viernes, 20 de diciembre de 2013

DFW (1): EL ALMA DE DAVID FOSTER WALLACE

He escrito sobre gran parte de lo que se ha publicado de David Foster Wallace en español: La escoba del sistema, La broma infinita, Extinción, Hablemos de langostas, Conversaciones, El rey pálido. No me queda mucho más que decir sobre él. Elijo como despedida esta colección póstuma que plantea, ya desde el ambiguo título original, un dilema cognitivo (Both Flesh and Not). Como dijo un viejo maestro: entre la pornografía del alma y la metafísica de la carne hoy me quedo con la segunda. Mañana quién sabe. No soy tan viejo…

 
[D. F. Wallace, En cuerpo y en lo otro, Mondadori,
trad.: Javier Calvo, 2013, págs. 303] 

A Wallace le pesaba mucho el alma, que no es ingrávida, digan lo que digan los ceñudos teólogos. El alma pesa, es cierto. El materialismo y la metafísica, tras los revolucionarios postulados de la nueva ciencia, ya no son incompatibles. No al menos de un modo cuántico. Y el alma pesada, impregnada de energía creativa, tiene grandes dificultades para moverse por un mundo prosaico y banal. Ya lo dijo Poe y lo repitió, como un eco lánguido, Baudelaire: el albatros es un arcángel en el cielo y una criatura patosa en el suelo. Así Wallace, a quien le pesaba más el alma que el cuerpo, según aprendió a su muerte hace cinco años. [El villano François Villon, evocando la figura de otro ahorcado, habría expresado la misma idea de un modo más grosero: entonces supo su cuello lo que pesaba su culo.]
Nada mejor para conocer los dilemas intelectuales en que se debatió toda su vida este grandioso artificiero de la literatura que leer su ensayo “La plenitud vacía”. Ahí se cifra todo lo que queríamos saber sobre el alma de Wallace, expuesto con su arrogante inocencia americana y su alambicada sintaxis, y no nos atrevíamos a preguntarle al filósofo Wittgenstein: “la relación que tiene la soledad con el mismo lenguaje”. O dicho de otro modo: cómo la soledad, el lenguaje y el mundo construyen una ecuación compleja en la mente de algunos escritores.
Una vez construida la casa del lenguaje, los muebles y la decoración pueden variar. En cada libro predominará una coloración determinada o un mayor protagonismo del diseño, pero el estilo es reconocible en su nitidez y locuacidad. Esta es la tercera miscelánea de ensayos y artículos de Wallace y contiene, sin embargo, menos pirotecnia y efectismos verbales que las anteriores, como si dominara en ella la voluntad de verdad, el deseo de enderezar enunciados y proposiciones hacia lo esencial, induciendo un grado similar de lucidez en todo lo tratado. Al abarcar distintos períodos de la vida de Wallace, estos textos proporcionan una imagen integral de su inteligencia hiperactiva y de los obsesivos problemas que acosaban como fantasmas existenciales su cerebro depresivo y sobreexcitado.
En este sentido, es tan instructivo leer sus minuciosas descripciones y agudos comentarios sobre el US Open (1995) y la homérica final de Wimbledon entre Federer y Nadal (2006) como constatar su persistente amor a las palabras del inglés y sus incansables pesquisas léxicas, con ese valioso diccionario de palabras predilectas como inserto demostrativo; encajar críticamente sus acerbas reflexiones sobre superproducciones repletas de pornográficos efectos especiales, modas juveniles de temporada en la narrativa ochentera, o la patológica necesidad de reinventar el amor en la era del sida, como verle recomendar novelas magistrales preteridas por el gusto mayoritario.
La voz de Wallace asume en su interior los silencios que rodean al pensamiento verdadero y nos entrega, como siempre, una cartografía certera de la cultura actual. Sobre esa cultura postmoderna del consumo omnímodo, la hiperconciencia moral y la información desmedida pronuncia Wallace diagnósticos incontestables en diversos ensayos, como si los años transcurridos entre ellos no hubieran mitigado sino agravado los síntomas detectados: “una especie de Ruido total que es también el sonido de nuestra cultura americana de hoy día, una cultura y un volumen de información y efecto y retórica y contexto que no soy el único a quien le resulta imposible de absorber”.
Este ruido de fondo totalitario, esta barahúnda mediática y esta artificiosa transparencia del mundo circundante fueron, entre otras cosas igualmente desagradables y hostiles, los causantes  de su suicidio en septiembre de 2008. Apagando para siempre una de las voces más originales de la literatura contemporánea y una de sus almas más vulnerables y delicadas.

4 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Hablando de América:

"Todas las historias de América son meros fragmentos de sueños."
Constantine Samuel Rafinesque

"América es una gran payasada."
Walter Benjamin

Felices fiestas,amigo

Hernán dijo...

Gracias a este post, conocí a David Foster Wallace, saludos.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Querido Francisco, gracias por tus citas ilustrativas y por las felicitaciones. Feliz 2014!

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Gracias, Hernán. Para algo útil tiene que servir postear con asiduidad...