viernes, 28 de marzo de 2014

EL EVANGELIO SEGÚN PHILIP K. DICK

Uno de sus grandes intérpretes (Fredric Jameson) llamó a Philip K. Dick el “Shakespeare de la ciencia-ficción”, pero irónicamente sus argumentos lo aproximan más a Calderón o a Borges, maestros barrocos de la irrealidad espectacular y la ilusión conceptual. El motivo de que las novelas y relatos de PKD sigan fascinando, a pesar de su estilo descuidado y su desmañada (de)construcción genérica, radica en que cada obra suya, incluso las más fallida o reiterativa, obliga al lector desprejuiciado a hacerse la gran pregunta filosófica: ¿Qué es la realidad? ¿Cuánto hay de real en la realidad?...Mientras se intoxicaba progresivamente con la droga mental segregada por su cerebro sobreexcitado, PKD iba trazando un mapa de lo real donde el lector podía reconocer cómo el mapa iba conformando el territorio hasta fundirse o confundirse finalmente con él. No es extraño, por tanto, que en sus últimos años PKD acabara metamorfoseado en uno de sus esquizofrénicos personajes, tratando de fugarse del mundo real a un mundo alternativo de fantasías religiosas (El efecto Dick)…


[Philip K. Dick, La invasión divina, Minotauro, trad.: Albert Solé, 2013, págs. 254] 

La literatura no puede ser solo literatura. Si la literatura no va más allá de sí misma, si no excede sus medios y sus fines, no merece el tiempo que le dedicamos. La literatura participa, en cierto modo, de una búsqueda espiritual y aspira a una forma genuina de conocimiento que no deben nada ni a la filosofía ni a las religiones oficiales ni a las creencias folclóricas. La iluminación profana que produce la literatura adopta múltiples rostros, perspectivas plurales, desde Dante y Rabelais hasta Borges, Lezama o Broch. Pero también formatos menos canónicos, como el horror (Lovecraft, Ligotti) o la ciencia ficción. En esta última facción, más popular y tecnológica, de la gnosis literaria, uno de los líderes supremos es Philip K. Dick.
La invasión divina es la segunda entrega de la “Trilogía Valis”, donde Dick se planteó revisar en clave de ficción científica las cuestiones trascendentales de la historia, la política y la espiritualidad humanas. Así como Nietzsche sucumbió a la locura para consumar el sino de su filosofía, Dick llevó al límite la experiencia mental de la contracultura (paranoia socio-política, videncia lisérgica, espiritualidad difusa, etc.) para poder alcanzar un nivel de comprensión de la realidad como el demostrado en esta trilogía decisiva escrita en sus años finales. Todo comienza del modo más trivial, después de una década de vida inestable y cierta fatiga respecto de las posibilidades de la ficción. La sensación de que escribir no sirve para nada y de que por más que el escritor se empeñe en atacarlos los poderes que mantienen este mundo bajo su control siguen intactos.
El 19 de febrero de 1974, tras la extracción de la muela del juicio, Dick padece una neuralgia aguda. Su mujer Tessa llama a una farmacia que sirve a domicilio solicitando un analgésico. Al abrir la puerta, Dick se encuentra con que la chica que le trae el fármaco lenitivo lleva al cuello el colgante de un pez metálico. Dick le pregunta por el motivo del accesorio y ella le contesta que es el símbolo de los primeros cristianos. En ese momento crucial, sus veintidós años de escritor de ficciones con mundos alternativos, tiempos dislocados, viajes entre distintos planos y dimensiones de la realidad, conspiraciones virtuales, juegos interplanetarios y demás temas de su literatura imaginativa cristalizan en una revelación privada. No está viviendo en la siniestra América de Nixon sino en la Roma de Nerón. La historia se detuvo alrededor del año 70 a. C. y persiste, desde entonces, la misma dictadura disimulada (el “Imperio”, como lo denomina Dick en las notas de la Exégesis) que impone su dominio totalitario sobre la realidad a través de espectaculares mecanismos de ilusión cognitiva que engañan a los humanos.
A partir de ese día un ente llamado Tomás, como el doble gnóstico de Jesucristo, le habla desde el hemisferio derecho del cerebro y recibe por la radio misteriosos mensajes personales. Uno de esos mensajes encriptados, por cierto, le permitirá salvar la vida de su hijo, adivinando el mal inguinal que la amenazaba. El 8 de agosto de ese mismo año, la fecha en que Nixon se ve forzado a dimitir por el escándalo “Watergate”, todo cesa de repente. La voz de Tomás desaparece de su cabeza y los crípticos mensajes también. Dick entiende que es tiempo de ponerse a escribir ficciones que revelen la existencia de un vasto sistema de inteligencia viva (VALIS) que sirve, como generador de espejismos y trampantojos, para preservar el engaño metafísico de que el mundo visible es real y no un vistoso holograma.
La invasión divina es, de las tres novelas principales del ciclo, la más filosófica y teológica. En su compleja trama, Dick escenifica la segunda venida del Mesías a una tierra tenebrosa y opresiva gobernada por un régimen policial producto de una confabulación política entre la iglesia cristiano-islámica y el partido comunista. Yahvé, exiliado en un planeta remoto, vuelve a encarnarse en una virgen enfermiza (Rybys) y a encomendarle su cuidado a un padre putativo (Herb) y a un avatar del profeta Elías. Nada ocurre, sin embargo, conforme a los rigurosos planes de la Providencia y el Mesías extraterrestre recibirá, para vencer al mal, una educación mística de signo solar guiado por Zina, una heterodoxa María Magdalena (la “Shekhina” de los cabalistas, o el lado femenino de Dios). El nuevo evangelio del amor terrestre escrito por un visionario gnóstico y pop. 

Posdata: A la trilogía inicial (Valis, La invasión divina y La transmigración de Timothy Archer) podrían sumarse otras novelas póstumas (en especial la sorprendente Radio Libre Albemut) para ampliar el ciclo fundamental de las “novelas religiosas”, como las denomina, con desprecio inexplicable, un fan de Dick de la talla intelectual de Fredric Jameson. Por ceguera ideológica, Jameson ha sido incapaz de comprender la coherencia temática del corpus dickiano hasta el final y cómo estas novelas tardías no lo degradan, como piensa Jameson, sino que lo consuman, llevándolo hasta la construcción de una nueva mitología cósmica para la era tecnológico-publicitaria del capitalismo triunfante. A fin de realizar este ambicioso proyecto de transvaloración moral era necesario, entre otras muchas cosas, tomar en préstamo paródico, como ya hiciera Nietzsche antes que Dick, el lenguaje, las ideas y las imágenes y metáforas de todas las ortodoxias y heterodoxias monoteístas de la historia...

1 comentario:

Francisco Machuca dijo...

Desde luego es el autor de la insatisfacción de nuestro mundo contemporáneo. Se solía decir que estas últimas obras habían sido escritas por su amigo y escritor Tim Powers,pero yo nunca lo he creído porque la obra de Powers es bien diferente y la de Dick es inimitable.La han querido imitas,esos sí,pero se nota.

Y ahora algo muy personal. Una historia es una serie de efectos. Los efectos de Philip K. Dick me fascinan incluso más que los descontentos sociales que laten a través del tubo de neón frente al espejo mellado, que cuelga sostenido por una cuerda de piano del molino de viento que es su mente. Es un escritor de escritores, con una imaginación tan rica que se puede permitir quemar en un párrafo ideas con las que otro escritor desarrollaría un libro entero. "¿Por qué no es feliz el hombre en el mundo moderno?", se preguntó Stendhal. Dick le responde. Nos responde.

Un abrazo,amigo.