martes, 24 de julio de 2012

EL CABALLERO OSCURO LO TIENE MUY CLARO


Christopher Nolan es el especialista supremo en un género quizá no tan nuevo como parece que se podría denominar “blockbuster de la mente”, ya que la mente del espectador y no solo la de sus personajes es el escenario principal de sus conflictos. En esta última entrega de su factoría intelectual e ideológica de producir falsa conciencia en la mente del espectador se concitan tantos temas e ideas, resueltos siempre del modo más previsible, que no me puedo resistir a un esbozo de análisis que quizá, en un futuro cercano, merezca un ensayo más detenido y pensado. En cualquier caso, tras el primer visionado de ese enfático artefacto titulado en español El caballero oscuro: la leyenda renace (en adelante: TDKR [The Dark Knight Rises]), mi primera pregunta sería esta: ¿han leído a Žižek los hermanos Nolan antes de ponerse a redactar el guión? ¿Es esta película una respuesta desafiante y provocativa a su pensamiento provocativo y desafiante referido a la posibilidad actual de una revolución expuesto sin ambages en sus tratados recientes En defensa de las causas perdidas y Viviendo el fin de los tiempos? Lo hayan leído o no (mi respuesta sería la misma, más bien superficialmente o mal, que en el caso de los Wachowski con Baudrillard en Matrix o, ya puestos, en el de Malick con Heidegger en El árbol de la vida) lo importante es que el filtro intelectual de Žižek permite desnudar las intenciones y pretensiones de esta ambigua película de Nolan. En las tramposas manos de Nolan, el blockbuster se convierte en ese hipergénero fascinante, posmoderno en la hibridación formal y reaccionario en lo sustancial, que captura con estilo ampuloso las inquietudes estéticas y los deseos de cambio, las ideas críticas y los anhelos de novedad del espectador y, mediante su catarsis espectacular, con el socorro atrayente de los efectos especiales y las hiperbólicas escenas de acción, las invierte en reafirmación política del orden establecido, los valores dominantes y la mentalidad convencional. En este sentido, TDKR representa una cima de su arte manipulador y efectista.
El poder de la película para atrapar al vuelo, nunca mejor dicho, el inconsciente revolucionario del espectador es estupefaciente. Más allá de la intriga de un guión deslavazado e incoherente, hay que reconocerle a TDKR una cualidad singular. No recuerdo haber visto en mucho tiempo, en una película de esta categoría presupuestaria, a un villano erigirse en contra del orden establecido con tanta convicción dialéctica como contundencia estratégica, planteando un desafío del más alto nivel a un sistema operativo de organización de la realidad, ejecutando de manera implacable su programa político como en una revolución jacobina o leninista, con tribunales de la plebe y ejecuciones sumarias de miembros de la clase privilegiada como delirante expresión de una nueva justicia social. No recuerdo una ocasión parecida en que durante tantos minutos una película de Hollywood hubiera permitido que las instituciones representativas del orden y la ley aparezcan totalmente derrotadas, ineficientes, desmanteladas y fuera de juego como en esta aparatosa película de Nolan. Ahora bien, si Bane, el fantoche fortachón y enmascarado, es la encarnación musculosa del revolucionario, el justiciero de la masa sojuzgada, el liberador de la opresión legal y financiera del sistema, también admite ser emparentado (como Miranda Tate, alma mater del siniestro personaje y de su odio cerval a la corrupción de Gotham) con el terrorista fundamentalista que aspira a la aniquilación del mundo a fin de afirmar no solo el poder de la creencia religiosa sino el núcleo perverso de esa creencia, la adhesión al credo nihilista. En esta anómala conjunción de los designios y el destino del revolucionario histórico y el terrorista apocalíptico, el militante extremista y el ángel exterminador, es donde la redefinición del villano como gran figura del Mal halla en la película su límite ético, pues acierta a neutralizar en el momento justo, con extrema habilidad, la identificación del espectador con su contrafigura de indignado idealista, enemigo radical del inicuo sistema económico que lo ha conducido al desempleo, la precariedad o la pobreza, y lo fuerza a abrazar la idea fraudulenta del bien representada por el murciélago impostor y sus secuaces policiales. Mientras la película coquetea con la faceta hacker de Bane, con su ataque a Wall Street y a sus agentes serviles, o su vindicación libertadora de los presos de Guantánamo, o sus acciones de asalto a los lujosos edificios de la 5ª avenida y las agresiones a sus millonarios ocupantes, el espectador indignado puede compartir hasta cierto punto su deriva violenta y su discurso incendiario. Cuando se manifiesta la voluntad de poder destructiva con que se propone arrasar la ciudad, la distancia se vuelve insalvable por puro instinto de supervivencia y el espectador experimenta desde la irritación el rechazo racional a su gesta descabellada. El amaño cinematográfico de Nolan en TDKR funciona estableciendo la reversibilidad de actitudes y la complicidad final del revolucionario y del terrorista en el mismo personaje de Bane, fijando el “terror”, en el sentido histórico de la expresión, como objetivo prioritario de una acción política sin futuro. La operación rehabilitadora se completa cuando Batman salva a la ciudad del exterminio y la destrucción, captando para la causa a una ladrona ambiciosa y concienciada como Catwoman, restituye la autoridad de la policía y restaura el estado de cosas a su dimensión más conveniente para todos, a pesar de que pague con la muerte simbólica y el despojamiento patrimonial esa inverosímil redención del sistema. La filantropía de Wayne es la garantía infalible de la pervivencia del sistema, una preservación fundada no solo en la promesa de una reforma superflua de sus estructuras socioeconómicas, la mejora de su funcionamiento y la eliminación de la corrupción, sino, sobre todo, en la expansión ejemplar de la bondad, la compasión y la generosidad de las clases altas con los más desfavorecidos.
Es necesario reconocerle a Nolan el mérito de haber puesto en imágenes con brío inusitado uno de los conflictos fundamentales del sistema capitalista espectacular en este período crítico de su evolución, aunque el simulacro de solución que impone sea tan forzado o forzoso como predecible. De un lado, las facciones antisistema si se toman en serio a sí mismas, es decir, si su revolución supone de verdad una inversión radical del estado de cosas, su devenir inevitable es el del terrorismo de masas, ya que la violencia puesta en marcha para combatir los males del sistema solo puede revertir en más crímenes y más injusticias. Por tanto, hay que combatir esta posibilidad con medios extralegales, con procedimientos policiales incontrolables y medidas inconstitucionales, como defiende sin vacilaciones el comisionado Gordon desde El caballero oscuro. De otro lado, la preservación del sistema pasa por la hipocresía y la demagogia. La hipocresía y la demagogia de simular la creación de unas condiciones políticas más seguras y reguladas del capitalismo que excluyan la corrupción pública y privada y el enriquecimiento desmedido, que gestionen con acierto las esperanzas e ilusiones de la mayoría y pongan límites a la codicia y distribuyan con mayor justicia la riqueza entre los ciudadanos. Nadie podrá negar que entre estos extremos se sitúa la dialéctica de un mundo tan turbulento como el actual: entre la indignación impotente y la violencia revolucionaria, entre la represión brutal y la mistificación humanitaria, entre la irracionalidad expansiva del sistema y las tentativas fallidas de domesticarlo, entre la desesperación patológica de los excluidos y el fascismo defensivo de los incluidos, etc. Ya vimos en la entrega anterior de la serie que el cinismo del Joker no era más que una forma de psicopatología artística bastante alambicada e inefectiva. En TDKR vemos ahora que la combinación de idealismo y puritanismo de los que amenazan la supervivencia de Gotham amedrenta aún más al poder, a causa de su ideario subversivo y su disciplina guerrillera, de lo que lo hacían las piruetas retóricas, el gamberrismo estetizante y el terrorismo descerebrado del Joker, pero también, como es lógico, a los ciudadanos que se ven atrapados entre dos fuegos. La fuerza revolucionaria no puede venir desde dentro del sistema, donde el poder ha tomado todas las precauciones educativas y culturales para desmontar su eficacia real, pero si viene del exterior, como es el caso de Bane, la respuesta para contrarrestarlo ha de ir por fuerza más allá de lo que el ordenamiento legal autoriza. ¿Representa Bane, en este sentido, el reverso tenebroso de la indignación global contra los desmanes económicos y políticos del presente? ¿Es su máscara terrorista, a pesar de todo, la distorsión narrativa imprescindible para poder ver en pantalla grande, con todo su armamento y su retórica movilizadora, la figura actualizada del revolucionario extraída de la pesadilla ideológica de un lector conservador de Žižek?
No hay una respuesta fácil, desde luego, a estas cuestiones. En cualquier caso, no sé si el pistolero psicópata que el viernes acabó con la vida de doce espectadores en un cine de Colorado donde se proyectaba TDKR se equivocó de máscara para cometer su abyecta fechoría de medianoche. Lo que sí está claro es que se equivocó de objetivo, dando un golpe de publicidad suplementaria a la campaña mediática de una película que ya había agotado todos sus recursos legales de promoción. Si el asesino hubiera tenido la inteligencia y la paciencia de sentarse con sus víctimas a ver íntegro el metraje de la película quizá hubiera comprendido algunas cosas que le habrían hecho dudar sobre la necesidad estratégica de su acto en aquel preciso contexto. No podemos descartar, sin embargo, la hipótesis de que disparara contra los espectadores, como un puritano maniqueo o un sicario fascista, acusándolos de complicidad ideológica con el engendro hollywoodense, mientras se identificaba como un enfermo con uno de los iconos maléficos de la trilogía para ejecutarlos sin piedad y mermar quizá el éxito anunciado de la película. ¿No sería, entonces, su extremismo criminal otra de esas incongruencias políticas que una situación comprometida y ambigua como esta solo puede generar y exacerbar en la mente de cualquier espectador al relacionarse con una película tan comprometida y artificiosamente ambigua como TDKR? Otra prueba de la misma obscenidad moral apareció enseguida como nota informativa en diversos medios especializados: el cinismo hipócrita, o la hipocresía cínica, según se mire, de las corporaciones de Hollywood al negarse a ofrecer, en señal de duelo por las víctimas, los datos de la taquilla del fin de semana. Como conclusión, cabría preguntarse si estas compañías benéficas y filantrópicas hacen esto por no contaminar de resultados financieros y contables un suceso trágico de esta magnitud, por encubrir los posibles perjuicios económicos del atentado, o, más bien, por no manchar de sangre los suculentos beneficios que TDKR, con la matanza sensacionalista como reclamo morboso definitivo, no habrá dejado de producir desde su estreno mundial. Así de inciertas o de confusas están las cosas. TDKR demuestra, en suma, que Nolan es el verdadero caballero oscuro de nuestro tiempo. Un oportunista tahúr que se aprovecha de la situación para explotarla y oscurecerla todavía más.

3 comentarios:

Francisco Javier Torres dijo...

Great, really great, Juan Francisco. En cualquier caso, la tengo pendiente todavía. Cuando la vea, supongo que podré apreciar mejor todo lo que expones, tan estimulante, ya te digo...

rolando aqui de nuevo dijo...

Me parece un artículo bastante bueno, que ensaya analizar las corrientes de fondo que, en el plano de la ideología, bullen en la industria del entretenimiento.
Cuando estaba viendo la película pude reconocer el intento, muy malo, de lograr constituir un todo homogeneo de materiales heterogeneos. En el guión de la película confluyen elementos de las siguientes historias de "Batman":
1.- The dark Knight returns, de Frank Miller
2.- La serie, muy larga: "No man´s land" aunque en especial "Going dawntown" de Bob Gale
3.- Otra serie larga agrupada en tres partes:Knightfall, Knightquest, Knightsend de Dixon, O´neill, Muench, Duffy, Grant.
Y un acierto sorprendente para lectores de Batman: la introducción de "Robin" no como el comparsa o patiño ridículo de Batman, sino como lo que todos sabemos que es: el sucesor; uno que no pudo ser Harvey Dent.
De todos estos materiales heterogeneso está construido el guión de la película de Nolan, a los que de manera clara reinterpreta por razones que, me temo, ha expuesto bastante bien el sr. Ferré.
E. g. de "The dark kgnith returns" toma la idea de un Bruce Wayne retirado y en mal estado físico, solo que para Miller el regreso de Batman sólo puede ser porque el crimen, el auténtico enemigo, está ahí de nuevo. Pero Miller no pone a Batman a dirigir a los policias, como sí lo hace Nolan, sino que en el universo de Miller Batman es el campeón de los desposeídos, a quienes dirige bajo una premisa que, hoy es claro, Miller pensaba patrioteramente.
De la larga serie Knightfall toma dos elementos claros, también transpuestos: el escape de Blackgate promovido por Bane -en la serie el escape es de Arkham- y la derrota en pelea cuerpo a cuerpo que lo deja semilisiado.De "No man´s land" los prestamos también son claros: una Gotham city aislada del mundo, aunque en el caso del comic es por causa de un terremoto, y no por la bomba nuclear -elemento que tomarón del relato "going downtown". Son elementos que así, a vuelapluma, vienen de inmediato a la mente. Todos estos son cocinados bajo la premisa que, al parecer, es la que da cohesión a toda la serie: Batman es el defensor de Gotham city contra los vientos de la historia: la liga de las sombras, como se nos explicó en "Batman begins" ha estado ahí ahí por siempre, cortando la maleza que crece en el mundo. Eso, por supuesto, es una alusión a su caracter mitíco. Y Gotham debe caer porque su gente esta corrupta. Batman, heréticamente, descree de esa pronóstico y se autonombra defensor de la ciudad. Sí todo se mueve como en el mito, es entonces el "destino" lo que hace a Batman aliarse a los pecadores de Gotham. El payaso loco, o el procurador corrupto e inescrupuloso de dos caras son las vertientes de una locura maligna que, como fuerza real, surge de los poros de la ciudad.

jorge luna ortuño dijo...

Leí por primera vez a Zizek Slavoj el año 2007, y desde aquella vez aprendí a disfrutar el cine con la filosofía. Claro, entiendo que se trata de una escritura que toma como plano referencial un objeto de la cultura pop, en este caso Batman, para escribir sobre él las ideas que lo conectan con una problemática actual. No hay que dejar de reconocer a Nolan su capacidad de haber hecho este ensayo filmico, con el cual todos nosotros podemos conectar nuestros planos.
Quedo a la expectativa de más escritos tuyos Juan Francisco, saludos desde Bolivia