martes, 2 de abril de 2013

EL BUCLE DEL BUCLE

Comencemos, antes de abordar la cuestión, por plantear un problema fundamental: ¿Cómo puede una inteligencia comprender la realidad que la rodea? Es el más viejo problema filosófico. La enfermedad más grave del sistema cognitivo. Pongamos que alguien está en una habitación y se dedica a catalogar todo lo que hay en esa habitación, mueble por mueble, objeto por objeto. Hasta ahí ningún problema, todo va bien. Hasta el momento en que ese individuo descubre, porque forma parte de sus facultades, que él forma parte también de la habitación, que su cuerpo ocupa el espacio como cualquier otro objeto o mueble, que su cerebro está allí, de manera privilegiada, ejerciendo su punto de vista sobre el entorno, solo porque de algún modo está incluido en el conjunto. Entonces esa inteligencia se aproxima al borde del abismo, al filo del bucle, a la sima del conocimiento. Si yo formo parte de esto, mi inteligencia no puede comprenderlo como si yo no estuviera aquí. Mi comprensión de este lugar y estos objetos parte de la idea de que yo estoy aquí y formo parte, con todo lo que me constituye, de esto. No hay solución al problema. O hay una sola. Entrar en el bucle de la conciencia, aceptar girar en torno a ese abismo sin caer en él, mediante el lenguaje y el desarrollo de una conciencia que se desplace entre varios niveles, estableciendo para cada uno de ellos un patrón o un modelo de conocimiento parcial pero asegurado. Este es el problema en el que sucumbe el filósofo, el cognitivista, y que solo el novelista, si además incluye en su bagaje ciertas nociones matemáticas como el infinito y el transfinito, puede circunnavegar sin perecer.


Este impresionante libro de entrevistas (Conversaciones con David Foster Wallace, Editorial Pálido Fuego, trad.: José Luis Amores) es, en realidad, una novela encubierta sobre David Foster Wallace, un escritor de fines del siglo veinte y comienzos del veintiuno que vivía inmerso en el paroxismo de la cultura norteamericana, en medio de la incertidumbre posmoderna de saber que todo ha cambiado y nada ha cambiado en el fondo. En estas circunstancias, tratar de realizarse como ser humano es tan complicado o más que tratar de ser un buen escritor, no digamos ya un genio de la literatura, un creador con un alto grado de conciencia sobre sí mismo y sobre su cultura que bien podría ser considerado, sin mucha discusión, el primer escritor del tiempo hipermoderno. Para quienes no hayan leído nada de Wallace, esta compilación es como un cuarto repleto de juguetes y peluches en una guardería. Para quienes conocen sus novelas, ensayos o relatos, es una caja de herramientas, un manual de instrucciones sobre cómo y por qué escribió Wallace lo que escribió, manejando cantidades ingentes de información y una herida mental lacerante y un lenguaje que era un bisturí forense con el que hurgaba en su cerebro y en el de los demás y, de paso, desgarraba el tejido de la realidad con pasión morbosa.
Después de leer hasta el final, una tras otra, esta serie de entrevistas (recomiendo en especial la más extensa y provechosa de Larry McCaffery, la más sustanciosa de Laura Miller y la más incisiva y al mismo tiempo actualizada de Steve Paulson) y de releer, conteniendo la emoción, el epílogo de David Lipsky, una evocación tan estremecedora como perceptiva de la trayectoria literaria y la personalidad singular de Wallace hasta los instantes previos a su suicidio, a un lector avezado en su obra se le hacen evidentes algunas cosas y otras, sin embargo, se oscurecen hasta la opacidad total. Sus relaciones con la ironía, por ejemplo, tan cambiantes como su estado anímico, el amor/odio por la cultura de masas y, en general, el mundo del espectáculo americano, o la posición crítica ante la situación minoritaria, si no marginal, de la ficción en una cultura audiovisual donde adquiere un valor social creciente la no ficción, quizá como secuela del colapso integral del aparato simbólico.
Cuando una inteligencia de ese calibre llega al límite en su diálogo con el lenguaje y la realidad es lógico que tropiece con un bucle irresoluble, se topa con la fatalidad de la regresión infinita, del encierro categórico o la trampa recursiva. Lo irónico de este impedimento reside en que lo que es nocivo para la mente del filósofo se vuelve el estímulo creativo más potente para un escritor como Wallace. De ese modo su abandono profesional de la filosofía y las matemáticas por la práctica de la ficción narrativa le permitió desplazar a otro terreno de juego el bucle fatal en que vivía atrapada su mente. El cerebro de Wallace expresa en todo lo que escribe y dice su pugna con la realidad y su repugnancia hacia lo real. En el fondo, toda su obra, de ficción y de no ficción, es la de un reportero de esa guerra cerebral contra el mundo, crónicas más o menos beligerantes de la tensa relación con el mundo y lo social de una psique paradójica, cautiva al mismo tiempo de una timidez patológica y una curiosidad extrema. Podría decirse, por tanto, que ese deseo de absorción lingüística de la realidad (su “hambre de realidad”, como la llamaría David Shields) se movía, como un péndulo moral de efectos impredecibles en el texto, entre las pulsiones de la bulimia y la anorexia, el deseo y el asco, el rechazo y la atracción. O bien la no ficción lavaba sus culpas como autor de ficciones respecto de la realidad circundante de su país y de su vida, o bien al revés la ficción vehiculaba lo reprimido en la no ficción.
En cualquier caso, una idea persiste inamovible a lo largo de las declaraciones registradas en estas páginas, desde la primera entrevista en 1987 hasta la última en 2005, y podría considerarse su más valioso legado teórico y la mejor explicación de su lucha encarnizada consigo mismo y con las formas literarias y culturales vigentes: “El proyecto que merece la pena intentar es hacer cosas que tengan algo de la riqueza y el desafío y la dificultad emocional e intelectual de la vanguardia literaria, algo que haga que el lector afronte cosas en lugar de ignorarlas, pero hacerlo de tal modo que también sea agradable de leer”. Ahí estamos.

1 comentario:

Chapulín Colorado dijo...

Es imposible levantarse del suelo estirando uno mismo los cordones de sus propios zapatos. Los escritores lo intentan haciendo nudos; los filósofos lo intentan deshaciendo nudos. Algunos se hartan, y se ahorcan con el nudo.

El Chapilín colorado