viernes, 20 de diciembre de 2013

DFW (2): HABLEMOS DE AMÉRICA


[David Foster Wallace, Hablemos de langostas, Mondadori,
trad.: Javier Calvo, 2007, págs. 423]
 
¿Qué tienen en común el Festival de la Langosta de Maine y la entrega de los premios anuales de la industria del porno en Las Vegas; la campaña política del candidato John McCain y el show patriotero del presentador John Ziegler; la novelística narcisista y blanca de Updike, Roth o Mailer y las banales memorias de la tenista prodigio Tracy Austin; el 11-S y el uso democrático del inglés americano?
No demasiado, antes de formar parte de este libro de ensayos. Todo, a partir de su inclusión en este retrato tan alegórico como increíblemente vívido de América. Una caótica lección sobre el estado de cosas en la potencia imperial dominante a principios del siglo veintiuno impartida por David Foster Wallace (en adelante, DFW), un escritor al que repugnan visceralmente los síntomas del mal endémico de la cultura norteamericana actual: el cinismo y la diversión, con las fotos de Abu Ghraib como momento estelar. El cinismo como máscara de la falta de valores y la diversión como secuela cotidiana de lo mismo: la ideología del entretenimiento y la risa a toda costa, difundida por los medios hegemónicos y expandida en la mentalidad media, como forma de neutralizar cualquier posición crítica contra el sistema.
Pero no se engañen, DFW no es un moralista al uso. DFW se limita a plantear sin resolver el problema que para el escritor supone su pertenencia a una cultura excesiva y paradójica como la del consumo. Cuando DFW habla del humor de Kafka, pero sobre todo cuando habla de Dostoievski, es cuando más desnuda su alma de los aderezos que sus lectores superficiales le atribuyen y demuestra que lo que ingenuamente pretende, como ciudadano y no sólo como novelista, es recuperar la inocencia perdida, la creencia básica, la seriedad moral, la honestidad, etc. El contrasentido para DFW consiste en querer todo esto y, al mismo tiempo, no poder renunciar a todo lo que sabe, todo lo que los últimos cincuenta años le han enseñado sobre la política, la religión, el poder, la economía, la cultura o la sociedad. Así, esta lucidez irónica se transforma para DFW en una auténtica tragedia el 11 de septiembre de 2001 cuando “el Horror”, como lo llama metafóricamente, le revela por televisión que la América que los fanáticos han querido destruir es, en gran parte, la que él representa como escritor y la de toda la cultura descerebrada que le rodea (síndrome nacional del que en “La broma infinita” ofreció un diagnóstico aplastante).
No sigo a DFW, por supuesto, en todas sus disquisiciones y dilemas o aporías, pero este libro, apasionante y discutible, es la demostración de que la literatura de DFW se nutre de esa inadecuación esquizofrénica entre lo que DFW querría hacer, o piensa que sería conveniente hacer para salir del marasmo que paraliza a toda la cultura contemporánea, y lo que termina haciendo realmente como escritor de ficción. O, dicho de otro modo, las certidumbres éticas del ensayista DFW se transforman, por fortuna, en las incertidumbres estéticas del novelista DFW. Como él mismo señala comentando las decepcionantes memorias de una campeona de tenis: la capacidad de comprender lo que uno hace, o cómo o por qué lo hace, en el deporte, el arte o la literatura, es inversamente proporcional a la ambición y los logros que uno realiza.
DFW sólo necesitaría redefinir las categorías de cinismo y diversión que utiliza a lo largo de estos ensayos como signos de una cultura disfuncional para que podamos entender de qué habla realmente cuando habla de recuperar “el sentimiento, la motivación y la fe”. Quizá un cinismo que sólo lo sea respecto de las obscenas ficciones y discursos del poder. Quizá una diversión que sólo sea un subproducto de la gratificación intelectual y espiritual (sí, espiritual, en el sentido menos religioso del término) que procuran obras como las de Dostoievski y Kafka (divertidos y hasta graciosos, según DFW). O como las del propio DFW, un escritor cínico y divertido como pocos. Y este libro en particular, un revulsivo contra el espectáculo americano escrito en una prosa pirotécnica, repleta de espectaculares efectos especiales.