miércoles, 5 de febrero de 2014

OTRA DANZA DE LA MUERTE


No es país para viejos fue la primera tentativa de Cormac McCarthy por escribir un guión cinematográfico, aunque luego, al no interesarse la industria en adquirirlo, lo reconvirtiera en una de sus mejores novelas. Por una de esas ironías de la historia, los hermanos Coen la transformaron en 2007 en la espléndida película homónima y en uno de sus mayores éxitos. En 2006, con motivo de su publicación española, escribí un artículo sobre la novela ("La danza de la muerte") del que extraigo estos párrafos que anticipan los planteamientos de El consejero, una joya narrativa repleta de malicia moral, elipsis brutales y refinada crueldad y erotismo: 

Como casi todas sus novelas, No es país para viejos se ambienta en el sudoeste americano, pero en esta, otra de sus cumbres artísticas, McCarthy ha prescindido de una de sus armas más efectivas, la descripción poética del paisaje y la naturaleza que envuelven con su belleza inhumana y salvaje la existencia de sus protagonistas; y ha potenciado, en cambio, la acción y el diálogo, construyendo una narración elíptica que describe con meticulosa obsesión cada gesto o movimiento de los personajes, o cada intercambio expresivo entre ellos, con objeto de centrarla al modo cinematográfico en lo esencial de unas vidas que se cruzan por azar en una danza de destrucción y muerte.
No obstante, el efecto final del recurso a este despojamiento estilístico y a esta sustracción narrativa consiste en favorecer una lectura parabólica de la historia. Una fábula funesta, desarrollada en trece capítulos, sobre la impotencia de la ley en el mundo, la debilidad ontológica del bien, la omnipresencia de la violencia, la corrupción y la destrucción, y el triunfo permanente del mal. No pocos críticos han señalado en esta novela un posible retorno a los presupuestos gnósticos de Meridiano de sangre. De hecho, en la voz del sheriff Bell, expuesta en los monólogos desmoralizados que encabezan cada capítulo, cabe identificar algunos rasgos del ideario de McCarthy, una suerte de resignación fatídica ante la degradación del mundo, de pesimismo desengañado sobre la condición humana, de cansancio metafísico ante la naturaleza maligna del universo.


{Cormac McCarthy, El consejero, Mondadori, trad.: Luis Murillo Fort, 2013, págs. 133} 

El consejero no es una novela al uso sino el primer guión escrito por el gran Cormac McCarthy directamente para el cine. Y supone el regreso brillante al territorio amoral de No es país para viejos tras la exitosa excursión por los paisajes turísticos del apocalipsis de La carretera, que ganó el reconocimiento masivo para el autor debido a su ideario catastrofista teñido de humanismo lírico.
El consejero, leído como un lacónico ejercicio de cámara dominado por diálogos y acotaciones, confirma la visión del mundo de McCarthy, de un nihilismo radical, y reserva numerosas sorpresas narrativas para los aficionados a su literatura fronteriza. Esta fábula de turbia moraleja pretendería ilustrar, en parte, los motivos más cínicos de No es país para viejos. En apariencia menos violenta y más elíptica, la historia se centra en la trágica caída en desgracia de un abogado triunfador, a sueldo de diversos capos mafiosos, que decide participar en una suculenta operación de narcotráfico para ganar una fortuna y poder retirarse con su gran amor latino, Laura.
Sus socios en la empresa son dos vividores carismáticos (uno hispano, Reiner, y otro anglo, Westray) que han aprendido a minimizar en sus fastuosas vidas el peso del principio de realidad y a maximizar el placer, el lujo, el vicio, el refinamiento, la opulencia y el sexo. El obtuso Reiner mantiene turbulentas relaciones con la fémina fatal de la trama, la diosa felina llamada Malkina, una porteña portentosa cuyos padres fueron víctimas de la dictadura y que, desde entonces, ya sea como bailarina sicalíptica o como seductora distinguida, no ha dejado de vengarse de la infamia del mundo y de los seres inferiores que lo habitan. Este ángel exterminador de sexo ardiente y cerebro cibernético es uno de los personajes más fascinantes y complejos de la obra de McCarthy y sería deseable que el otro maestro de Providence consagrara una novela íntegra a los sórdidos secretos de esta esfinge epicúrea.

Como está inscrito en su programa genético, la maquiavélica Malkina traiciona a su amante y a sus atolondrados socios y precipita con su gesto implacable una danza sanguinaria de crueldad y crimen que destruirá con sadismo a todos los implicados en el peligroso negocio. Si el consejero, la encarnación de la inocencia en su variante más estúpida, logra salvarse de la matanza no será sin padecer el castigo más terrible a su codicia desmesurada: su encantadora novia Laura, secuestrada como tantas mujeres a uno y otro lado de la frontera, protagonizará una atroz filmación snuff antes de que su cadáver decapitado sea arrojado como un desecho más a un vertedero mexicano.
McCarthy posee una de las imaginaciones más violentas de la literatura contemporánea, solo comparable a la de James Ellroy. Pero en esta narración destinada a seducir al ojo ávido tanto como a la mente lúcida, con imágenes deslumbrantes como los elegantes guepardos cazando liebres en el desierto americano, McCarthy pone a prueba el vigor masculino de su truculencia erótica. El consejero está sembrado así de insinuaciones maliciosas sobre la influencia del deseo carnal en los personajes, desde la atracción lésbica latente de la católica Laura por la atea Malkina hasta el fervor cunilingüista del abogado, o el donjuanismo depravado de los capos. Y, sobre todo, la alucinante evocación de la noche loca en que la depredadora Malkina, en una exhibición narcisista de poderío animal ante el macho dominante, se montó sobre el capó del Ferrari de Reiner y se masturbó contra el cristal del parabrisas, mientras el lúbrico mafioso, sentado al volante, observaba estupefacto sus acrobáticas contorsiones. 

Posdata: Durante décadas, Ridley Scott coqueteó con la idea (imposible) de adaptar al cine Meridiano de sangre. Quizá por esto El consejero, deslumbrante película ninguneada por la crítica y el grueso de los espectadores, posee todas las cualidades estilísticas del cine de Scott aplicadas esta vez a iluminar, con la luz cromada y reluciente de una carrocería de lujo, el turbio y visceral mundo americano de McCarthy. El resultado estético está en las antípodas de los grandes logros de los Coen (o, ya puestos, de la piadosa adaptación de La carretera) y, sin embargo, la levedad y fastuosa belleza publicitaria de las imágenes de Scott son perfectamente fieles a la terrible e irónica visión de la realidad de McCarthy.

3 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Totalmente de acuerdo, como siempre. Meridiano de sangre, es la gran obra de Cormac McCarthy que inicia el ciclo del Sudoeste, recrea un universo gobernado por la violencia del caos, un mundo aún en construcción, resultado de la colisión de los elementos primigenios: agua (o la ausencia de ella), tierra, aire y fuego. El paisaje es páramo y desierto, y los humanos desempeñan un papel secundario en esa absurda tragicomedia que es la vida. El hombre no es más que otra criatura en la pugna por la supervivencia, un humilde miembro del bestiario que puebla la novela. En los páramos baldíos del Sudoeste el único líquido que abunda es la sangre, sangre que se mezcla con el polvo para formar ese barro con el que se va a crear el nuevo ser humano. Esta novela devuelve a la humanidad a la Edad Media (o incluso a los tiempos prehistóricos), en lo que representa un indicador explícito de la vocación grotesca del texto, pues el arte medieval es una expresión suprema de ese modo artístico. Meridiano de sangre pone en juego formas narrativas que fueron dominantes en la literatura medieval y renacentista, como son el relato épico, el sermón, la parábola, el cuento moral, la (auto) biografía espiritual, y sobre todo, el viaje alegórico, pues la novela constituye una alegoría subvertida, u anti-alegoría. También muestra ciertos rasgos de la narrativa picaresca y, por supuesto, muchos de los elementos propios del western. La estructura alegórica de esta brutal historia se articula alrededor de diferentes encuentros con diversos personajes y situaciones realmente delirantes. Como los protagonistas de los relatos alegóricos clásicos, el niño se embarca en un viaje cuyo destino final es, sin embargo, desconocido. Y es éste precisamente uno de los elementos más subversivos de la novela. La alegría canónica requiere un progreso desde la tentación y el pecado a la redención y la santidad. En el caso del niño, desconocemos cuál es su destino último y ni siquiera sabemos si vive o si muere al final del relato. Sí sabemos a ciencia cierta que termina siendo víctima del juez Holden, que recuerda en muchos sentidos a la figura del capitán Ahab en Moby Dick, pues como aquel, Holden se rebela contra Dios y pretende suplantarlo en la tierra (y no es desde luego casual que su profesión declarada sea la de juez), en uno de los villanos más ricos y complejos que ha dado la literatura contemporánea.

Tras el 11 de septiembre: trauma y violencia en No es país para viejos y La carretera aborda las dos últimas novelas de McCarthy. En el contexto, ya casi inevitable en la sociedad norteamericana contemporánea, de los atentados. Podemos leer estas dos novelas como una reflexión post-traumática sobre esa sociedad. El personaje de Llewely Moss en No es país para viejos es un símbolo de la actuación de los Estados Unidos en varios escenarios bélicos mundiales, tales como las guerras de Vietnam e Irak. La espiral de violencia que desata la actuación norteamericana en esos escenarios, supuestamente orientada por principios democráticos, pero en el fondo motivada por intereses económicos, conduce a multitud de muertes inocentes. Son la población civil en Vietnam, en Irak, y en los atentados de Nueva York; pero es también, de manera paralela, la familia de Moss, víctima simbólica del comportamiento del veterano de Vietnam. El trauma individual del sheriff Bell se suma a este cuadro traumático estructural, y el sueño final de ese personaje-con el fuego que porta su padre-enlaza muy bien con el motivo post-apocalíptico de La carretera, que presenta como una nueva tierra baldía de Eliot, aunque en MacCarthy es un escenario más bien físico y no tan intelectualizado con el caso del poeta.

Francisco Machuca dijo...

La desolación de La carretera es como una alegoría más del mito de la excepcionalidad norteamericana. El padre es el símbolo de esa actividad política depredadora de los Estados Unidos en su actuación exterior, basada supuestamente en la excepcionalidad del país, en su carácter único en la comunidad de naciones, tanto por su génesis como por su propia configuración multicultural, multirracial, etc. La actitud del padre, que en su camino hacia el mar no ayuda a nadie (para preservar el bienestar de su hijo), aunque siempre está contando historias de los que ayudan a los demás. Por otra parte, La carretera se sitúa en la tradición literaria norteamericana de la road novel, y resalta los elementos metafóricos que hacen de la novela mccarthyana un relato espeluznante. Aunque alude a aspectos claramente conectados con cierto tipo de ciencia ficción, el interés principal se centra en el tipo de solución estética y ética que McCarthy plantea ante el dilema de estos dos personajes post-apocalípticos. La memoria es uno de los elementos cruciales en este planteamiento frente a los traumatizados por el Holocausto, por ejemplo, que recurren al recuerdo de la vida anterior para recuperar su dignidad moral y humanidad, los personajes de La carretera abandonan ese recurso por el riesgo implícito de debilidad y miedo que ello conlleva. Sin embargo, la figura del padre no puede por menos que transmitir a los lectores su percepción de que ese cataclismo sobrevenido era ya, muchas veces en la vida anterior, previsible.

Cormac McCarthy no es solamente un novelista sino que, en reflejo de Albert Camus, es también un filósofo que ahonda en los mitos para escribir su literatura y que establece como uno de sus símbolos más poderosos la imagen, contraria de la oscuridad, que tiene su poder en el sol. Ese padre que lleva el cuerno de la luz, como única esperanza, aunque onírica, a la condición traumatizada del sheriff Bell reaparece con fuerza en La carretera porque en el contexto post-apocalíptico de esa novela los sueños y las memorias se van perdiendo y hay que mirar al futuro como única y posible vía de escape. Si en el universo de Camus la luz es lo que impulsa al hombre rebelde contra el absurdo existencial, en La carretera el protagonista es un hombre que va penosamente convirtiéndose en "viejo" y necesita volver a reescribir el antiguo mito de la luz como fuerza y como razón de ser para literalmente pasar la antorcha de la condición humana (y no infrahumana) a su hijo.

Francisco Machuca dijo...

No es país para viejos representa un giro sorprendente en la narrativa de McCarthy, una ruptura radical con su estilo tradicional y una incursión en un género muy diferente de todo lo que había escrito hasta ese momento. Esta novela resulta un paso lógico en la ficción de McCarthy pues representa el cierre, siquiera temporal, de su incursión en el Sudoeste como territorio literario, y supone una revisión de algunos de los motivos fundamentales que conforman la espina dorsal del universo imaginario del escritor y, sobre todo, su constante preocupación por la naturaleza de la depravación humana. Elementos que convergerían poco después en el conmovedor epílogo que supone La carretera.

Buena reseña de El consejero,tanto la película como el libro.Solo leo cosas negativas respecto a ambas,pero creo que eso es buena señal para saber en qué tipo de mundo nos movemos ya.

Joder,me ha hecho falta tres espacios para ponerte un comentario.

Un fuerte abrazo,amigo.

Un fuerte abrazo