lunes, 20 de abril de 2015

HORROR VACUI


[Marisha Pessl, Última sesión, Random House, trad.: Laura Salas, 2015, págs. 683]

El cineasta Raúl Ruiz, en una de sus infinitas fabulaciones, declaró una vez que la historia de la ballena blanca Moby Dick había nacido en alguna de las islas de la costa chilena como una broma de los nativos de esa paradójica región de la geografía sudamericana donde la vida y la muerte, o la comunicación entre vivos y muertos, se produce con una naturalidad que horroriza al visitante y fomenta el humor de los lugareños.
No es casual que esta brillante novela de Pessl concluya su oscura trama en una isla misteriosa frente a la costa de Chiloé, próxima al Puerto Montt donde nació Ruiz, ni que el esotérico cineasta de culto Stanislas Cordova, de padre español y madre italiana, sea para el narrador y protagonista, el denigrado periodista de investigación Scott McGrath, una suerte de obsesión enfermiza, como Moby Dick para Ahab, según declara en algún punto de la sinuosa trayectoria que lo conduce, tras los enigmas existenciales de Cordova, al corazón de las tinieblas de la verdad. Al enigma de la vida entendida como un vacío insoportable, o solo soportable, como han hecho a lo largo del tiempo las culturas humanas, elaborando con ficciones y mitos una pantalla metafísica contra el horror.
Si algo singulariza a Cordova como creador, precisamente, es haber intuido, desde el principio, que el cine es el arte adecuado para desnudar las falacias de la vida al mismo tiempo que las envuelve de un aura mítica, un desvelo poético que hace de la producción de imágenes cinematográficas una tarea solo digna de un demiurgo borgiano. Un imitador consciente del gigantesco truco de prestidigitación que dio origen al cosmos y, con él, al decorado inabarcable donde la vida y la muerte, la materia y la antimateria, la luz y la oscuridad entablan un duelo traumático.
Los referentes se acumulan al evocar la compleja historia de la novela. Siguiendo el gran modelo de Ciudadano Kane, la enrevesada trama se configura como una encuesta en que diversas entrevistas o encuentros fundamentales revelan las maléficas vicisitudes de la vida de Cordova y de su angelical y diabólica hija Ashley, muerta en intrigantes circunstancias, y todos los que tuvieron relación con ellos, y acaba adentrándose paso a paso en el delirante laberinto de su cerebro creativo y sus grandilocuentes imposturas como artista y como hombre.


Por un momento, la parte gráfica de la novela, la reproducción visual de contenidos de páginas web del fandom del cineasta o entrevistas en revistas célebres, podría hacer pensar en Casa de Hojas de Danielewski, pese a las diferencias notorias en el designio y no solo en el diseño entre ambas novelas. Del mismo modo que la dimensión ocultista de la historia y sus rituales locales de brujería, o los misterios estéticos de la mansión desolada de Cordova (una réplica arquitectónica de los circuitos mentales de su creador), podrían recordar al maestro norteamericano de la narrativa de terror (Stephen King), o a alguno de sus truculentos discípulos comerciales, por no hablar del portentoso Resplandor de Kubrick o de ciertas metaficciones fílmicas y televisivas del gran John Carpenter (En la boca del miedo o El fin del mundo en 35 mm.).
Pero el mayor acierto narrativo del artefacto de Pessl, más allá de su discutible dispositivo hipermedia, reside en permitir el contagio narrativo de los géneros y subgéneros del escalofrío ancestral y el terror parabólico para acabar resolviendo la trama, para perplejidad de la crítica convencional, como si se tratara de una ficción de Paul Auster (pienso en El palacio de la luna o en El libro de las ilusiones). Un viaje alucinado al fin de la noche fílmica donde la intimidad del narrador fascinado queda expuesta a las fuerzas de un mundo insólito y de un personaje chamánico, el fantasioso Cordova, que es un experto manipulador de las ilusiones y los afectos humanos más profundos. Alguien que ha viajado sin miedo hasta los confines de la experiencia psicopatológica y obliga a quien quiera conocerlo a realizar un esfuerzo análogo. Un artista auténtico.