martes, 26 de agosto de 2014

HOMENAJE AL CRONOPIO

En homenaje al centenario del gran Julio Cortázar, a quien admiré cuando joven y cuyos relatos y novelas me fascinaron durante años y aún hoy considero de lectura imprescindible en la formación del escritor y el buen lector, publico de nuevo este post (RAYUELA CONTRA LOS VAMPIROS MULTINACIONALES) concebido para celebrar el cincuentenario de su novela más famosa.

A Julio Cortázar le rendí un homenaje novelesco en el capítulo 24 de Karnaval al convertirlo en el cómplice hispano de la irrisoria revolución liderada por DK con el fin de implantar en los territorios de la América del dólar (of all places!) una utopía anticapitalista y libertaria. Ahora, como manda la efímera efemérides, querría celebrarlo como autor reconocido de Rayuela, la (anti)novela que cambió tantas cosas (para bien) en el modo de escribir novelas en español, aunque muchos ideólogos aristotélicos de la meseta y alrededores, por razones interesadas, se nieguen a reconocer sus beneficios indudables. Hasta Cabrera Infante (cherchez la flamme!), enemigo político de Cortazar a partir de su amargo desencuentro cubano, pero que hasta entonces había sido su máximo cómplice creativo entre los alegres novelistas del va-va-boom de los sexy sixties, salió en defensa de Rayuela contra la “incomprensión ejemplar” de las críticas a su traducción inglesa como Hopscotch, elogiando su cualidad paradójica de “antecedente” y “consecuencia” para toda una literatura (la escrita, ay, en español). Con malicia y lucidez tropicales, Cabrera Infante anotaría este comentario sobre el ingenioso ingeniero Cortázar y su excéntrico artefacto (el “Rayuel-o-matic”) para acallar los rumores filisteos del entorno londinense: “Si desde el siglo XVII, si desde la muerte de Quevedo no ha escrito nadie en nuestro empobrecedor idioma con la renovadora perfección de Borges (…), desde que Juan Rulfo se calló tal vez para siempre, desde que el vertiginoso pasado ahogó finalmente al narrador y a Pedro Páramo en una misma marea de equívocos y de identidades, nadie se ha atrevido a transportar entre nosotros tan poca realidad a tanto sueño…para mí la forma de la rayuela no está en los saltos adelante o atrás en el espacio del libro, sino en la convulsa y frágil realidad de los diversos narradores, o de la narración dividida”.


“Cuántas veces me pregunto si esto no es más que escritura, en un tiempo en que corremos al engaño entre ecuaciones infalibles y máquinas de conformismos. Pero preguntarse si sabremos encontrar el otro lado de la costumbre o si más vale dejarse llevar por su alegre cibernética, ¿no será otra vez literatura?” 

-Rayuela (capítulo 73, primero en el dispositivo rayueliano de lectura)- 


Celebrar una novela cincuenta años después de su primera edición puede significar muchas cosas buenas y algunas malas. Entre las buenas se cuenta el recuerdo activo de los lectores iniciales y la fidelidad de estos a las vibraciones del libro. Entre las malas, tratar de convencer a los lectores incrédulos de la excepcionalidad quizá irrepetible de Rayuela. En el contexto del triunfo comercial de las obras triviales que Rayuela nació para destruir creativamente, esta conmemoración apoteósica debería servirnos para reflexionar sobre el designio de la literatura en tiempos tan ingratos. Por otra parte, en 1963 aparecieron también, por una de esas confluencias que tanto fascinaban a Cortázar,  otros dos libros seminales como V de Pynchon y Un oficio del siglo XX de Cabrera Infante.
Leí Rayuela por primera vez al filo de los veinte años y me deslumbró desde el principio la tentativa lograda de implicar en el mismo gesto una redefinición de lo humano y una redefinición simétrica del papel de la novela (“Intentar el roman comique en el sentido en que un texto alcance a insinuar otros valores y colabore así en esa antropofanía que seguimos creyendo posible”). Rayuela es no solo una invitación al juego de la literatura sino una invitación al juego de la vida, al juego de espejos mutuos que la literatura y la vida entablan desde la pasión y el rigor. El juego de cambiar las reglas del juego mientras se aprende a jugar (“Método: la ironía, la autocrítica incesante, la incongruencia, la imaginación al servicio de nadie”). Cortázar quiso con su novela demostrar que otra forma de escribir era posible y quizá otra forma de vivir la literatura. Cortázar practicó en Rayuela una escritura novelesca que pasaba por recuperar los juegos de la infancia sin abandonar los dilemas y deseos de la edad adulta.
Rayuela era la consumación de toda una tradición, heterodoxa y creativa, que rompía moldes anquilosados para fundar una nueva manera, un nuevo modo de construcción novelístico, un nuevo modelo de armar la narración donde las interferencias de la vida y las libertades del lector con el texto jugaban un papel fundamental en la trama lúdica de la lectura. Por primera vez, los personajes de ficción se transfiguran, durante la gestación de la novela que los contiene, en activa comunidad de lectores de la misma. En el fondo, la transformación del lector de Rayuela (“el verdadero y único personaje que me interesa es el lector”) conduce a la transformación integral del ser humano a partir del juego, el erotismo y la literatura (“rechazo de todo lo que huele a idea recibida, a tradición, a estructura gregaria basada en el miedo y en las ventajas falsamente recíprocas”).
No es extraño, por tanto, que en este tiempo de regresión a los valores estéticos más reaccionarios (trama lineal, lenguaje inofensivo, cursilería estilística, mensaje moralizante, realismo anodino, etc.) los lectores convencionales juzguen Rayuela como una obra fallida y desfasada. Los más inconformistas, en cambio, sabemos que Rayuela sigue siendo, a pesar de sus flaquezas inevitables y la caducidad de algunos de sus rasgos más superficiales, no solo una anomalía explosiva sino una novela literal y literariamente revolucionaria. Una obra, en suma, que revoluciona nuestras ideas preconcebidas sobre la literatura y la vida. Rayuela demuestra cómo la historia de la literatura es la historia de las libertades que algunos escritores se han tomado, en nombre del placer del juego, con la literatura y con la idea establecida de la literatura en cada época.
Si algo debemos celebrar hoy en Rayuela, es su poder infeccioso, aún intacto, para sublevarse a través del juego, la imaginación y el humor desbordante contra los valores acomodaticios y la domesticación de la literatura por los mercachifles y los lectores más conformistas.

P. S.: Lo más gracioso de todo es ver cómo los mismos que tildan a Rayuela de fallida o de anticuada, o de ambas a la vez, se aferran en sus gustos literarios (y quizá en todo lo demás) a los más rancios anacronismos y raídas antiguallas...

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Por fin un comentario acertado e inteligente de Rayuela y de lo que significa para la literatura.

Jorge B

Francisco Machuca dijo...

¡Fallida y anticuada! No hace mucho leí en un periódico la valoración que le daban a Rayuela algunos escritores españoles y creo no haber leído ninguna positiva. Por mi parte, yo no los he leído nunca.
Para mí Cortázar es sobre todo un escritor que pide lectores cómplices, no quiere lectores pasivos. Sus personajes, por otro lado, se expresan como lo hace la gente en la calle, sin retórica, sin engolamientos, sin peajes academicistas, son personajes de gran alcance carismático. Pongamos de ejemplo a Horacio Oliveira, personaje de Rayuela, esa maravilla que sigue fascinando a unos pocos lectores que todavía aman la literatura y aceptan como juego vertiginoso la inteligencia y el lenguaje para expresar estados de profundización en el ser. Oliveira es un hombre que está poniendo en tela de juicio todo lo que ve, todo lo que escucha, todo lo que lee, todo lo que recibe porque le parece que no tiene por qué aceptar ideas recibidas, estructuradas y codificadas, sin primero pasarlas por su propia manera de ver. Oliveira es un hombre común que, sin embargo, siente que en torno a él hay cosas que no andan bien, hay cosas que, incluso gente mucho más inteligente que él, acepta y que él no está dispuesto a aceptar. Se opone a la realidad, tal como se la presentan diariamente. Rayuela, en el fondo, es una larga meditación a través del pensamiento e incluso a través de los actos de un hombre, sobre todo, una larga reflexión sobre la condición humana, sobre qué es un ser humano en este momento del desarrollo de la humanidad, y en una sociedad, como la sociedad donde se cumple, donde se desarrolla el libro.

Por cierto, incluso las novelas de Fantomas creadas por Pierre Souvestre y Marcel Allain me parecen magníficas, tanto que incluso Raymond Queneau declaró una vez que fue la fuente de su inspiración y técnica. En fin; un corte de mangas para las multinacionales. A Cortázar le hubiera gustado este gesto.

Abrazos,amigo.

Molina de Tirso dijo...

Completamente de acuerdo. Cortazar practica el juego metaliterario activo (como Bolaño: he observado que los que hablan mal de Rayuela tampoco entendieron al chileno).

Mucho más cómoda es la metaliteratura sedentaria, que se ha puesto de moda y a mí me resulta pesadísima. Encajo obras y autores con calzador y mi novela mejora por arte de magia. No, Cortazar se rompía un poco más las neuronas y, de paso, nos alegraba la vida un poco.

Francisco Ortiz dijo...

Rayuela es un libro inmortal, guía para no pocos que emborronan páginas y no saben bien qué hacer con su emborronada vida (yo mismo).