domingo, 6 de enero de 2013

ELOGIO DEL OBJETO SEXUAL



 
En pleno éxito de una deleznable saga de novelas rosa retocadas con sexo divulgativo para mentes victorianas, es lógico que algunas voces autorizadas reclamen un tratamiento literario más veraz del eros contemporáneo. Tanizaki es uno de los precursores menos previsibles de la turbulenta economía libidinal del presente. Aunque gran parte de sus novelas más prestigiosas han sido ya traducidas al español, aún nos faltaban las más obscenas y subversivas. Entre ellas, Naomi (Siruela, trad.: María Luisa Balseiro). Ahora hay que atreverse, como han hecho en francés y en inglés, con Esvástica y Diario de un viejo loco.

[La fotografía procede de Love for an idiot (Chijin no ai), la maravillosa adaptación de Naomi dirigida por el gran Yasuzō Masumura en 1967.]


Hay muchas formas de leer una novela deliciosa como esta, tan llena de pliegues y repliegues como un kimono tradicional. Una de ellas podría consistir en ponerla en perspectiva y entenderla en función del particular contexto cultural e histórico en que apareció serializada en distintas revistas entre 1924 y 1925, y en este mismo año como libro de enorme éxito entre una población de hombres desorientados y mujeres gozando de incipiente libertad. Otra lectura abordaría la significación de esta novela en el canon de Junichiro Tanizaki (1896-1965), uno de los grandes autores japoneses del siglo XX, un escritor que sin abandonar los caracteres específicos de su cultura supo incorporar las influencias occidentales más afines: Poe, Dostoievski y Baudelaire, desde luego, y en especial, Barbey D´Aurevilly, precursor amoral con Las diabólicas de este cuento cruel ambientado en la temprana modernidad nipona.
El título original de la novela es Amor de un idiota y la historia responde, con sus múltiples episodios y sorpresas, a esta sugerencia masoquista. Un ejecutivo de vida desvaída, Kawai Joji, se prenda de una camarera quinceañera de baja extracción, Naomi, y decide convertirla, cual moderno Pigmalión, en una novia instruida, adorable y seductora. La ironía novelesca residiría en la resistencia tenaz del insinuante objeto de deseo a las manipulaciones de su obsesivo creador mediante una estrategia fatal. Como alegoría política y sexual, Naomi resulta doblemente subversiva. Al final, la rebelde heroína no solo conseguirá ser una mujer emancipada, dueña integral de su exuberante cuerpo y despierta inteligencia, imponiendo esa libertad vital absoluta a su anodino benefactor a cambio de preservar su relación servil, sino que lo arrastrará además a renunciar a los rasgos simbólicos de la identidad japonesa, aceptando un apodo inglés y perdiendo la respetabilidad social en favor de un contacto más provechoso con las maneras cosmopolitas de la cultura occidental.
Una tercera lectura posible de esta espléndida novela, de una penetración psicológica incomparable y de una refinada captación de los detalles y las sensaciones del drama carnal en curso, es traerla al presente para enfrentarse a los dilemas que, en esta era postfeminista, enturbian las relaciones entre hombres y mujeres, exacerbando el malentendido en que se fundan sus papeles respectivos en la comedia de los sexos. En esta mordaz parábola de Tanizaki, la transfiguración espectacular de la chica barriobajera y desvalida en femme fatale fílmica e idolizada mujer-objeto sirve también para exponer una visión satírica de los endiablados mecanismos eróticos que subyacen a toda forma de poder y organización social. En tal sentido, Naomi muestra cómo el modo definitivo para una mujer de reventar las estructuras opresivas del patriarcado no pasa solo por constituirse como sujeto con voluntad propia y capacidad de acción, sino por asumir el poder real que, como objeto de deseo, la fantasía masculina le atribuye en su escenario mental con el fin de sucumbir a ella, como Joji, resignándose a una situación doméstica donde ya no posee el control ni la dignidad.
Si el deseo, como quería Kant, es la facultad de conferir realidad a su objeto, el instante sublime en que el objeto ya realizado pone ese deseo a su servicio, como hace Naomi, supone la adquisición simultánea de una fuerza subjetiva experimentada en plenitud. Naomi representa así un paradigma del estilo paradójico con que el discurso novelístico puede burlarse de la supremacía de los discursos objetivos y conducirnos, al mismo tiempo, a la verdad inaceptable que estos tratarían de encubrir.

1 comentario:

El Ornitorrinco dijo...

Gran libro de uno de los imprescindibles japoneses. Tengo entendido que en los próximos días Siruela sacará a la venta, por fin, una traducción directa del japonés de Las hermanas Makioka. Bien por Siruela.