viernes, 19 de abril de 2013

VELOCIDAD Y ÉXTASIS


“Le hablé de la gran serpiente del mundo que estaba enroscada en la tierra como un gusano dentro de una manzana, y de que un día esa serpiente crearía una colina –que a partir de entonces se llamaría la Colina de la Serpiente-, y desde ella desplegaría sobre la llanura sus cien kilómetros de largo y devoraría todo lo que encontrara a su paso. Le dije que esa serpiente era Satán” (En la carretera, Anagrama, trad.: Jesús Zulaika).



Velocidad y éxtasis, sí. Así define Jack Kerouac (“todo en él era velocidad y éxtasis”) la turbulenta vida de su camarada Neal Cassady al final del Libro Tercero de En la carretera, cuando están a punto de emprender el viaje que los llevará al final del camino de la juventud.
Hoy se estrena en España la adaptación cinematográfica de este libro mítico. Muchos críticos tildan la película de Walter Salles de rollo y quizá lo sea. Pero esos críticos parecen ignorar (como el guionista y el director de la película) que Kerouac compuso la primera versión del libro entre el 2 y el 22 de abril de 1951 como un rollo interminable de papeles mecanografiados. El “rollo original”, como se le conoce sin ironía entre los expertos. Kerouac pretendía con ello que la experiencia de escribir fuese ininterrumpida, un teclear continuo conectado al pálpito de la vida en movimiento. Gran admirador de los músicos de jazz, Kerouac encontraría en el arte mecanográfico de la “prosa espontánea” el equivalente literario del saxo, la trompeta o el clarinete: un instrumento rítmico de transmisión automática de la emoción y el aliento del artista que lo toca sin normas previas.
Durante décadas circuló una versión expurgada y manipulada del libro, donde los nombres de Kerouac, Cassady, Ginsberg y Burroughs eran sustituidos por seudónimos más o menos ingeniosos y el formato original se ajustaba a dimensiones editoriales más bien convencionales (por desgracia, es en esta versión descafeinada en la que se basa la película de Salles). Disfrutamos desde hace cinco años de la versión íntegra, en un solo párrafo, de esta novela enrollada en más de un sentido. Las últimas páginas del manuscrito, perdidas hasta entonces, aparecen en un apéndice imprescindible que permite leer, como Kerouac deseaba, la evocación inicial del amigo más íntimo (“Conocí conocí a Neal”) reiterada en la obsesiva frase final (“pienso en Neal Cassady, pienso en Neal Cassady”…) como metáfora de un coche que arranca con dificultad y, al cabo de un largo viaje, acaba calándose.
La cartografía inmensa e intensa que despliega el rollo de Kerouac corresponde a un circuito geográfico de ida y vuelta: Nueva York, Chicago, Denver, San Francisco, Los Ángeles, Carolina del Sur, Florida, Nueva Orleans y Louisiana, Texas y México, antes de regresar a Nueva York, donde Kerouac encuentra una esposa, Joan, y pone fin provisional a su huida incesante. Ese circuito de múltiples pistas compone, pues, una “línea de fuga” de la vida convencional americana en un momento histórico en que el sueño americano de los fundadores estaba siendo expropiado de raíz por el capitalismo financiero y la cultura del consumo.
La única utopía que Kerouac y Cassady imaginan durante el sinuoso trayecto es la de una carretera infinita que dé la vuelta al mundo. Una carretera sin fronteras ni policías de tráfico, un espacio-tiempo de libertad absoluta donde el paisaje, el coche y los pasajeros, invocando el panteísmo fraternal de Walt Whitman, se fundan en una sola dimensión ilimitada. Como sabemos, desengañados habitantes de un mundo desprovisto de otros sueños que los de la publicidad y el turismo, esa gesta de libertad genuina y amor universal estaba condenada al fracaso en un entorno cada vez más controlado por un sistema sutilmente totalitario como el capitalista (cuya metáfora edénica y adánica, inspirada quizá en lecturas contraculturales de Blake, la encarnaría, para Kerouac, la “serpiente” mencionada en el epígrafe). Y el gran William Burroughs, oficiando como gurú kafkiano de toda una generación, lo proclama con lucidez durante la tumultuosa visita que Kerouac y Cassady le rinden en la novela: “Burocracia…No queda nada más que burocracia”.
Este espíritu libertario e intransigente, lo más valioso del libro junto con la poesía visionaria de sus imágenes y sus ritmos vertiginosos, lo expresa Kerouac al comenzar la apasionante aventura de escribir esta novela rodada: “la única gente que me interesa es la que está loca, la que está loca por vivir, por hablar, ávida de todas las cosas a un tiempo, la gente que jamás bosteza o dice un lugar común, sino que arde, arde, arde como candelas romanas en mitad de la noche”.

1 comentario:

Francisco Machuca dijo...

Si la carretera norteamericana tiene su heraldo en la persona de Jack Kerouac (o en su doble, Neal Cassidy), su cronista más desencantado es Sam Shepard. En sus obras vemos minúsculas historias sin importancia ni moraleja, arrancadas al silencio del Great American Desert y a la indiferencia de una visión pasajera desde el asiento trasero de un Plymouth del 1965, Shepard relata sin artificio las escapadas solitarias a los cuatro extremos del país, puntuadas siempre por una suerte de poesía cruda a lo largo de su recorrido con sus propios sentimientos, que consisten en paisajes melancólicos, oportunidades no aprovechadas que parecen ofrecer encuentros fortuitos, moteles, hamburgueserías y gasolineras en medio de la nada, una América que es un puro paisaje fronterizo, más allá del cual no hay adónde ir, o adónde huir. Jack Kerouac fue el primero en expresar la idea de la "libertad de la carretera" con su novela En el camino, publicada en 1957 (de hecho, la década de los 50 fue la última en la que los coches se fabricaban pensando en un rendimiento óptimo en los viajes largos). Resulta curioso que el cine tardase tanto en apoderarse del tema; aunque unas cuantas películas de comienzo de los 60 se basaron en la experiencia del viaje por carretera como algo decisivo para las vidas de los personajes. Es cierto que la idea de utilizar un viaje o itinerario como medio de contar una historia es uno de los recursos narrativos más antiguos de la cultura occidental.

Me parece que no iré a ver esta película.La road movie es un espíritu que dudo,hoy,se pueda llevar a cabo aunque se una historia de los cincuenta.Falta es espíritu que desconocen los directores de hoy.

Un abrazo.