lunes, 12 de mayo de 2014

VERSIONES Y PERVERSIONES

 [Angela Carter, La cámara sangrienta, Sexto Piso, págs. 178] 

Todas las versiones míticas de la mujer, desde el mito de la pureza redentora de la virgen hasta el de la madre que cura y reconcilia, son tonterías consoladoras.
 
Pero nuestra carne nos llega desde la Historia, como todo. Podemos creer que copulamos libres de todo artificio social; en la cama, hasta nos parece tocar los fundamentos mismos de la naturaleza humana. Pero nos engañamos. La carne no es un universal humano irreductible. Aunque la relación erótica parece existir libremente, en sus propios términos, entre las relaciones sociales distorsionadas de una sociedad burguesa, de hecho, es la más autoconsciente de todas las relaciones humanas, una confrontación directa entre dos seres cuyos actos en la cama están absolutamente determinados por los que realizan fuera de ella.
 
Sade sigue siendo un edificio cultural monstruoso y atemorizador; sin embargo, me gustaría pensar que puso la pornografía al servicio de las mujeres, o, tal vez, le permitió ser invadida por una ideología no enemiga de la mujer. 

-Angela Carter, La mujer sadiana-

 
A Marta Álvarez, por todo lo que ella sabe… 

Toda forma de supeditación al otro, en el sexo o en la economía, la política, la religión o la sociedad, viene fundada en mitos y supercherías. Mientras la gente se las crea la cosa funciona. Las supersticiones populares y los cuentos de hadas no son solo una forma de preservar el dominio, o de expandir una visión de la realidad que conviene al orden establecido, sino también una forma de instrucción y disciplina para la vida. Inculcando miedos y paralizando el deseo, así ha funcionado a lo largo de siglos la nociva maquinaria narrativa de los cuentos folclóricos. Así parece seguir funcionando hoy esa seudoliteratura infantil y juvenil que intoxica el cerebro de los más jóvenes con tonterías sin cuento.
Angela Carter (1940-1992), fallecida prematuramente, es una de las escritoras más importantes del siglo veinte como demuestran novelas imprescindibles como Las infernales máquinas del deseo del Dr. Hoffman o La pasión de la nueva Eva, entre otras muchas. Fue adscrita desde sus primeros libros a una versión anglosajona del “realismo mágico” por su propensión a inspirarse en mitos y fábulas del acervo colectivo. Ese imaginario inconsciente que sustenta las culturas y los modos de vida. Fascinada por el poder fantástico de estas narraciones, Carter recopiló, durante toda su vida, colecciones de antiguos cuentos de hadas y de modernas perversiones realizadas por escritoras deseosas de liberarse del yugo imaginario que somete a las mujeres aún hoy a las ficciones patriarcales.
Con toda intención, Carter se arriesgó a fines de los setenta a una doble aventura intelectual y artística: estudiar a Sade desde una perspectiva feminista libérrima y reescribir así mismo los cuentos de hadas más decisivos en la configuración de una psique femenina subalterna. La primera tarea dio lugar a un tratado extraordinario (La mujer sadiana), una de las aproximaciones más lúcidas y desinhibidas a la compleja e inagotable obra de Sade, en la que Carter, como las múltiples bellas de sus relatos, escenifica una sinuosa danza intelectual en torno de la Gran Bestia misógina y se desnuda para ella sin complejos mientras la corteja y seduce con sus encantos. La segunda tarea, aún más relevante si cabe, produjo esta imprescindible colección de relatos (La cámara sangrienta) que Sexto Piso reedita con una espléndida nueva traducción de Jesús Gómez Gutiérrez e impresionantes ilustraciones de Alejandra Acosta.
“Todo arquetipo es espurio”, declaraba Carter en su monografía sadiana y las polémicas ideas expuestas en esta (“La pornografía al servicio de la mujer” y demás tesis provocativas para el ideario feminista más pacato) contaminan la sensibilidad y el tratamiento de la ficción de esta sorprendente galería de cuentos revisitados por la imaginación perversa de Carter. Esta logra provocar tal trasmutación de la perspectiva convencional de las versiones tradicionales que, a poco que los lectores se sientan cómplices de la operación, serán seducidos sin remedio por las placenteras caricias y zarpazos estilísticos de la escritura, de un refinado sadismo al abordar la procacidad de ciertas situaciones escabrosas y la violencia de ciertas emociones inconfesables. En esta subversiva fiesta de la imaginación literaria, Carter maneja con gran pericia tanto la fingida candidez de la conducta de sus heroínas como el espectacular despliegue de efectos escénicos y metáforas deslumbrantes sobre asuntos tan serios como el malentendido sexual, la animalidad profunda, el erotismo y la muerte, las relaciones de poder social y la jerarquía de clases y castas, las servidumbres y contradicciones del deseo, las paradojas y perversiones ligadas a la condición femenina, etc. 
El excelente pórtico narrativo (“La cámara sangrienta”) revuelve con saña en las entrañas del “Barbazul” de Perrault para destripar sus miserias y flaquezas. Pero donde brilla la inventiva de Carter con más incisiva malicia es en las múltiples remezclas de “La bella y la bestia” y de “Caperucita roja”, relatos originales donde el acoplamiento con las criaturas más temibles y peligrosas, ya sea el tigre, el león, el lobo o “el rey de los trasgos”, transforman a las novias o amantes protagonistas en aventureras morales de una renovada definición de la identidad femenina, con esa maravillosa pieza final que es “Lobalicia”, la niña-loba que se hace carne de mujer mirándose, sin miedo, en el espejo de sus deseos.