martes, 27 de diciembre de 2011

DAVID FOSTER WALLACE: ELOGIO DE LO INACABADO


Una obra inconclusa enfrenta siempre al lector a la gran pregunta de la literatura. ¿Qué es una obra acabada? En el fondo la respuesta importa menos que la pregunta. Lo que de verdad importa es saber que aunque la novela que sostenemos entre las manos hubiera sido terminada por su autor la sensación de que aún estaba incompleta seguiría rondando su lectura. La cuestión, como sabía Flaubert, es que la idea de terminar es una tontería. Lo inacabado es un valor estético añadido por el que la obra individual puede abrirse al infinito de lo posible y no replegarse sobre sí misma. Podría citar muchos ejemplos de novelas inacabadas que han pasado a la historia del género como obras maestras: Bouvard y Pécuchet, de Flaubert, El proceso y El castillo, de Kafka, o El hombre sin atributos, de Musil. Y otras como Petróleo, de Pasolini, Tiempo de destrucción, de Martín Santos, 2666, de Bolaño, o Cuerpos divinos, de Cabrera Infante, que, sin rayar a esa altura estética, son obras fascinantes para el lector sin prejuicios.
Con El rey pálido (Mondadori, 2011, con magnífica traducción de Javier Calvo), de David Foster Wallace, pasa algo parecido. Uno tiene la convicción de que es una novela literalmente interminable y que Wallace supo esta verdad antes de morir, tuvo la aguda conciencia de que nunca la terminaría y podría pasarse el resto de su vida acumulando capítulos sin llegar a completar el retrato integral de los personajes envueltos en la trama inasible de esta novela expansiva e inagotable, absorbente como el papel secante, parasitaria, vampírica. Hay mucha información en esta novela que autoriza a pensar esto. Una novela inacabada sobre la burocracia fiscal y la mentalidad capitalista, sobre el trabajo mecánico y la falta de creatividad, sobre el dolor individual y la desesperación de vivir, sobre la frustración y la inutilidad, es un puro reflejo, desde luego, de sus temas dominantes. Pero El rey pálido es también una novela de una vitalidad estilística y un sentido del humor apabullantes, con una capacidad excepcional de observación de las formas de vida y de exploración lingüística de la conciencia moral de una época y una cultura y unos individuos, los directivos y trabajadores de la Agencia tributaria de Peoria, Illinois, a mediados de los ochenta, que no tiene equivalentes en la literatura norteamericana coetánea. Para empezar, Wallace escribe mejores diálogos, mucho más inteligentes y expresivos, que todos sus colegas de generación, más vivos e ingeniosos que Tarantino, desde luego, y todos los guionistas de las mejores series de televisión reunidos. Y tiene un poder portentoso para penetrar con el lenguaje en los estratos más recónditos de la conciencia humana, con frases infinitas, de un virtuosismo mozartiano, en ese búnker donde el yo herido mantiene un monólogo introspectivo permanente consigo mismo, y, por si fuera poco, para jugar con las múltiples máscaras del yo (esas cómicas duplicaciones de “David F. Wallace”, falso autor de unas falsas memorias aún más falseadas por las constricciones y los imperativos legales) hasta desconcertar a los defensores a ultranza de la teoría autobiográfica y a los del “pacto ambiguo”, por supuesto, y a cualquiera de sus adversarios de la metaficción en diferentes grados y niveles o de la hiperficción maximalista.
En este sentido, El rey pálido es una novela depresiva y triste, como la existencia de los kafkianos “pasapáginas” que la pueblan con sus problemas morales, y, al mismo tiempo, hilarante y grotesca, sobre la importancia del aburrimiento como “clave de la vida moderna” y sobre la importancia del arte y de la literatura, en especial, como forma de conocimiento y de atención y concentración en un mundo entregado al entretenimiento y la distracción programática. Como dice un personaje: “las cosas importantes no son obras de arte hechas para entretenerte”. Porque esta novela excéntrica y excesiva cuenta una “cosa importante” de la historia americana reciente que supone también un cambio fundamental en la del mundo contemporáneo: el triunfo de la tecnocracia capitalista sobre la burocracia estatal, de la tecnología corporativa y los androides que se ponen a su servicio sobre los seres humanos que hacen el trabajo más ingrato conforme a patrones estadísticos de acierto y error. A su manera fragmentaria y elíptica, El rey pálido narra el momento en que la agencia tributaria decidió sustituir la gestión humana de los recursos por el control de las máquinas para garantizar no solo su eficiencia sino, sobre todo, su rentabilidad. Los beneficios ingentes que podían extraerse explotando en el mercado la recaudación tributaria. Porque en esa mutación ideológica neoliberal que redefinía los medios y los fines del sistema en plena era Reagan, y esto es lo más importante de todo, está el origen (ideológico y funcional) de la actual crisis financiera. El rey pálido nos hace ver esto con insuperable ironía y devastadora lucidez. Como El castillo de Kafka, con la que guarda afinidades aún inexploradas, es una alegoría terminal sobre el poder de la burocracia y el fin de ese poder encarnado en hombres cuya autoridad es tan endeble y volátil como el papel en que está escrita con signos más que perecederos.
Algunos críticos han mencionado el “Bartleby” de Melville como referente posible de la novela. En todo caso se trataría de un “Bartleby” reescrito al estilo enciclopédico y digresivo del Tristram Shandy de Sterne y el Bouvard y Pécuchet de Flaubert (novelas más interminables que propiamente inacabadas), y tomando en cuenta, además, las lecciones sobre burocracia opresiva aprendidas en otras dos novelas inconclusas de Kafka (lo mismo para El proceso y El castillo). El producto final es un memorable enredo burocrático, aún más hilarante y delirante que el original, plagado de diálogos ingeniosos y digresiones sobre motivos banales observados con perspectiva excéntrica y análisis extravagantes de la realidad y enumeraciones exhaustivas y descripciones casi notariales sobre cualquier elemento relacionado con los múltiples personajes y los heterogéneos espacios de la novela. Por todo ello, podría afirmarse que Wallace consuma de modo paradójico la tradición narrativa que, partiendo de Melville (además de “Bartleby”, no conviene olvidar El hombre de confianza), se prolonga en las grandes novelas de Gaddis y DeLillo, centradas en el mundo de las corporaciones y los negocios así como en la burocracia estatal como baluartes de una ideología social americana hoy globalizada, sin olvidar la festiva influencia de Pynchon, demasiado ácrata para vestirse el uniforme de oficinista decimonónico o yuppie de los ochenta aunque sea en la ficción, pero no para desmontar la mitología puritana del dinero, la propiedad y la riqueza.
Todo esto para decir, en suma, que El rey pálido, con todas las diferencias entre una novela de esta categoría literaria y un producto cultural de masas, podría considerarse una versión arqueológica y una genealogía narrativa del mismo fenómeno que Matrix contó en clave prospectiva, como una extrapolación del futuro.

8 comentarios:

I.S. dijo...

¿"Tiempo de destrucción"? ¿No es "Tiempo de silencio"?

Un saludo

I.S.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Tiempo de silencio es la novela terminada, Tiempo de destrucción es la que nunca acabó, por desgracia, aunque fue editada póstumamente...

Eudald Espluga dijo...

Paul Valéry también consideraba la obra esencialmente inacabada: la irrupción casual y arbitraria del texto no podía contener de por sí nada vinculante. La cuestión de la perfección "formal" -del estar acabado- de una obra de arte tuvo entonces que responder a la pregunta: ¿por qué obra y no artefacto? ¿por qué literatura y no producto?
Ahora, sabemos, todo es antes que nada un producto. Pero también obra; y quizás sea el estar inacabada la prueba más palmaria de ese hecho. (Sin contar, claro está, los exabruptos editoriales que, como parodiara Woody Allen en Las listas de Metterling).

luz dijo...

Me falta poco para acabar de leer El Rey Pálido y el otro día se me ocurrió una idea relacionada con tu elogio de lo inacabado que quizás es una ida de olla, pero que podría no ser tan descabellada. Me explico: para mí es indiferente que El Rey Pálido sea una novela acabada o no. La Broma Infinita era, en tería, una novela acabada, y sin embargo te quedabas con la sensación de que era interminable, y de hecho la mayoría de tramas (o todas) quedaban sin cerrar. Y a propósito de esto comentaba yo en otro blog que pudiera ser que el propósito de David F. Wallace fuera explicar la vida, y que la vida como tal no tiene principio ni final, con lo que esa forma de terminar sin terminar sus novelas pudiera tener por finalidad transmitirnos esa idea: que si la obra de arte pretende explicar o reflejar el mundo o la vida, no puede tener un principio y un final cerrados. Pues bien, y aquí viene la ida de olla, leyendo El Rey pálido he pensado si el hecho de que DFW se suicidara durante su escritura no podría haber estado motivado, además obviamente de por sus problemas emocionales o sicológicos o como los quieras llamar, por una intención de hacer total y completamente patente que la obra de arte no puede tener un final. Si la hubiera publicado en vida siempre sería considerada una obra acabada, mientras que de esta forma queda patentemente inacabada. Ya digo que seguramente esto que digo es un despropósito, pero no me parece más descabellado que la tesis de su amigo Franzen, según el cual DFW se suicidó para obtener el reconocimiento y la notoriedad pública que siempre se presta al artista fallecido. Que digo yo que con amigos así no le hacían falta enemigos.

Acabo de descubrir tu blog y me ha gustado. Vendré más veces.

Jesús García Blanca dijo...

Hola, JF.
Después de un mes esperándome sobre mi mesa, mirándola al pasar cada día, cogiéndola a veces para sopesar lo que me esperaba... hoy he empezado La broma infinita.
Es mi primer viaje al mundo de DFW y me siento como un viajero que se acomoda en el asiento del tren mientras comienza a ganar velocidad y de repente cae en la cuenta de que no sabe a dónde se dirige, aunque tiene la vaga sensación de que sea cual sea la estación de llegada no está en este mundo.
Un abrazo.
Jesús.

WOLFVILLE dijo...

Como ya comenté en algún lugar de mi blog, gran parte de la narrativa de Wallace parece inacabada de por sí, así que -con las distancias lógicas debidas a la coyuntura- estoy seguro de que el libro será altamente disfrutable.

Un saludo.

Horacio Muñoz Fernández dijo...

"buena gente!, ignora la gran diferencia que existe entre una pieza hecha y una pieza acabada..., que en general lo que está hecho no está acabado, y que una cosa acabada puede estar en absoluta hecha".Charles Baudelaire

IváN dijo...

Estoy de acuerdo. Eso buscó y consiguió Duchamp durante toda su vida: "Una obra definitivamente inacabada".