Hoy se celebra el primer centenario del cineasta Michelangelo Antonioni (1912-2007). Sé que para muchos cinéfilos banales y algunos críticos de brocha gorda Antonioni es la encarnación del aburrimiento en imágenes. Para mí, en cambio, es uno de los grandes creadores de un arte que muchos espectadores, con su actitud despectiva y escaso gusto, se niegan a reconocer como arte. Sirva, por tanto, este homenaje a Antonioni como recordatorio de la importancia artística del cine en una época donde, como nunca antes, se valora a las películas y los cineastas, con independencia de su género, sobre todo por su facilidad de consumo y su rentabilidad en taquilla, lo que redunda en la mediocridad fílmica dominante fuera de los circuitos minoritarios y la creciente esterilidad creativa de estos.
Hace tiempo que no veo algunas de las películas de Antonioni, de sus distintas épocas, pero no se me olvida el impacto estético e intelectual de su visión, aunque desde Identificación de una mujer no volviera a hacer una sola película que me interesara lo más mínimo (El misterio de Oberwald no pasa de experimento tecnológico fallido y encuentro detestable Más allá de las nubes, en parte también por culpa de Wim Wenders, e igualmente patético e inútil el segmento de Eros). A pesar de Las amigas, El grito y Crónica de un amor, que recuerdo con placer, la (mal) llamada "trilogía de la incomunicación" constituye para mí la cima de su cine en blanco y negro. La noche y El eclipse me fascinan cada vez que las veo, y el final de éste, con los encuadres y planos de espacios vacíos, indiferentes, vaciados de presencia humana, me sigue pareciendo antológico en lo artístico y elocuente en lo afectivo. Nunca antes la ausencia o la elipsis de unos personajes habían expresado tanto sobre ellos y sobre el mundo al que pertenecen.
La aventura, vuelta a ver varias veces en su versión restaurada, me parece el colmo del cine moderno, con toda su ambición narrativa y su concepción plástica de las imágenes. Esta película supone, además, el momento supremo en que Antonioni emplea sus lecturas cómplices del nouveau roman francés (Robbe-Grillet y Duras, en especial, aunque también un cierto Butor) para desbordar, en el tratamiento del tiempo y el espacio, sobre todo, la estética neorrealista, ya desfasada. Por lo que el título puede entenderse en más de un sentido a la vez: como una ironía hacia lo que viven los personajes, un indicio de las condiciones de su experiencia y, además, un signo de su pretensión y riesgo artísticos. En ella, Antonioni pone en pie una trama fundada en la eliminación accidental de un personaje como recurso para vaciar de sentido un mundo de relaciones y mostrarlo en su desnudez integral. La desaparición, inexplicada e inexplicable, de Anna (el personaje interpretado por Lea Massari entre la frivolidad caprichosa de la niña rica y el trauma edípico de la hija del magnate) genera un agujero en el mundo burgués al que pertenece por el que se precipitan hacia la nada todos los valores y los rituales que lo conforman. Es el mundo de la burguesía democristiana encarnado por el padre de Anna, el patriarca que desde el principio de la película impone su poder sobre la hija y sobre el descampado pasoliniano en que tiene lugar la secuencia (similar a los espacios próximos de Accatone o Mamma Roma), con la cúpula de San Pedro emergiendo al fondo como garante de su autoridad familiar y financiera.
En este sentido, la implosión causada por la desaparición del personaje (el detonante imprevisto de la historia) encuentra su prolongación en el final desolador del Eclipse (el borrado de la figura humana supone un límite en la representación visual de las relaciones, quizá la conclusión de la vertiente humanista del cine, rubricada con la desaparición del cadáver del hombre mayor asesinado en Blow Up); y su radicalización de signo político, contracultural o subversivo, en la sorprendente explosión que cierra Zabriskie Point, cuando la casa en el cañón del potentado americano vuela por los aires a los estridentes acordes de Pink Floyd: la explosión se repite varias veces y los planos se ralentizan, mostrando en detalle las mercancías flotando en el aire como manchas expresionistas en un cuadro de fondo azul, como un modo de indicar que ésa es la fantasía utópica del personaje femenino que venga así la muerte de su amante revolucionario a manos de las fuerzas represoras de la policía y el estado.
El ojo fotográfico de Antonioni es también sobresaliente en esta película, así como su inteligencia y sensibilidad para usar el espacio (y no sólo la duración temporal) como categoría narrativa. En La aventura la heterogeneidad de los espacios y paisajes se integra cinematográficamente a la perfección con los movimientos y búsquedas de los personajes, produciendo efectos estéticos insólitos hasta entonces gracias a este acoplamiento del físico de los actores y la fisicidad de los mundos descritos (viendo la película se tiene a menudo la sensación de que Antonioni maneja los recursos de la descripción al modo de un novelista y no sólo de un fotógrafo o un pintor). Por esta razón, el recorrido espacial de la película es asombroso, en cuanto cartografía social (regional y nacional), tanto como el viaje interior de los personajes: desde la Roma suburbana del comienzo, en la que Anna se despide de su padre y se entrega después sexualmente a Sandro (Gabriele Ferzetti), a los pueblos costeros sicilianos, superpoblados de hombres en celo, por los que transitan a la deriva Claudia (Monica Vitti) y Sandro en pos de la perdida Anna; la isla rocosa, en la que Anna desaparece, los acantilados vertiginosos, la solitaria cabaña del pastor y el horizonte de mar interminable e islas de lava, indiferente al drama humano, recordatorio de un pasado geológico perteneciente a otra cronología; la comisaría de policía con el interrogatorio a los pescadores contrabandistas y los trenes con sus romances populares como realidades paralelas, en cierto modo extrañas, incompatibles; la redacción del periódico, con el episodio multitudinario de la falsa celebridad americana; el palacio aristocrático, con los diálogos banales de las clases altas, la veneración del arte como complemento superfluo de una vida holgada y la intriga adulterina como distracción e incentivo marital, y el hotel lujoso y bullicioso donde acontece el enigmático desenlace de la película, etc.
A través de la historia de amor, accidental, ambigua, finalmente suspendida, de Claudia y Sandro, Antonioni apunta hacia un más allá de la esterilidad y la repetición de una forma vacua de vida. Una posible utopía de los afectos y las relaciones que fracasará una y otra vez, por diversas razones que pueden o no ser la misma en definitiva, en todo su cine posterior: además de La noche y El eclipse, El desierto rojo (el fondo asfixiante del mundo industrial, la polución ambiental, la naturaleza amenazada, los paraísos turísticos de la pequeña burguesía y el colorido extremo del pop como signo de distinción superficial de la distopía capitalista), Blow Up (el amor libre, la explotación de las modelos, la publicidad, el conflicto generacional, el fin del compromiso político, la impotencia del arte y el ruido emocional de la cultura urbana juvenil), El reportero (las luchas políticas corrompidas por el poder, el cinismo de los estados y los gobiernos, las mafias del tráfico de armas, la decadencia moral de la izquierda, el agotamiento del sujeto y el eclipse de la identidad individual, el fin de la ideología tercermundista y el dominio de la información como sucedáneo del conocimiento, todo ello expresado en esa fuga final del yo del protagonista realizada con uno de los planos secuencia más alucinantes y complejos de la historia del cine), o Identificación de una mujer (el colapso del sistema patriarcal, la liberación de la mujer, el lesbianismo como secuela, el nuevo contrato entre los sexos, el terrorismo integrado como estrategia política, la degradación política de la democracia y la bancarrota artística del cine como medio en su relación con las mutaciones de la realidad...).
Así que la inmanencia de los cuerpos en Antonioni, su creencia en esa posibilidad de crear una nueva vida, reinventar el amor, las relaciones entre los sexos, reactivar el contacto sensorial del cerebro con el mundo, etc., chocan con el muro de la historia y la organización social, y, sobre todo, con la herencia cultural, las convenciones morales y el cansancio de la carne. De ese modo, Antonioni encarna vivamente (como Godard en Pierrot le fou o Weekend) esta paradoja creativa: uno de los cineastas más utópicos de la historia es también uno de los más pesimistas. Esta polaridad ética y política (como síntesis de las otras cualidades enunciadas) garantiza al cine de Antonioni una vitalidad de recepción presente negada a otros cineastas europeos del pasado.





