"La vida es demasiado contemporánea".
Lo imposible, según dicen, es entender lo que pasa. Yo, por no contradecir a nadie, me limito a subrayar aquí la ironía impensada de ciertos estrenos simultáneos, la coincidencia dialéctica de ciertas películas compitiendo en la cartelera por el favor del público. Lo imposible es a veces lo más evidente.
1. Mientras la masa de espectadores desempleados se acumula para recibir su dosis de no inteligencia emocional falsificada (Lo imposible: actores extranjeros mediatizados por Hollywood representando un minúsculo drama familiar español sobre fondo de catástrofe tercermundista con miles de víctimas menesterosas y anónimas…), los happy few del planeta multiplex nos abrimos paso con dificultad, sorteando cuerpos y forzando huecos, para ver en sesión casi clandestina la película más importante del momento: Cosmópolis, de David Cronenberg. Las tumultuosas colas del INEM se han trasladado a los cines para lograr el milagro de lo imposible: extraer una plusvalía de emociones humanas, con medios fraudulentos, de cuerpos inertes y mentes catatónicas. La tecnología afectiva del cine sirve a los fines del capitalismo emocional con tanta eficacia como la industria musical. Los espectadores acuden en masa opresiva a obtener su cuota artificial de estremecimiento nervioso, sentimientos simulados que los redimen por unas horas de unas vidas zombificadas. La multitud de carne polimorfa (¡pobre Negri!) se atropella y agolpa ante las taquillas para negar su condición revolucionaria, respondiendo así al imperativo publicitario con el fin de actuar como testigos de excepción de las proezas técnicas y presupuestarias de la mimética industria nacional. Se palpa la violencia latente detrás de esa represión voluntaria de su fuerza. Pagan sin complejos por una salvación efímera, por una afirmación colectiva que es la negación inconsciente del poder colectivo de la multitud. No cabe esperar que este público que busca conmoverse a toda costa entienda la ironía del estreno coetáneo de las dos películas, tan incompatibles como una caricia en la cara con un guante de seda y un puñetazo inesperado en la mandíbula. En una, ya lo he dicho, se suministra al público una sensibilidad moral intensificada para el drama de vivir o sobrevivir en las circunstancias más arduas del presente. En otra, para qué engañarnos, una alambicada ecuación estética sobre el signo ominoso de los tiempos.
2. Conviene ser realistas, pedir siempre lo imposible.
3. Lo imposible, en este sentido, es pensar que, tal como están las cosas, el público de Lo imposible pueda interesarse por Cosmópolis, ni tan siquiera soportar la primera media hora de su tedioso y fastidioso metraje. Pero no deja de ser irónico que ni siquiera sospechen que, en una modesta sala contigua, como si fuera una broma maléfica del destino, se está proyectando la película que mejor describe la sociedad del malestar económico (pero no solo) y la fraudulenta quiebra del mundo que padecen como víctimas indefensas (representan el 99 por ciento de la población que no tiene otro poder, pasivo, que el de las estadísticas y los sondeos). Sí, porque desde el primer plano hasta el último, desde el genérico-Pollock hasta el genérico-Rothko, la pesadilla elíptica de Cosmópolis retrata, un proyecto de verdad imposible, el rostro corporativo en declive de un sistema total de gestión de la realidad, que es el mismo que los espectadores de Lo imposible, sin saberlo, ven con asombro ingenuo cómo devasta sus vidas hasta reducirlas a lo más precario y elemental, arrasando las bases del mundo en el que muchos sobreviven en régimen de beneficencia o asistencia pública. Porque el tsunami de Lo imposible representa eso también, una imagen de lo posible en todo su poderío fáctico, aunque ellos finjan ignorarlo antes y después de la proyección: la destrucción, la violencia, la demolición, el mismo cataclismo fenomenal que Cronenberg decide mostrar como un diagrama de algoritmos mentales a través de la historia emblemática de Eric Michael Packer. El financiero en crisis que encarna la pulsión de muerte inscrita en el inconsciente del capitalismo y la consuma sin miedo, hasta el agotamiento de sus energías, buscando encontrarse cara a cara con la muerte, entregarse a las fuerzas antagónicas que quieren destruirlo, esas mismas fuerzas (el terrorismo de lo real) que el sistema ha generado con su violencia autodestructiva sobre la realidad. El capitalismo funciona así, ahora lo sabemos mejor que antes, autodestruyéndose todo el tiempo, destruyendo incluso las categorías de espacio y tiempo que dan soporte a su tarea de explotación integral de los seres y los recursos. Como un monstruo mitológico, en perpetua metamorfosis, se devora a sí mismo por la cola para renacer renovado de sus fauces.
4. Ese había de ser el golpe maestro del capital cibernético, ampliar la experiencia humana hacia el infinito en tanto medio propicio para el crecimiento empresarial y de las inversiones, de la acumulación de beneficios, de poderosas inyecciones de retroinversión.
5. En el fondo y en la forma, el público quiere esperanza, quiere creer, quiere recuperar la creencia en este mundo, es lógico hasta cierto punto, y está dispuesto a pagar con su miseria por obtener un atisbo de esa ilusión gratificante. El tsunami lo ha destruido todo sin piedad y la mayoría quiere saber que hay una salida a la vista, quiere ver que, a pesar de todo lo malo por lo que han pasado y les queda por pasar, el mundo aún les promete la posibilidad de levantarse y seguir vivos y ser felices en compañía de los otros (los mismos quizá). Lo imposible: en efecto, nunca un título supo expresar sin pretenderlo la lucidez cegadora e intransigente de la película minoritaria que se proyecta en paralelo en una sala cercana y, al mismo tiempo, nunca mintió de modo tan descarado sobre lo que promete ofrecer a cambio a los espectadores que se sometan a la prueba de su visión, como en un concurso televisivo de máxima audiencia. El premio tras el desastre. La prosperidad tras la hecatombe. Un nuevo principio de vida tras la experiencia desoladora.
6. Cosmópolis no ofrece salvación para nadie. Es imposible. Ni redención alguna. No la hay, no puede haberla. No hay horizonte cognitivo hacia el que el espectador desvalido podría proyectar con éxito sus anhelos y deseos. Su pesimismo no necesita alardear de tal. Es autosuficiente, autárquico, tan autista como su tenebroso antihéroe. Es hiperrealismo estrictamente contemporáneo sin tampoco presumir de estética de moda. La fuga agónica de la limusina se encamina hacia la nada, el vacío, la desaparición, el eclipse cuántico del sujeto que la ocupa como un monarca de la vieja estirpe. Hacia esa ausencia constatada en la imagen, hacia ese último acto de consumación se dirige impávido el trayecto de Packer, mientras se despoja una por una de las galas de su disfraz de multimillonario excéntrico, enclaustrado en un sarcófago faraónico de metal y vidrio, como la céntrica torre donde se refugia del exterior durante la noche, un féretro lujoso y motorizado repleto de pantallas y terminales que conectan a un mundo de señales y cifras que ya no son computables por el cerebro humano en tiempo real, así se le apliquen los programas de dopaje más sofisticados. Eso es Cosmópolis: un viaje teórico más allá de la no vida y la no muerte, una odisea terminal hacia los intersticios infinitesimales del sistema, una escenificación luctuosa de la extinción programada del capitalismo emocional que se exhibe y consume en porciones en las demás salas a precios de saldo artístico.
7. Siempre había tenido la aspiración de convertirse en polvillo cuántico, de trascender su masa corporal, el blando tejido que recubre los huesos, los músculos y la grasa. La idea consistía en vivir más allá de los límites asignados, en un chip, en un disco, mera colección de datos, en un remolino, un giro radiante, una conciencia salvada del vacío.
8. Para colmo, en medio del circuito de imágenes jeroglíficas y palabras herméticas de su fascinante artefacto, Cronenberg se atreve a enunciar en voz baja la pregunta imposible del momento: ¿A qué se parecerá el capitalismo cuando ya no tenga una cara humana que lo encarne ante el espectador aunque sea como chivo expiatorio? ¿Cómo representarlo entonces, cuando llegue el tiempo de su dominio, cómo arrancarlo a la abstracción de su devenir absoluto, cómo prestarle cuerpo y cerebro a lo intangible de los procesos de la no realidad aún por venir? Como un maestro de la sobriedad conceptual, Cronenberg filma ese instante irreversible, esa fase de transición ya concluida por la cual el capitalismo corporativo está a punto de perder su conexión con lo humano, hacerse definitivamente descarnado y cibernético, desposeído de todo signo de humanidad identificable como tal. Ese capitalismo de una pureza extrema, como la de algunas drogas sintéticas, es el que esta crisis descomunal como un tsunami asiático está gestando en su convulso seno, acelerando su advenimiento espectral, anunciando en términos casi mesiánicos su llegada fatídica, mientras políticos y economistas, estupefactos, se ven desbordados a diario por sus indicios abrumadores, sin saber muy bien qué medidas, posibles o imposibles, efectivas o simuladas, de rentabilidad electoral a corto, medio o largo plazo, se pueden adoptar aún en la realidad para conjurar la catástrofe inevitable.
9. Por esta razón es tan terrible el plano postrero de la película, hermoso y terrible a la vez, cuando Benno Levin, el nuevo hombre del subsuelo, el proletario metafísico, el paria de las corporaciones y los mercados financieros, el más indignado de los indignados del mundo globalizado, apunta el vacilante cañón de su arma hacia la cabeza del presunto amo del universo, el magnate arruinado entre las ruinas de su inteligencia y su fortuna, el último hombre que da cuerpo perecedero a la especulación infinita y la desmesura de los mercados y la desmaterialización del dinero. No hace falta, sin embargo, que veamos esa cabeza totémica estallar en pantalla como un globo de sangre y amasijo neuronal e información desperdiciada. Esa violencia lustral sería un consuelo demasiado fácil para nosotros. Nos basta con saber que la omisión del plano del sacrificio (la dimensión virtual de la novela) presagia la liquidación en curso del capitalismo con rostro humano. Certifica su acta de defunción futura.
10. Está muerto dentro de la esfera de cristal de su reloj, pero aún está vivo en el espacio original, a la espera de que suene el disparo.