lunes, 25 de marzo de 2013

LA ESCOBA DE LA LITERATURA

En estos difíciles tiempos de bancarrota intelectual y cultural y de severa crisis de tantas cosas (ideas, pasta, inventiva, audacia, rigor, etc.), nada mejor que apostar por lo inseguro, en la literatura, el cine y el arte en general, invertir en los valores de lo incierto, esto es, la novedad, la ambición, el riesgo, vengan de donde vengan, cuesten lo que cuesten, sabiendo que su rentabilidad es a largo plazo y no está sometida a los vaivenes de la moda eventual o el gusto mayoritario. Algunos editores veteranos han sabido hacerlo con inteligencia, algunos distribuidores avezados también (ahí está Spring Breakers, la película del momento, el À bout de souffle del siglo veintiuno y la cultura YouTube, rompiendo las mezquinas barreras del ruido cinematográfico, con esa sobredosis godardiana de violencia visceral y viciosa visualidad…). La editorial Pálido Fuego ha sabido hacerlo a su vez rescatando del basurero esta gran novela de David Foster Wallace (La escoba del sistema, Pálido Fuego, trad.: José Luis Amores, 2013) publicada por primera vez a finales de los ochenta y desdeñada durante décadas, como tantas otras obras valiosas de la escena internacional, por prestigiosos editores nacionales. Una novela que es tan nueva hoy, recién traducida, o más, de lo que lo fue hace veinticinco años. Es la escoba de la literatura que barre a escobazos todo lo que huele a viejo y a rancio o, según los casos, a falso y prefabricado, los sucedáneos artísticos y las antiguallas estéticas que abarrotan de falsas novedades los escaparates de las librerías más venales. La eternidad, como dijo un gran poeta hace dos siglos, está enamorada de las obras del tiempo. Esta lección de modernidad intempestiva, incluso hoy que casi nadie entiende lo que significa ser moderno, o se desprecia o devalúa su importancia por culpa de los impostores y los usurpadores, es mucho más necesaria que nunca en la historia...

 
PRIMER ESCOBAZO (EN LA CABEZA DEL SISTEMA)
 
¿Qué hacer cuando una cultura alcanza tal grado de saturación que todos sus signos parecen producto de la repetición o el cansancio? ¿Qué hacer cuando la televisión, el medio mayoritario y capitalista por excelencia, ha usurpado a la literatura y el arte todos los recursos de la ironía y la autorreflexión crítica y hasta la parodia de las formas, los estilos y los temas? ¿Qué hacer cuando un medio artístico ve menguar su audiencia de manera dramática y disminuir hasta niveles irrisorios su poder de influencia sobre la cultura y la sociedad contemporáneas? ¿Qué puede hacer un escritor cuando el lenguaje se muestra tan devaluado como incapaz de expresar los problemas íntimos y las cuestiones morales a que se enfrentan sus usuarios en una época de mutaciones radicales? ¿Qué vale la pena escribir todavía en un contexto desmoralizador y estéril como este?
Todas estas preguntas y muchas más se hizo un escritor veinteañero llamado David Foster Wallace antes de darles una respuesta primeriza en esta deslumbrante novela cuyo borrador informe se atrevió a presentar como tesis de graduación en una universidad americana. El alusivo título incluye todo un programa filosófico y estético, donde Wittgenstein se abraza a Pynchon para cartografiar en clave cómica la América finisecular. Así como la fibra limpia el sistema fisiológico de toda impureza, según le decía su madre, así esta ficción deslenguada y excéntrica de Wallace contribuye a higienizar, con sus modos chistosos y sus diálogos chispeantes, tanto los sistemas de comunicación entre humanos como los canales culturales infectados por el virus del espectáculo y el consumo. La “escoba” mencionada en el parágrafo # 60 de las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein sirve para anunciar el designio teórico del artefacto: el pensamiento debería ser como la escoba con la que, en un momento de extenuación, se quiebra el cristal de una ventana para que penetre el aire fresco exterior y se regenere la atmósfera viciada de la habitación. En su momento, esta novela fue fundacional de la nueva vanguardia americana del avant-pop. Una narrativa innovadora generada en los detritus y subproductos de la cultura masiva y mediática de su tiempo, modelo maximalista defendido con brillantes argumentos por el crítico Larry McCaffery como estética de superación del extenuado postmodernismo literario y respuesta no aristotélica al realismo sucio y el minimalismo light dominantes entonces en la escena americana.
La escoba del sistema es, en suma, una ingeniosa novela sobre un mundo que oscila entre la cacofonía banal de la televisión y la publicidad, el autismo innato de los individuos y el psitacismo paródico de una cacatúa logomáquica que se hace famosa como solo pueden hacerlo los personajes que imitan hasta el absurdo los lugares comunes que los otros repiten de modo acrítico como verdades fundamentales de la vida. De modo que esta es una novela locuaz sobre el ruido público y el silencio privado y una forma de vida agotada que está reclamando por todos los medios un acto de renovación radical o un conjuro de alivio. Por si fuera poco, es una novela crítica sobre los bucles insolubles de un modo de comunicación viciado, entregado a interminables e improductivos “juegos del lenguaje”, sobre la bulimia informativa y la gestión de la realidad como simulacro tecnológico y la muerte afectiva del sujeto y su reconversión en agente neutro de su propio vacío ontológico como garantía de su eficiencia sistémica. El humor y la ironía se convierten aquí en los recursos infalibles de la ficción para abordar con seriedad los dilemas y aporías de una cultura en crisis irreversible.
En la suntuosa puesta en escena de este desternillante carnaval sociopolítico, se insinúan ya las coordenadas estéticas en que se moverá en adelante la exuberante literatura de Wallace, su preferencia por los espacios ilocalizables (el “Gran Desierto de Ohio”: G. O. D.) y las temporalidades dislocadas de la ciencia-ficción como forma de registrar la sombra espectral que el futuro proyecta sobre el presente. La escoba del sistema contiene, pues, todo el talento cómico, filosófico y verbal de Wallace envasado en un formato juguetón y desenfadado mucho más asequible para el lector al que hayan intimidado las dimensiones vertiginosas y la perversa recursividad de La broma infinita.


SEGUNDO ESCOBAZO (EN EL TRASERO DEL SISTEMA)
 
[Cuestionario elaborado por Daniel Arjona para El Cultural con motivo de la publicación española de La escoba del sistema.]


1. ¿Por qué queremos tanto a Foster Wallace? 

Supongo que siempre necesitamos un gran escritor americano que ocupe la vacante. Como una mascota o un fetiche cultural al que enseñar cuando queremos quedar bien. Franzen es demasiado mainstream, Lethem irregular, Danielewski y Vollmann minoritarios. Y Wallace tiene la ventaja añadida de estar muerto, su obra ya no puede dejarnos en entredicho. En un país como este, donde Pynchon y los miembros más brillantes de su generación (léase Coover o Barth) nunca acabaron de entrar, sorprende que su vástago más original sea tan apreciado. Esa actitud tiene algo de sospechoso, desde luego. A pesar de sus méritos indudables, Wallace es acreedor de una generosa acogida que nunca recibiría, aunque se la mereciera, un compatriota de creatividad similar. En este país somos así de hospitalarios con los extranjeros, ya se sabe que somos terreno abonado para el turismo y la colonización cultural (véase el cine). No me acabo de creer que Wallace, con su genio exuberante y sus novelas incontrolables y estilísticamente enrevesadas, guste a tantos lectores en estos tiempos de facilidad intelectual a toda costa y literatura predigerida.

2. ¿Cómo deja el cuerpo la lectura de La escoba del sistema? 

Para mí es en la novela donde se aprecia el verdadero talento de un escritor, su auténtica magnitud como creador. Y, por supuesto, las tres novelas de Wallace, incluida la inconclusa El rey pálido, son magistrales.  Como brillante debut, La escoba del sistema posee un ingenio narrativo y un hilarante sentido del humor y una frescura estilística que en sus novelas posteriores se expandirían pero de modo más siniestro. Leí esta novela hace mucho tiempo en versión original y he reclamado durante años la necesidad de ponerla al alcance del lector español. Es una magnífica noticia que Amores se haya atrevido él solo a traducirla y publicarla. A muchos lectores, conozcan o no a Wallace de antemano, les dejará estupefactos. 

3. ¿Vivimos tal vez, como se puede leer por ahí, una cierta “bolañización” de Foster Wallace: el caso del autor de culto que se vuelve mainstream sin sumar por ello nuevos lectores, sólo por prurito? 

Sin duda, cuando un escritor se muere, y más del modo violento en que lo hizo Wallace, algo se muere en el alma del mercado, creando un vacío irrellenable, y eso permite que se convierta en una mercancía atractiva para quienes hasta ese momento ni se habían fijado en él. Es evidente que el mercado ha tomado más en serio que nadie la rentabilidad de la teoría francesa de la “muerte del autor” y sabe que todo autor vivo es un estorbo importante para la buena recepción de la obra. Una vez puesto el RIP sobre la tumba del escritor se acabaron los malentendidos. La obra recae en las manos adecuadas (agentes, editores y periodistas culturales) para que su aceptación por el público sea menos problemática de lo que era en vida. Como autor, muchas veces siento una pulsión de muerte que no responde quizá a otra razón que esa. Mi propia obra quiere quitarme de la circulación. Soy molesto para sus intereses. Así pasa con Wallace.

[Más sobre David Foster Wallace en este blog: aquí, aquí y aquí.]

2 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Es uno de los escritores más influyentes de los últimos tiempos y, uno de los principales representantes de la nueva generación llamada Next Generación. Wallace es mayormente conocido por sus magníficos relatos. Su punto de vista es irónico y nihilista. Sus historias están ambientadas en una naturaleza ambivalente del derrumbamiento nervioso, las tensiones de la vida privada como de su angustia ante la difícil y atormentada situación del mundo en general. Para Wallace, nuestra especie es una raza degenerada y en regresión. No tenía un alto concepto de los seres humanos, ni de lo que cabe esperar de ellos. Para él el camino de la civilización ha desembocado en una sucesión de masacres que no parece tener fin, y cada idea, cada principio, tiende a transformarse en una mitología irracional, paradigma del aislamiento, la enajenación y la falta de identidad del hombre contemporáneo, la desesperación cósmica de una época que pone en duda no sólo ya el sentido de la existencia sino incluso su misma realidad. Por sus historias circulan hombres y mujeres corrientes, anónimos, mal casados o solitarios de vidas grises, sin ninguna peripecia ni expectativa, aferrada a hijos o colgada de algún sueño que raramente se cumple. Hombres y mujeres de nuestros días, confusos, erráticos, que basculan entre la angustia y la decepción, en la vida de cuales explotan bajo un momento de luz, una ilusión, el deseo de una improbable felicidad. Wallace fue un cínico y despiadado observador del género humano como espectáculo cómico y desagradable, un manipulador de la elasticidad de la lengua para poner de manifiesto las mofas y los pasos en falso de la existencia. Leyéndole, uno llega a la conclusión, que ya es mucho, que sobre nuestras propias ruinas hemos llegado a saber quiénes somos. Así, en lo tocante a lo que llegaremos a ser, lo tenemos todo por hacer.
La broma infinita ataca de forma satírica e implacable las predilecciones vacuas de la cultura norteamericana contemporánea y las expone sin el menor recato. Con una imaginación desbordante, gran originalidad lingüística (el autor impartía talleres de literatura en el Pomona College) y cuajada de detalles extravagantes y jocosos. Esta sería la obra que uno podría llevarse a una isla desierta, quizá, para alejarse de esa broma infinita que es la vida; broma de la cual David Foster Wallace no pudo escapar.
Al fin y al cabo, amigo, la vida es una broma imposible de descifrar.

Un fuerte abrazo,amigo.

Alejandro Martínez dijo...

Como bien dices, la novela sorprende por su actualidad. Sin duda la buena literatura hay que juzgarla así, por cómo nos habla tan cercanamente a pesar del tiempo.