martes, 7 de agosto de 2012

PROMETHEUS: EL PERVERSO BUCLE DEL ORIGEN


Tras ver Prometheus, y colmadas todas mis expectativas sobre la película, apunto algunas de las ideas que su primera visión me sugiere. No descarto verla más veces y enmendar, si se da el caso, mis posibles errores.

“Todavía sigues creyendo, a pesar de todo lo que has visto”.
Esto es lo que le dice, con irónica admiración, el androide decapitado David (Michael Fassbender) a la científico Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) cuando la ve hurgando en sus bolsillos con ansia injustificada en busca del pequeño crucifijo que le quitó antes de escanear su vientre colonizado por el enemigo. Y esto es lo que se le podría decir a cualquier espectador crédulo y al mismo tiempo decepcionado tras la visión de Prometheus.
Este no es un texto, por tanto, para los que creen que Ridley Scott, al regresar a la matriz de la ciencia ficción, el género que lo hizo famoso, ha pretendido rivalizar como creador con Alien o con Blade Runner, o para los que creen que ha querido desautorizar las secuelas de la primera y festejar de paso el treinta aniversario de la segunda. Este es un texto para lo que creen que ha pretendido dar, con humor soterrado, otra vuelta de tuerca a la fórmula originaria, expandiendo sus innovadores planteamientos y conceptos en una dirección inesperada. Tampoco es un texto para los que creen que la única razón para hacer Prometheus es la de superar la avasalladora tecnología o los jugosos beneficios de Avatar. Este es un texto para los que creen que Prometheus es un falso blockbuster concebido a partir de un guión impostado (y la colaboración de Damon Lindelof es inestimable en esto, para bien y para mal) a fin de servir con eficacia su retorcido mensaje de condena a los desmanes de la historia humana. Es, sobre todo, un texto para los que entienden que Scott no rivaliza solo con Cameron o la ecofábula pueril y rousseauniana de Avatar, ni con Malick y las piadosas estampas cristianas de El árbol de la vida, sino con el genio ateo de Kubrick, sí, nada menos, y la versión mecanizada e instrumental del futuro como salto cualitativo de la humanidad de 2001, como muestra bien a las claras la caracterización alusiva del magnate Wayland, vetusto patrocinador del viaje planetario a los confines de la vida. Este es un texto, en definitiva, para los que creen que Prometheus es una oscura fábula filosófica sobre la búsqueda religiosa del origen como perversión de la mente, una exploración llevada hasta las entrañas biogenéticas del cosmos sobre el círculo vicioso de la creencia y el bucle maléfico del fanatismo (religioso, científico, económico o tecnológico, tanto monta). Con Prometheus, Scott logra urdir, en suma, una burla buñueliana a la idea de trascendencia y divinidad creacionistas, una película de un pesimismo moral insuperable (como el Fausto de Sokurov, otro avatar europeo reciente de la misma estirpe), una sofisticada pieza de orfebrería nihilista más digna de Schopenhauer o Cioran, por citar solo dos patriarcas del pesimismo menos depresivo, que del supremo vitalismo de Nietzsche, Bergson o Deleuze (Scott no es Cronenberg, hecho más que evidente, sino un escéptico en toda regla que no puede tomar en serio el devenir de la “nueva carne”, así sea enlatada al vacío, ni el porvenir de ninguna ilusión de poder sobre la condición poshumana). Para estupor de muchos de sus espectadores amnésicos, Prometheus arroja su corrosiva tesis a la cara del público mayoritario con la misma alegría genesíaca con que la serpiente alienígena eyacula ácido en el casco del incauto astronauta.
No siento ahora la necesidad de defender la estilizada belleza de las imágenes y los efectos especiales y la inteligencia estética del uso de la tecnología 3D. En esto, digan lo que digan sus detractores en todos los foros de opinión donde la especie humana difunde sin control sus peores rasgos, Ridley Scott ha sido tan creativo como en sus dos obras maestras anteriores. Tengo la convicción de que Scott ha vuelto al género de la ciencia ficción cinematográfica para vengarse a su manera sutil de los que lo han devaluado durante años con fines sospechosos, no solo lucrativos, en lugar de usarlo con rigor para lo que fue creado: plantear preguntas esenciales sobre la naturaleza humana y su presencia en el universo, incitar la curiosidad intelectual más allá de los límites del mundo conocido, explorar el más allá de la finitud, fomentar la incertidumbre cognitiva acerca de las leyes, orígenes y destino del universo y asumir otras perspectivas menos convencionales, primitivas o peligrosas sobre la naturaleza, el cerebro y la vida, etc. Pero también ha vuelto, por qué no, para corregir las desviaciones ideológicas de la saga Alien y reubicar el designio conceptual de esta con más fuerza en el núcleo creativo de la intersección entre la tecnología más avanzada, las omnívoras metamorfosis del capitalismo tardío y las mutaciones de la materia viva en trance de ser sometida o no a su dominio y explotación. No por azar, la científico cristiana Shaw aparece caracterizada en la película como réplica engañosa de Ripley, anunciando la programada inversión de su papel en la historia. Ella es, finalmente, la responsable directa de que nazca la abominación terrorífica de los últimos planos. Y no solo porque a sus graves errores de observación e interpretación se debe la iniciativa de la fallida expedición en busca de los “ingenieros” primordiales de la vida, diseñados como un fascinante cruce de deidad griega escultural y ciborg corporativo, sino porque es ella también la que, tras haber abortado en una secuencia memorable el monstruoso molusco que porta en su vientre sin lograr destruirlo, le abre la compuerta del quirófano para que mate al “ingeniero” superviviente que amenaza su vida. En lugar de esto, el gigantesco “calamar” transgénico se aparea a muerte con el vulnerable organismo del “ingeniero” y acaba engendrando un saurio espantoso (el futuro “alien”) cuya escalofriante mutación cierra la película como un provocativo homenaje de Scott, voluntario o no, al neodarwinismo más delirante.
De todas las tonterías que he leído en contra de esta estupenda película, dejando de lado la estupidez de discutirle detalles científicos a un artefacto narrativo de esta clase, la que más me ha hecho reír, en sintonía con el espíritu trágico que emana de ella, es la de que el principal fallo de Prometheus, la causa de la decepción que causa en numerosos espectadores, radica en que al final quedaría sin resolver el misterio de por qué los “ingenieros” comenzaron a odiar a la especie humana y decidieron destruirla creando en su laboratorio cósmico una nueva especie depredadora, superior a los humanos en poder de exterminio. Uno daba por hecho que, después de Auschwitz, Hiroshima o Dresde (Matadero 5), o si no desde el Ultimátum a la tierra lanzado desde las pantallas durante la tensa escalada de la guerra fría, por no hablar de El planeta de los simios, sobraban razones políticas y ecológicas, faltaría más, para comprender cualquier especulación sobre la necesidad de extirpar todo vestigio de la especie humana en el universo. En fin, se ve que el optimismo ontológico y el conformismo moral socialdemócratas (compartidos por la derecha y la izquierda como ideología institucional del poder democrático) han dañado o reblandecido tanto nuestros aletargados circuitos cerebrales que ni siquiera podemos alzarnos, al menos como tonificante moral, hasta esa perspectiva devastadora sobre nosotros mismos como entes devastadores de otras formas de vida y el sentido de nuestra tan nociva como insignificante presencia en el universo.
La noticia de que ya se está preparando una secuela solo confirma una cosa. El círculo vicioso dará una nueva vuelta de tuerca, sumará otro anillo más al enroscado cuerpo de la serpiente y así proseguirá, por muchos años, la pesadilla de horror y sangre llamada historia con que el cerebro del reptil se distrae mentalmente, como un telespectador estival, mientras duerme la pesada siesta y digiere los cadáveres deglutidos.
Entre tanto llega o no este prometido Prometheus Unbound (título que propongo desde ya a sus creadores en homenaje a Shelley), no pienso sumergirme en la ociosa lectura de ninguna ficción científica, ya sea clásica o posmoderna, primitiva, mecanicista o ciberpunk, sino en la sabrosa relectura del Prometeo encadenado atribuido (no sé por cuánto tiempo aún) al gran Esquilo. Eso es lo que corresponde, para escándalo de sus fans más epidérmicos, al irónico giro metafísico y mitológico de la saga Alien.

3 comentarios:

carlos maiques dijo...

De momento, como ya escribí, no puedo replicar, por falta de datos, pero sí puedo compartir otro sueño artificial del futuro de antaño

Klaus Schulze, Cyborg (1973)
http://www.youtube.com/watch?v=Mz-kCLvtcP4

Y algo más veraniego de parte de un colega de Schulze,algunos años más tarde:
Manuel Göttsching, e2-e4 (1981)
http://www.youtube.com/watch?v=h5L8OGz60NM

Un saludo y hasta otra.

Claudia Coronel dijo...

bueno muy interesante lo que escribes, aun no vi esa peli, la verdad no me atraía para nada pero después de leerte, tendré que verla.

Marc García dijo...

Hola, Juan Francisco, ¿cómo estás?

Llego muy tarde a esta reseña, pero es porque también lo hice a la película: la vi ayer, y hoy he estado curioseando un poco en busca de opiniones.

Prometheus me pareció visualmente seductora e impoluta; de un ritmo perfectamente esculpida; notablemente interpretada (aunque con un solo personaje verdaderamente potente, para mi gusto: el androide David, a su vez es el más problemático en términos de guión), poderosa y muy entretenida: la cosmogonía y la iconografía remiten directamente a Lovecraft, y eso me gusta. La estructura de guión y algunas de sus escenas (la cueva-nave), por otra parte, recuerdan muy directamente a Alien, pero, a falta de revisar la original, creo que el enlace del último plano es un tanto gratuito. Y siento que el guión está repleto de agujeros: algunos los atribuyo a defectos de construcción y otros (y eso no me molesta menos) los atribuyo a una voluntad evidente, sustentada en motivos puramente crematísticos, de alargar la historia para crear una nueva franquicia. Empezando por el punto de partida: dos científicos hallan la misma inscripción, en vestigios pertenecientes a distintas culturas, de figuras que apuntan al cielo; de ahí deducen que las figuras indican el lugar de donde vinieron nuestros creadores, logran detectarlo en el espacio (esto ya empieza a ser fuerte) y convencer a un millonario para que les subvencione la misión. Cierto que pedir precisión científica en un producto así es un poco absurdo, y cierto que el punto de partida aquí es solo eso, un pretexto para empezar el viaje y construir la película, pero me parece un poco pobre, aunque es cierto que puede leerse como una alerta contra los peligros de las creencias gratuitas. De todos modos, esto no me parece lo más grave: ¿es una prueba de que son nuestros creadores el hecho de que su ADN sea idéntico y anterior al nuestro? Podría ser que fueran criaturas diseñadas por un creador común en un momento anterior (como, de hecho, sucede), y no que ellos nos crearan. (Quizá hay algo científico que se me escapa aquí.) Tampoco esto es lo más grave: queda claro que David intoxica al protagonista con ADN extraterrestre y que, tras acostarse con Shaw, ella queda embarazada. ¿Con qué objeto hace David eso? Al principio parece que quiera contribuir a la expansión extraterrestre (a destruir la humanidad, vaya), pero luego se revela que la voluntad de su jefe no es tal: Wayland solo pretende esquivar la muerte. No parece que él tenga otros motivos, así que eso no acaba de entenderse. Y cuando Shaw trata de abortar (de hecho, lo hace), no parece que él haga demasiado por impedírselo (solo en primera instancia). Aborta, deja ahí el bicho y reaparece, ensangrentada, como si nada. Luego, ¿cómo sabe David que hay más naves? ¿Por qué sabe cómo pilotarlas? Su especie de refinamiento malévolo, ¿a qué es debido? ¿Qué persigue? Igual es que se me ha escapado algo, no lo sé. Por otra parte, creo que esa cosmovisión nihilista (que está) no justifica del todo el hecho de que Scott no dé explicaciones: simplemente no le interesa darlas. En fin, me molesta un poco el enlace con Alien (como digo, en realidad debería revisar la pentalogía original para ver si es tan forzado como me pareció o no: recuerdo que sí se habla ahí de los ingenieros, pero no hasta qué punto), me molesta la voluntad manifiesta de alargar la historia y dejar incógnitas para, de modo muy consciente, y quizá no necesario desde el punto de vista estrictamente narrativo, crear una nueva franquicia, y opino que esas carencias del guión son, o bien signos de esa voluntad (convirtiendo a Prometheus en una película incompleta) o bien errores relativamente graves. En fin: no sé qué pensarás de todo esto.

Tengo tu nuevo libro sobre la mesilla: lo empezaré esta semana, con muchas ganas. ¡Un abrazo!