martes, 9 de septiembre de 2014

LA FIESTA DE LA INTELIGENCIA


 [Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia, Tusquets, trad.: Beatriz de Moura, págs. 144]

En La lentitud, primera novela escrita en francés por Milan Kundera, el narrador despierta a su mujer en mitad de la noche para explicarle que está escribiendo una novela cómica. Y la mujer, con la complicidad de quien comprende el designio singular de su obra, le advierte que si esa novela es una gran tontería, la pura broma que tenía ganas de escribir hacía tiempo, acabará ofendiendo a todo el mundo: “La seriedad te protegía. La falta de seriedad te dejará desnudo a merced de los lobos”.
Esta reflexión se refiere a la misma novela que la contiene en una de sus secuencias, es obvio, pero sirve, además, como demostración de la coherencia moral y estética del maestro checo. Su nueva novela, de una brevedad contundente, participa aún más del espíritu de la risa con que Kundera pretende iluminar el mundo desde sus comienzos. Y es que para Kundera la novela, extremando su condición de juego especulativo, hace las veces de la filosofía y del pensar.
Un buen lector de Kundera podría preguntarse, antes de leerla, ciertas cuestiones decisivas. ¿En qué consiste la originalidad de esta “fiesta de la insignificancia”? ¿Es solo un divertimento dieciochesco escrito a la manera desenfadada de Diderot? ¿Qué grado de lucidez sexual aporta sobre las derivas más significativas de nuestro tiempo? ¿Es el ombligo la nueva zona erógena de una época narcisista y ególatra, como pretende uno de los personajes? ¿Por qué podría considerarse a esta novela, pese a su escala menor en el canon del autor, una síntesis artística del pensamiento kunderiano? Y, en especial, ¿qué lección aprendemos sobre la “insignificancia” en este brillante mecanismo de ficción que no descubriríamos observando la vida al desnudo?
Como siempre, Kundera se las arregla para dar vida, como un consumado maestro de marionetas, a un curioso quinteto de personajes masculinos (Alain, Charles, Ramón, D´Ardelo, Calibán) a los que manipula en su provecho para poner a prueba la veracidad de las paradójicas tesis de su ideario de novelista. La primera y más importante: el mundo contemporáneo ha perdido el sentido del humor, ya no sabe reírse de las bromas ni se muestra capaz de abandonar el espíritu de seriedad que impregna mentalidades y estilos de vida. Eso lo ha vuelto ridículo sin aligerar, por otra parte, las penalidades de la existencia.
La segunda, consecuencia de la anterior: la reivindicación de la insignificancia como esencia de la vida, presente incluso en los horrores y crímenes de la historia, y antídoto contra la pesadez de los dogmas de cualquier signo, político, económico o religioso. Y la tercera: la gozosa proclamación de la intrascendencia de la vida como garantía de libertad y felicidad al alcance de los humanos. La pura alegría de vivir el momento sin preocuparse por un futuro que, en la visión de Kundera, siempre será peor. Y no porque el pasado le resulte más atractivo. Al contrario, la experiencia vital del octogenario le permite afirmar que la vida es una representación efímera y toda tentativa de conferirle más consistencia o significado la vuelve fatalmente insoportable.
No obstante, esta fiesta novelesca no está exenta de cierto pesimismo, atenuado por el buen humor y la levedad narrativa. Es revelador ver al autor de La broma declararse desengañado por el desconcertante devenir del mundo: “Hemos comprendido desde hace mucho tiempo que ya no era posible cambiar este mundo, ni remodelarlo, ni detener su desdichada carrera hacia delante. No había más que una sola forma de resistencia posible: no tomarlo en serio. Pero constato que nuestras bromas han perdido su poder”.
Todo esto para decir, en suma, que la fiesta de la insignificancia celebrada en estas páginas sabe transformarse también, llegado el momento, en una fastuosa fiesta de la inteligencia.

3 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Milan Kundera es un prodigio de escritor y radicalmente esencial. Tanto en El arte de la novela como en Los testamentos traicionados o El telón, que es un refrito de ambas son completamente esenciales para entender el proceso y la evolución, no solo de la novela europea sino también de la Historia. Es asombroso cómo disecciona los vasos comunicantes subterráneos entre autores y novelas de diferentes épocas,así, dese Rabelais,pasando por Cervantes, Diderot, Sterne, Fielding hasta llegar al soldado Svej. Me llamó mucho la atención la palabra Agelasta, que quiere decir el que no quiere reír. Octavio Paz nos dijo que el humor moderno nace con Cervantes y que es un invento que no estará aquí para siempre.Y es cierto, ya no lo tenemos.

Abrazos,amigo

julian bluff dijo...

Lo que sucede, amigo Ferré, es que el de reirse de uno mismo es un lujo que solo puede uno permitirse a partir de contar con una cierta autosuficiencia.

La gente sabe o por lo menos intuye, que, tal y como significa Kundera, no tomarse uno demasiado a pecho en esta sociedad en la que vivimos -acultural, carente de criterio- te expone al más espantoso de los ridículos. Justo lo contrario a como ha venido sucediendo en el siglo pasado.

La legitimación de la mediocridad, como pauta determinante de conducta, choca frontalmente con el aprecio por la ironia y el escepticismo, siempre, nos pongamos como nos pongamos, elitistas y un tanto despegados del "common sense".

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Amén, amigo Gracq...