viernes, 24 de mayo de 2013

GATSBY REMIXED

 
La visión de El gran Gatsby de Baz Luhrmann, tan fastuosa y espectacular como cabía imaginar y mucho más fiel al espíritu y no solo a la letra de la novela de lo que muchos críticos de la película sabrían reconocer, devuelve a la actualidad este post (Los oscuros campos de la república, 2/12/2011) que colgué con motivo de la reedición en español de la obra maestra de Scott Fitzgerald. Luhrmann acierta con su estética en dos tiempos (de las animadas galas y martingalas de la artificiosa primera parte al tono torturado y al estilo progresivamente intimista del final) a trasladar a la pantalla toda la apoteosis de la belleza, el lujo y el esplendor de una forma de vida condenada a agotarse y desaparecer en la historia para luego resucitar, andando las décadas, como una presencia fantasmal de insidiosa influencia (El resplandor de Kubrick, que supo conjurarla con ironía maliciosa, no anda lejos). El Gatsby de Luhrmann se posa como un espejo roto sobre la imaginería chispeante de los placeres pasajeros y la dureza pétrea, intemporal, del drama social de fondo, atrapando, sin pretenderlo quizá, una instantánea terrible de la decadencia y la crisis permanente del modo de vida capitalista… 
 

Cógeme una rosa, tesoro, y llena un poco más esa copa.
(El gran Gatsby, Anagrama, 2011, p. 71.)

Decía Cyril Connolly en La tumba sin sosiego, un libro excepcional: “Cuántos más libros leemos, más claro resulta que la verdadera tarea del escritor es elaborar una obra maestra”. En este sentido, se puede decir que si Francis Scott Fitzgerald hubiera desaparecido tras publicar El gran Gatsby en 1925 ya habría tenido garantizada la inmortalidad que la cultura atribuye a los autores de obras imprescindibles de la historia. Conviene recordar esto en el momento en que una nueva traducción, espléndida, del poeta y novelista Justo Navarro nos permite leer esta novela magistral en un español que la moderniza y enriquece de matices, imágenes y sensaciones. Todas las traducciones de obras importantes necesitan con el paso de los años una mano que restaure, con maestría, su vitalidad lingüística y literaria. Este es el caso. Celebrémoslo como corresponde.
La obra de Fitzgerald, uno de los grandes artistas de la prosa y la narración realista americana del siglo XX, se mantiene intacta en el canon literario y no hay lectura de cualquiera de sus obras que no demuestre la cantidad de talento que dilapidó para atrapar el ritmo y el aire de su tiempo, esa combinación de sentimientos, ideas y mentalidades que dan el tono de una época, imprimiendo en cada frase y en cada personaje y en cada situación la marca de un estilo de vida inimitable, mediante una estética y una ética narrativa que pretende atrapar al vuelo la levedad del instante pasajero y la animación del tiempo que barrerá de un plumazo a todos los personajes del escenario del mundo.


Por mucho que uno ame su novela primeriza A este lado del paraíso, donde establece su poética de que el saber no puede consolar de la pérdida de la juventud y las ilusiones, o los chispeantes y melancólicos relatos sobre la Era del Jazz, donde las flappers y los filósofos emprenden un cortejo interminable por las calles luminosas y abigarradas del Nueva York de los años 20, o esa “educación sentimental” en la ebriedad del amor y el fracaso de la ambición que es Hermosos y malditos, su segunda novela publicada, resulta evidente que la novela donde Fitzgerald dio la verdadera talla de su talento fue en esta memorable fábula americana sobre el fin de la inocencia y la juventud de una sociedad (“la luz verde al final del embarcadero de Daisy”) encarnada en la trágica historia de uno de sus héroes más legendarios, el apuesto Jay Gatsby. Uno de esos personajes carismáticos que la mayoría de novelistas se pasaría la vida buscando sin descanso y que Fitzgerald encontró con solo mirarse a la cara en el espejo de sus fantasías.
Si echamos un vistazo rápido a la literatura americana de su tiempo, es fácil comprobar que, a pesar de Faulkner y con la excepción de Dos Passos, las novelas de Fitzgerald no solo se encuentran entre las más brillantes, por su escritura y logros narrativos, sino entre las primeras que expresan con realismo sensorial la extravagante alegría y vitalidad del siglo XX, con el cine y el automóvil como emblemas de una nueva y dinámica forma de vida. En esto radica la originalidad incomparable de toda su literatura y, muy en especial, de esta fascinante novela donde, además, la huella estética de la visualidad del cine mudo es tan notoria en el modo de narrar las acciones y describir los personajes, integrándolos en espacios que siempre están en movimiento, presos de una animación artificial.


El gran Gatsby es, por todo ello, una de las obras paradigmáticas del siglo pasado y no es caprichoso que pueda detectarse su influencia en la sensibilidad de dos grandes exponentes de una narrativa apegada a la realidad de su tiempo: Guillermo Cabrera Infante, en las grandes novelas sobre La Habana prerrevolucionaria y las crónicas desternillantes del Swinging London; y Bret Easton Ellis, un nuevo Scott Fitzgerald de los ochenta y noventa, a caballo en su vida y en sus novelas entre Los Ángeles y Nueva York. La fusión de lo nuevo y lo viejo, el nuevo arsenal de la vida, las nuevas máquinas y las nuevas formas de entretenimiento y relación, pero también de arte y de música, frente a las viejas fórmulas del drama social, con el amor imposible de Gatsby por Daisy y los amoríos furtivos de los ricos y los privilegiados y la sórdida existencia de los fracasados y los perdedores. En suma, un vistoso panorama, no exento de crueldad, de los rituales, costumbres y mentalidades de un mundo que aún no había fijado su imagen en álbumes repletos de estereotipos en blanco y negro.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Señor Ferré, estupendo texto.

Todavía recuerdo los momentos de trance que experimenté al leer esta extraordinaria novela en mi último curso de Filología Inglesa.

Saludos.

Mario Domínguez Parra

Kim dijo...

Adaptar una novela al cine, no es imitar al pie de la letra lo que ha hecho el otro, en este caso a Fitzgerald. Adaptar es realizar un “encuentro”; retomando las palabras de Deleuze:

“He ahí un encuentro, un hermoso encuentro. Kurosawa puede adaptar a Dostoievski ante todo porque puede decir: ‘Tengo algo en común con él, tenemos un problema en común, ese problema’.”

Sería una prostitución si Luhrmann dejara de hacer su cine, si Lurhmann ya no fuera Lurhmann, y que empezara a hacer cine como... ¿cómo Fitzgerald?

¿Eso existe? ¿O es que los críticos creen que existe una hipotética y perfecta película Gatsby que refleje exactamente la novela de Fitzgerald? Eso es imposible porque literatura y cine son dos artes, dos medios completamente diferentes.

La peli me gustó, y creo que Lurhmann tiene el primer mérito de seguir siendo quien es, incluso frente a un autor de la talla de Fitzgerald. Luego creo también que ha conseguido, como tú bien dices, ser fiel al espíritu del texto original.

Acabo de descubrir tu blog, y me quedo.

Saludos.