martes, 10 de diciembre de 2013

KAFKA EN EL MALECÓN

Es escandaloso el número de lectores y críticos que desconocen Tres tristes tigres (1967) y La Habana para un infante difunto (1979), las geniales novelas de Guillermo Cabrera Infante, tan repletas de ingenio, recursos narrativos, humor, inteligencia, juegos de palabras e inventiva. Tres tristes tigres, en particular, es infinitamente superior a Rayuela (y a las demás obras del así llamado boom latinoamericano de los sesenta) como juego de la literatura consigo misma y con la realidad y es quizá la novela de mayor vitalidad creativa de la literatura en español del siglo veinte. Llevo treinta años leyéndolo y releyéndolo y fomentando su lectura con entusiasmo cómplice. Es irónico, en este sentido, que aún haya críticos de gatillo fácil e ignorancia insondable que me atribuyan influencias inexistentes y ni siquiera sepan reparar en las verdaderas. Un ejemplo impertinente: como no me cansé de explicar durante la promoción de la novela, la parte central de Karnaval (el falso documental “El agujero y el gusano”) es un homenaje apenas larvado al brillante capítulo de Tres tristes tigres “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después - o antes”, un ejercicio de estilo de un virtuosismo increíble que es al mismo tiempo un ajuste de cuentas con los grandes nombres de la literatura cubana y con los crímenes de la historia, el poder totalitario y el ideal comunista de la revolución. A pesar de todo lo que conspiró contra ella en vida del escritor, la literatura de Cabrera Infante es siempre una fiesta carnavalesca de parodias y bromas, en sus crónicas cinematográficas e incluso en libros más autobiográficos como sus póstumos La ninfa inconstante, Cuerpos divinos y este reciente Mapa dibujado por un espía (Galaxia Gutenberg, 2013), una odisea íntima en la que Cabrera Infante vuelve a una Ítaca tropical metamorfoseada en Gulag siberiano y luego la abandona para siempre no sin antes enfrentarse a los cíclopes y lestrigones del castrismo y dejarse seducir por algunas féminas fascinantes. A los fans de Cabrera Infante, nos faltaba esta pieza decisiva para completar el puzzle carrolliano de su vida y de su obra. El dibujo es ahora de una nitidez cegadora. Si tengo tiempo y ganas, algún día escribiré un ensayo para demostrarlo.



 
“Yo creo que la escritura de Cabrera Infante pone en duda el canon de la literatura contemporánea.”

-Toni Munné- 

La historia de la literatura, según decía Claudio Guillén, está iluminada de principio a fin por el sol de los desterrados. La luz del exilio alumbra el nuevo paisaje encontrado y permite recuperar también el territorio genuino bajo la perspectiva paradójica de la nostalgia y la distancia. Hay tantas clases de exilio como individuos, sin duda. Pero entre los exiliados forzosos del siglo XX, pocos escritores han dejado un testimonio crítico y melancólico de su huida del país natal como Guillermo Cabrera Infante, convirtiendo su alejamiento radical de la Cuba castrista en motivo intempestivo de toda su literatura, tanto para preservar creativamente la memoria originaria como para combatir hasta la extenuación a los culpables de su amargo exilio (como expresó en Mea Cuba, uno de los grandes libros políticos del siglo veinte, el siglo de las siglas y el siglo de todos los totalitarismos imaginables). Al abandonar la utopía infernal para siempre, Cabrera Infante diseñó, parodiando a otro exiliado isleño, su maestro James Joyce, un programa irónico de supervivencia ética y estética: “Insolencia. Exislios. Punning”. O lo que es lo mismo en la lengua cainita: burlas, risas, provocaciones, ironías, bromas, irreverencias, parodias y múltiples carcajadas envueltas en humo, en sombra, en nada.
La situación descrita en esta espléndida crónica de una defección política inevitable no puede ser más novelesca. La muerte súbita de su madre en junio de 1965 obliga al autor, destinado entonces en la embajada cubana en Bruselas como agregado cultural y encargado de negocios, a regresar a la Cuba revolucionaria de la que salió tres años atrás. La visita se prevé breve e intensa. Por razones burocráticas dignas de un Kafka caribeño la odisea se prolonga durante cuatro meses sin disminuir la intensidad de la absurda experiencia. Durante ese interregno vital, Cabrera Infante tendrá ocasión de contemplar con asombro la metamorfosis de su amada ciudad en un fantasma de sí misma, un doble decrépito al que la memoria no logra encontrar ningún parentesco con el original. En unos años, La Habana se ha degradado hasta transformarse en una capital fantasma habitada por zombis menesterosos, como en La invasión de los ladrones de cuerpos. Por borrar los signos del viejo capitalismo colonial se clausuran cabarets y bares, se raciona el alimento hasta extremos tercermundistas, se empobrece la vida cultural y, sobre todo, se establece una red social de vigilancia y delación de conductas y opiniones. Nadie puede criticar el mandato progresivamente totalitario de Castro y su cohorte soviética de comisarios ni, por supuesto, comportarse de un modo que el régimen puritano regido por el máximo cacique considere escandaloso o subversivo.
Cabrera Infante vuelve entonces a su Itaca tropical a descubrir el error y el horror de la revolución con que colaboró creyendo con ingenuidad en sus valores democráticos. En este regreso temporal al paraíso mítico de los sentidos y la imaginación, una Habana espectacular consumida ahora en la desolación y la incuria, Cabrera no desaprovecha la ocasión de llevarse con él un puñado de recuerdos felices que le servirán para reescribir la maravillosa novela Tres tristes tigres a la luz crepuscular de un mundo que asiste, entre la tragedia y la farsa, a la fastuosa escenificación de su final.
Como en toda su obra, la subtrama erótica, el relato ovidiano de sus amoríos adulterinos, es uno de los alicientes más estimulantes del libro, con el suplemento jugoso de ver al autor enamorarse perdidamente de una joven mestiza habanera (Silvia Rodríguez) que es una réplica rejuvenecida de la madre muerta. Este episodio vagamente edípico, la última tentación del exiliado antes de abandonar Ítaca para siempre, es otra demostración de que, aunque falten el humor, el retruécano y el calambur, los exorcismos de estilo de Cabrera Infante son siempre incisivos y excéntricos. Y todo lo demás es leyenda de la literatura.

2 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Bien por Cabrera Infante.Escritor excelente y también un brillante cinéfilo.Sus libros sobre cine no tienen desperdicio.Tres tristes tigres lo leí hace tiempo pero lo recuerdo muy bien.El libro se construye como collage y palimpsesto:monólogos escritos y ovales, cuentos autónomos,constantes alusiones literarias,musicales y cinematográficas más o menos ocultas.Fundamentalmente, Tres triste tigres es un show literario barroco (con clave en La Bachata final),que enuncia y realiza su propia poética:sostenidos juegos de palabras,parodias de estilos aplicadas a sucesos históricos (la muerte de Troski),experimentos tipográficos (páginas en negro, en blanco,impresos en espejo,con dibujos).Esta summa remonta el género novelesco hacia moldes más complejos y se ubica en la vanguardia de la renovación narrativa de la década de los sesenta.Y, respecto a los críticos, ellos tampoco han leído el Tristram Shandy de Sterne,que tanto bebe Cabrera Infante.No me cabe duda que la novela de Sterne es la más grande del siglo XVIII,y de los que están por venir.Antes se solía decir que un crítico literario era un escritor frustrado.Ahora podríamos decir que un crítico literario es un frustrado porque no ha leído nada.

Un fuerte abrazo,amigo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Un placer contar otra vez con tu complicidad e inteligencia. La leyenda, dice, en efecto, que durante la reescritura de TTT Cabrera Infante descubrió, entre Madrid y Londres, Tristram Shandy y de ese choque de mentes al borde de la demencia se gestaron todos los recursos y rasgos que mencionas (digresiones infinitas, páginas en negro, juegos tipográficos, licencias temporales, etcétera) y todos los lectores salimos ganando. Lo que más me alucina de GCI, sin embargo, es su increíble poder de contagio creativo, cómo leerlo con frecuencia suele ser incitante para escribir de un modo nada canónico, por cierto, cómo nos libera del lastre que hace a los que no lo leen tn aburridos y previsibles...

Abrazos cainitas.