lunes, 16 de junio de 2014

MOLLY BLOOM CUMPLE 110 AÑOS



 
James Joyce huyó de Dublín en compañía de Nora Barnacle durante la noche del sábado 8 de octubre de 1904. Había tenido su primera cita amorosa con Nora, dos años menor y camarera de hotel, el 16 de junio de ese mismo año. Ulises se publicó el 2 de febrero de 1922, día del cuadragésimo aniversario de Joyce. El exiliado Joyce lo había escrito entre Trieste, Zúrich y París a lo largo de siete años (1914-1921), y consagró más de 20.000 horas de trabajo febril a la odisea de su escritura. En recuerdo del dudoso encuentro de Joyce y Nora, la acción de esta novela enciclopédica transcurre entre las 8 de la mañana del jueves 16 de junio y las 3:30 de la madrugada del viernes 17 de junio de 1904. El gran fracaso de Joyce fue que Nora (una “Irlanda portátil”, según la cariñosa caracterización de su marido) nunca leyó más allá de la página 27 del libro. Sin embargo, todos los años desde el año del centenario de su autor, en Dublín y en todas partes, los fanáticos del “fanático” Joyce (según la cariñosa caracterización de Nora) festejan en esta fecha señalada la existencia de esta novela fuera de serie. Hoy se cumplen 110 años de la fecha ficcional (y biográfica) origen del Bloomsday, el día más largo de la literatura. 

Es sabido que James Joyce se convirtió en el gran revolucionario de la novela moderna al contar la peripecia trivial y urbana de Leopold Bloom en diecinueve horas y media y dieciocho capítulos. La prolija narración de esas andanzas triviales se vuelve errática al vagar y divagar Bloom por las calles de un Dublín provinciano y pretérito, una ciudad tan abigarrada como maleable, que se metamorfosea en todas las grandes ciudades de la historia (Babilonia, Atenas, Alejandría, Roma, Jerusalén, etc.) sin dejar nunca de ser ella misma. Una urbe esplendorosa que, como Joyce se vanagloriaba, podría renacer intacta de entre las páginas del libro si fuera destruida por una catástrofe (como el México D. F. de Carlos Fuentes, el Madrid de Martín Santos, el París de Cortázar, La Habana de Cabrera Infante o el Londres de Julián Ríos, por citar en orden cronológico a los máximos exponentes hispánicos de la escritura joyciana). Ulises es, ante todo, un itinerario irlandés marcado por el exhaustivo avance de las agujas de un reloj narrativo que a cada hora cambia de capítulo y también de estilo. Un mecanismo de alta precisión descriptiva que recorre en el tiempo de una sola jornada y el espacio de una ciudad única los episodios de numerosas vidas malogradas y tristes, trayectorias que se cruzan por azar con otras trayectorias para configurar un mapa humano complejísimo e inagotable.
No en vano Nabokov señaló, con cierto pesimismo, que el posible tema de Ulises era el pasado irremediable, el presente ridículo y trágico y el futuro patético de Leopold y su mujer Molly Bloom, y de su amigo más joven, Stephen Dedalus. Todo incluido en las dimensiones tomistas (como descubrió Umberto Eco) de un día interminable. Así, Ulises no acaba nunca, o se reinicia en un final feliz que es el principio de otra novela y también de la misma, donde Molly Bloom, al despuntar el nuevo día y culminar su célebre monólogo, acepta vivir su vida de nuevo y casarse otra vez con Leopold, dando el más bello asentimiento al ciclo de una vida ya vivida y todavía por venir: sí quiero Sí.
La pantalla formal de la escritura joyciana, hecha por igual de alusiones culturales herméticas, retorcidos retruécanos y anotaciones realistas de una precisión pictórica o fotográfica, recubre una de las visiones del mundo y la vida más alegres y sugestivas de cuantas se han concebido. Lo que la literatura de Joyce representa en la historia es una experiencia ubérrima de escritura y de vida: una experiencia cosmopolita fundada en la fricción poética de la monogamia del idioma materno con la poligamia de las lenguas y las culturas del mundo. La tradición de Joyce se remonta al origen de la cultura y recorre toda la tumultuosa historia humana: una literatura que exalta y festeja la comicidad y el placer de la existencia material y se ríe de la imagen de seriedad que hombres y mujeres se imponen constantemente como deber moral, ligado a un absurdo deseo de trascendencia para ellos y sus insignificantes actos.
El proyecto artístico de Joyce consistió en meter al hombre y a la mujer de cuerpo entero en el estrecho molde verbal de la novela. Molly Bloom, inspirada en Nora Barnacle, es la mujer que se expresa con mayor libertad y menor corrección (también gramatical, como su modelo biográfico, propenso, como se sabe, a la obscenidad epistolar) en la historia de la novela occidental. Por eso Molly Bloom, mestiza, expansiva y desinhibida, sigue siendo la heroína indiscutible del siglo XX. Una estimulante mujer de treinta y cuatro años, gibraltareña hija de irlandés y judía andaluza, una mezcla mental y física explosiva. La suya es una voz femenina en plenitud de facultades que confiere cuerpo expresivo a sus pasiones y deseos más elementales, sin cortes ni censuras. El mejor antídoto ético y estético contra el paradigma anoréxico y constreñido que amenaza a la mujer actual en todos los órdenes. En literatura, habrá que esperar a las autoficciones radicales de Kathy Acker para que un avatar aventurero de Molly Bloom, revestida la piel por entero de tatuajes provocativos y cabalgando motocicletas de potente cilindrada, haga del sexo transversal una seña de identidad múltiple y rompedora de tabúes.
Para recuperar la vitalidad perdida a lo largo de las últimas décadas, la cultura literaria del siglo XXI debería festejar el Bloomsday bajo el signo equívoco y excesivo de Molly Bloom, la dominatrix de lo real.

4 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Sigo leyendo a Joyce pero sin autobombo ni platillo, amigo Juan. Y nada de Vila-Matas y su grupo, y nada de parque temático y de salir en la foto. Creo que hoy nadie lee a Joyce pero queda muy bien ciertas poses. Estoy totalmente de acuerdo contigo en lo que dices en uno de tus comentarios: "Este es el paisaje intelectual (bastante dominado por la mediocridad)con el que nos enfrentamos". Mediocridad actual y para Joyce (su eterno presente)la vulgaridad. Porque de eso trata, precisamente su obra. Proust nos enseñó para siempre que no se puede alcanzar el pasado, y Joyce el presente.No me extraña.

Abrazos,amigo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Un gran placer contar siempre con tu complicidad...
Abrazos.

sanz irles dijo...

Comparto muchas cosas de tu abordaje del Ulises. Ando ahora comparando traducciones (las tres al español, la de Morel al francés y la de Celani, pésima, al italiano). Es mi pequeño homenaje personal a Joyce y encima me permite verle aristas y pozos al original que antes no había advertido.
Ulysses es, para mí, «la novela», o al menos «la novela» desde que se publicó y hasta hoy mismito. Lo que tiene de malo lo advirtió Cioran cuando dijo que después de leerlo, cualquier otra novela se te cae de las manos. ¡Ay!

(De nuestra adorada Molly nada diré ahora: me he prometido tener un día casto y reposado).

Saludos.
Luis

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Sí, de Molly mejor no hablar, ya lo hace ella por los codos, o por los dijes indiscretos, como diría Diderot.
Mis traducciones preferidas, una (Valverde) por razones obvias, fue mi primer contacto en 1982, en pleno centenario joyciano, y la otra (Tortosa) por su rigor, algo escolástico por momentos, pero exigente. La argentina, muy meritoria, me parece una aproximación con logros parciales. No aguanto a Joyce en francés, por eso quizá no hay demasiado buenos escritores joycianos allí (pace Sollers). En español, sin embargo, paradojas de la lengua de Cervantes y Borges, Joyce relumbra en Martín Santos y en Julián Ríos, Cabrera Infante y Carlos Fuentes, cada uno a su modo, desde luego. Ulises puede ser también para mí la consumación de la novela, pero Finnegan Wake sigue siendo el inalcanzable literario, ¿no le parece?...

Un saludo bloomiano.