas o el canto solitario de un pájaro, etc. [En un arranque de humor, Tanizaki llega a atribuir a la tradición del haikú una conexión con esos instantes cenitales de la experiencia en que mientras el cuerpo realiza pasivamente su trabajo fisiológico la sensibilidad del poeta se exacerba percibiendo en sincronía todos los signos de una naturaleza armoniosa.]
Este célebre ensayo es producto, en suma, de un período de crisis espiritual y existencial, en que Tanizaki se propone someter su literatura a una purga estética fundada en tradiciones autóctonas: “Me gustaría ampliar el alero de ese edificio llamado “literatura”, oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo”.