miércoles, 5 de octubre de 2011

UN DESEO LLAMADO ALMODÓVAR


“Nuestra creencia no puede tener otro objeto que “la carne”, necesitamos razones muy especiales que nos hagan creer en el cuerpo…Debemos creer en el cuerpo, pero como germen de vida, como el grano que hace estallar los pavimentos, que se conservó y perpetuó en el santo sudario o en las bandas de la momia y que da fe de la vida, en este mundo tal como es. Necesitamos una ética o una fe, y esto hace reír a los idiotas; no es una necesidad de creer en otra cosa, sino una necesidad de creer en este mundo, del que los idiotas forman parte”.
-Gilles Deleuze, La imagen-tiempo-

“Yo soy todas las hijas de la casa de mi padre
y todos los hermanos también”.

-Shakespeare, Noche de reyes-

La misma tarde en que la Academia del cine español anunció que no propondría La piel que habito para el Oscar a la mejor película extranjera me decidí por fin a ver esta película que había postergado por razones espurias. Hasta entonces, con la ayuda de algunos viajes oportunos, había sabido resistir la masiva propaganda que parecía obligarme a comulgar con el último producto de un director nacional que me había decepcionado mucho en sus dos últimas películas. Al conocer el dictamen de la Academia, me decidí a verla de inmediato, convencido de que una institución de ese calibre no podía equivocarse tanto. Su fallo suponía para mí un acierto paradójico. Cuando salí del cine, conmovido y perturbado por las imágenes cuyo impacto acababa de recibir en plena cara, no podía dar crédito a la cantidad de estupideces que había leído en contra de esta película magistral (despreciada, por cierto, por muchas de las mismas voces críticas que han encumbrado la fruslería para débiles mentales del último Woody Allen). Lo diré más claro. No hay un director español actual que llegue a ese nivel artístico, que tenga ese talento para la puesta en imágenes de historias tan complejas, que conozca los recursos del cine y los manipule al servicio de sus obsesiones privadas y de sus percepciones públicas, como Almodóvar. Así lo sentí entonces, al salir del cine, y así lo siento ahora, al redactar estas líneas de presentación de un texto que escribí y se publicó en 2006, con motivo del estreno de Volver, y cuya publicación en este blog, a lo largo de casi tres años, fui difiriendo una y otra vez porque ya no creía que Almodóvar mereciera mi aplauso. Entre tanto, dicté un curso sobre su cine en la Universidad de Brown, un curso multitudinario en el que pude comprobar, para mi asombro, el entusiasmo vivo de los estudiantes (sobre todo de las mujeres, que eran mayoría) por un cine que no comprendían del todo pero que les fascinaba e intrigaba como pocos (incluso llegué a ponerme en contacto con su productora para invitarlo a compartir alguna sesión con ellas, pero no fue posible; era el mismo año en que lo nombraron doctor honoris causa de la vecina Harvard y la promoción internacional de Volver lo mantenía, al parecer, muy ocupado). Al año siguiente dicté otro curso, esta vez sobre Buñuel, y los estudiantes eran los mismos. El mismo entusiasmo, la misma fascinación e inquietud. El cine español, no se olvide nunca esta lección, existe como arte y no sólo como industria o negocio gracias a estos dos grandes directores, con todas sus diferencias. Tiene toda la razón la rara mariposa llamada Vera-Vicente en la película al escribir en la pared de la celda-crisálida de lujo en que vive recluida: “El arte es una garantía de salud”. En el caso de Almodóvar, además, de salud mental. Ahora que la izquierda oficial se eclipsa en el horizonte político y la derecha de siempre afila sus colmillos para hacerse una vez más con el control del Estado, sólo Almodóvar, entre todos los cineastas españoles del presente, es capaz de seguir dando sentido artístico a nuestra carnavalesca aventura en la historia, aunque esto moleste a los imbéciles de siempre.

Con Almodóvar no conviene dar muchos rodeos. Su cine es imperfecto, tiene algunos vicios y numerosas virtudes. La principal, además del malicioso humor, es su desaforada carnalidad. No importa si el amor que transporta el cuerpo de sus actores y actrices es heterosexual, homosexual o transexual. El sexo, en todos los sentidos de la palabra, es siempre el fuerte de Almodóvar: una fuerza gravitacional que afecta al sexo fuerte como al débil, el sexo como fuerza o debilidad de sus personajes, e invierte las relaciones de poder que normalmente malogran las relaciones humanas.
Lo más fastidioso para sus detractores ideológicos es que su cine ofrece bases sólidas para fundar una república libertina, expandir la anarquía de las pasiones y conmemorar el comunismo de los cuerpos, sin renunciar al capital acumulado de los sentidos y el instinto. Todo lo que irracionalmente podría conducirnos de nuevo a una guerra civil, o un enfrentamiento cruento, nos conduce en su cine a un entendimiento en la discrepancia fundado exclusivamente en el placer y el intercambio, y, especialmente, en el deseo y la producción de deseo. Almodóvar es, en este sentido, el peor enemigo concebible del maltratador masculino: su íntima comprensión de las mujeres y el devenir femenino expresa tal grado de afinidad o complicidad que funciona como el gran antídoto contra cualquier violencia fundada en la falta de reconocimiento del otro, en la ignorancia de la alteridad que marca la diferencia, dentro y fuera de la cama. Desde La lozana andaluza, las mujeres no habían expresado su deseo ni, mucho menos, su goce, con tanta libertad y desparpajo como en las películas de Almodóvar. Sólo por esto, una cultura patriarcal como la española estaría en deuda con Almodóvar.
Con el éxito de su estética híbrida, el cine underground entendido como presentación en pantalla de vidas marginales y derivas minoritarias ha conseguido imponerse en formato mayoritario y comercial. A su modo, Almodóvar es un cronista crítico implicado en las singulares formas de vida que su cine ilumina como nadie desde hace tres décadas. La España de finales de los setenta y comienzos de los ochenta, sometida a un proceso de reconversión histórica, mental y cultural, necesitaba un creador genesiaco que expusiese el modo espectacular en que este país podía despojarse de la piel social impuesta durante siglos por el poder dominante, y lo halló en este cineasta pletórico e intuitivo, un experto en las metamorfosis físicas y metafísicas de la bulliciosa vida española. Todas las instituciones represoras y los valores opresivos de nuestra historia reciben en su cine un tratamiento festivo y catártico, reconducidas infaliblemente al seno de una democracia en perpetua transición que se entiende, a pesar de sus carencias y retrocesos, como promiscuidad postmoderna de todo con todo. Lo cual no implica que en el valioso y valeroso cine de Almodóvar valga todo, o que todo valga lo mismo. Como Buñuel, Almodóvar es un ilustrado de lustre vernáculo con un baño cosmopolita que lo asimila al Goya rosa, ese inimitable pintor de buenas y malas costumbres finiseculares.
A pesar de mi admiración juvenil por el estilo almodovariano original, he de reconocer mi veneración adulta por su insuperable obra de madurez: Carne trémula, venérea y estremecedora como pocas, y, sobre todo, su trilogía definitiva (Todo sobre mi madre, Hable con ella y La mala educación), cintas magistrales donde se explora hasta el límite el fundamento libidinal de su cine (la comedia urbana de los sexos inconfesables, los extravíos del deseo y las pasiones erógenas). Volver, sin embargo, como indica su paradójico título, expresa la imposibilidad, precisamente, de dar marcha atrás para su autor. Quizá por eso suponga también un progreso parcial si se la compara con sus precursoras más obvias (¡Qué he hecho yo para merecer esto!, Mujeres al borde de un ataque de nervios y Tacones lejanos). Nunca Penélope Cruz ha estado tan bella ni ha sido mejor actriz: Almodóvar subraya su atractivo más terrenal y, al mismo tiempo, consigue extraer de ese cuerpo fetichista una interpretación con “alma” de mujer. Lástima que después de esculpir con la cámara los contornos carnales de esta reencarnación atrevida y proletaria de Mildred Pierce, nos prive de su placer más privado y se guarde sólo para él esta genuina flor de su secreto.

Postdata: La piel que habito confirma todo lo dicho al mismo tiempo que inflige una vuelta de tuerca estilística a los fundamentos de su cine, re-generándolos en un formato enteramente nuevo, extraña síntesis de géneros fílmicos y adscripciones de género, según marca la preferencia sexual de sus espectadores. En este sentido, es una de sus cimas incuestionables. Un cuento cruel y diabólico que habría hecho las delicias de Villiers de L´Isle Adam y Barbey D´Aurevilly si no fuera porque el catolicismo decimonónico de ambos les impediría comprender las extrapolaciones futuras, de un ateísmo radical, del misterio teológico de la encarnación del verbo. O como diría el viejo Lacan: “Lo real es el misterio del cuerpo que habla, es el misterio del inconsciente”. Mediante una audaz operación cinematográfica, análoga a las labores de alta costura quirúrgica del científico de la ficción (espléndido Banderas), Almodóvar se atreve a explorar ya sin tapujos la reversibilidad de los sexos, el placer de las metamorfosis y las transiciones interminables, de una piel a otra piel, de un cuerpo a otro cuerpo, mientras la identidad subjetiva se ve reducida al código performativo mínimo por el cual, se habite la piel que se habite, uno se reconoce como multiplicidad en todos los cambios, en todas las mutaciones, en función del deseo y sus vertiginosos espejismos, pero también del dolor y la pérdida. La fábula del “violador” violado que asciende a una forma de vida superior, más estética, al permutar su cuerpo, incorporándolo a una nueva piel, por el de un fantasma carnal soñado por otro, que debe morir para sancionar la inmanencia de su creación, es una maravillosa celebración del poder del cine para alumbrar los misterios profanos de la (vida de la) carne. Una hibridación imposible de Historia de O y El coleccionista, cuya primera tentativa fue Átame, por la que se pervierte, o se conduce al delirio, para algunos puede ser lo mismo, el designio por el cual, según Lacan, la mujer y la verdad son para el hombre “la misma cosa”. Esta es la médula barroca del melodrama almodovariano en su (in)versión menos previsible. Siguiendo el precepto de Baudelaire de que el materialismo absoluto no está lejos del más puro idealismo, Almodóvar, fiel a sí mismo hasta el disimulo y la ocultación, consigue hacer vibrar al “alma” con los estremecimientos de la pasión y el goce que sacuden el cuerpo y lo ponen en riesgo de perderse. Por eso la enrevesada historia de la película, plasmada en imágenes de una belleza plástica por momentos sublime, no puede terminar cuando el cuerpo de maniquí de Vera se “identifica” ante la madre como Vicente, en un gesto melodramático de reconocimiento filial contenido al extremo. En ese momento climático, al desnudar su identidad dual en un escenario de alto voltaje fantasmático como es la tienda materna de ropa femenina, es donde comienza de verdad el devenir de la criatura mutante a cuya traumática génesis hemos asistido con asombro y turbación. Vera-Vicente, cuerpo a cuerpo en su nueva piel venérea, como el female man de Joanna Russ, encarna una cópula consumada, problemática y dichosa de serlo, faltaría más, no un andrógino castrador, falsa solución a los conflictos de género, o un transexual estereotipado. Esta vera efigies del deseo supone la culminación cinematográfica de una física de los cuerpos sexuados que se reviste ahora de una metafísica carnal que no anula sino exacerba las diferencias sexuales al borrar las marcas fisiológicas de la masculinidad, escrutando desde dentro, al límite de la inverosimilitud, el enigma literalmente impenetrable de la seducción, la apariencia y la simulación femenina. ¿Necesito decir que el hermoso personaje al que da cuerpo y semblante Elena Anaya es por todo ello uno de los más fascinantes de la historia del cine? Imagino a Buñuel y a Fassbinder, a Cronenberg y a De Palma, a Schroeter y a Lynch, unos en brazos de otros como niños asustados, llorando a lágrima viva al terminar la proyección por no haber sido capaces de llegar tan lejos en la lúcida escenificación de las ilusiones del deseo, masculino y femenino…

20 comentarios:

Peter Lorre dijo...

Amén.

abbascontadas dijo...

Discrepo un poco de tu visión del film, que a mí me parece que explicita la visión extremadamente siniestra que de la sexualidad masculina tiene Almodóvar, y lo más discutible de La piel que habito me parece que es ese final en el que se muestra ese paraíso femenino del que el falo, y por lo tanto la violencia, ha sido excluido (por cierto, a mí Carne trémula me parece maravillosa, pero todo el mundo me miraba raro cuando lo decía).
Pero bueno, en realidad invado tu blog para comentarte un comunicado de prensa que acaba de salir, que puede que te doble de risa o que te ponga los pelos de punta: a Lars von Triers lo ha interrogado la policía de ... Nueva Zelanda!!! por un proceso que se le ha abierto en Francia nada más y nada menos que por justificación de crímenes de guerra a raíz de la ya mítica rueda de prensa en Cannes.
Von Triers añade que no se siente lo suficientemente hábil para expresar sus opiniones (hace un par de años le entrevisté por Antichrist y puedo asegurar que no miente) y que ha decidido evitar toda comparecencia pública y ahorrarse entrevistas.
El affaire Triers en Cannes arruinó la presentación del film de Almodóvar en Cannes, ya que estalló el día de su presentación, y viví allí la demencial escalada del escándalo, que veo que no tiene fin.
(Por cierto, que esperaba -tal vez ingenuamente- que los cineastas salieran en tromba en defensa de su colega, pero se ve que todos se estaban frotando las manos ante la defenstración de un contrincante).
Un saludo y disculpa mi invasión, como pasional admirador de Melancholia me parecía el mejor espacio para comentar este último delirio de la corrección política.

Pau Llanes dijo...

Excelente texto, cómo no…

No creo que pueda ver la última película de Almodóvar hasta dentro de unas semanas. No la he visto programada en los cines de Ciudad de México, aunque estoy seguro que llegará, a lo mejor en los días de muertos… Y estoy de acuerdo con Ud., Almodóvar ha sido el pim-pam-pum de tantos críticos de pacotilla. No es que toda su producción artística sea excelente, tiene sus altibajos y sus dientes de sierra, como todos, y para todos los gustos… Pero es el mejor cineasta español desde Buñuel, sin duda, su heredero, y pienso que el más valiente: casi nadie ha explorado esos mundos complejos, caleidoscopios, con tanta insistencia, tanto riesgo, y con tanta riqueza y diversidad estética.

Le traigo una par de reflexiones-haiku sobre el cuerpo como fuente inagotable de experiencia y percepción. Un cuerpo con órganos, por supuesto, sensible a todo tipo de delicias, y también a las catástrofes de la vida y los sentidos. Sus puntos de partida son Schopenhauer y Merleau-Ponty…

Para Schopenhauer el fondo en el que todo conocimiento encuentra su fundamento último es puro misterio e irracionalidad. Sólo existe un objeto que nos es conocido directamente, sin mediación: el propio cuerpo. Éste puede ser considerado por el sujeto como un objeto más entre los objetos, pero en su interioridad el cuerpo se revela intuitivamente como voluntad objetivada. Nosotros en tanto que cuerpo nos sentimos vivir, somos voluntad que se ha hecho visible…

Para Merleau-Ponty el cuerpo propio es mucho más que una cosa, un objeto cualquiera, un organismo vivo fenómeno de estudio por los científicos, es nuestra condición principal de existir, el territorio sensible en el que reconocemos nuestras percepciones e inventamos un universo particular de sensaciones y sentimientos que nos pertenecen absolutamente. El cuerpo forma parte del mundo sensible pero además lo crea y reinventa permanentemente, es pues forma, órgano, experiencia, memoria y conciencia del mundo, receptor y actor, en todo caso protagonista de la naturaleza en su conjunto, de sus modos de ser, su más dotado verificador.

Pero no sólo el cuerpo… El lenguaje es un elemento de trueque por el que percibimos el mundo y lo compartimos. Nuestra percepción del mundo requiere un espectador para autentificarlo y con él todos nuestros significados impregnados de experiencias subjetivas y “vivencias-con-los-demás”… El “Otro”, los otros, al estar situados en este mismo mundo que yo, al “encarnarlo” como yo, se convierten en mis cómplices, incluso en una extensión de mí mismo, para percibir la complejidad del mundo. Yo, percibiendo, soy un “yo expandido” en los otros, a través de los otros…

Gracias de nuevo por su excelente trabajo crítico, por su enorme creatividad y generosa actitud al compartir sus reflexiones abiertamente con sus lectores.

Pau Llanes

Mercè Ibarz dijo...

Excelente lectura del film, se agradece. Almodóvar está hoy muy "solo", en efecto. Puede que sea uno de los escasos cineastas mundiales en tratar estos asuntos esenciales. Esta es además una película que por primera vez pone en escena algo tan turbio en la democracia española como los Gal, nombre que en el film tiene precisamente la piel ideada por el doctor secuestrador y torturador. La valentía y el arrojo visuales y éticos de Almodóvar están aquí al máximo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Gracias Pau por tus excelentes comentarios, aquí y en el post del 11S.

Gracias Mercè, tu comentario ilumina el porqué de este post. Completando lo que dices sobre el Gal, hubo un momento alucinógeno incluso, en la película, en que mientras veía a Banderas troceando la piel de su criatura, creí ver un avatar de Adolfo Suárez volcado sobre el diseño de la España de las autonomías, así es el cine de Almodóvar, alegoría en estado puro...

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

abbascontadas: mi versión es optimista, incluso utópica, luego difiere de la tuya, más negativa, por necesidad, pero eso enriquece la película, la proyecta más allá de las evidencias. Puede ser que los dos tengamos razón. Lástima que mucha gente se la pierda por prejuicios extracinematográficos. En cuanto al affaire Von Trier: lamentable actitud de los inquisidores, me da igual su causa. Lo que consiguen al final es la castración del discurso, que nadie hable y punto. Ser libre es molestar a otros, el derecho a ofender, que reivindicaba Coetzee. Sin eso, la libertad de expresión se queda en valor abstracto que todos los poderes y los colectivos prefieren que no se use nunca, que es lo que terminará pasando... Cada vez tengo más claro que Melancholia es la película del año...

Mercè dijo...

Me interesa en grado sumo la relación del cine con la historia y, pues, con el presente. En tus escritos aquí, como en tu novela "Providence", agradezco la reflexión filosófica que se expande en todas direcciones, también hacia la Historia. En el caso del cine de Almodóvar, como en el de Buñuel, me parece esencial. Más sintomático me parece todavía que la crítica y los estudios cinematográficos lo obvien, en su propio país. Para ampliar un poco más lo que he dicho previamente sobre "La piel que habito" y los Gal, dejo aquí el enlace a un artículo en el que trato directamente el asunto: http://www.elpais.com/articulo/cataluna/piel/habito/clave/politica/elpepiespcat/20110915elpcat_6/Tes

Otro ejemplo, y lo escribo aquí en vez de en el post que le dedicas: "El árbol de la vida" resulta ser un film pretencioso y falso, un ataque a la inteligencia visual que arruina lo que pudo ser una delicada narración sobre el final del sueño americano.

Saludos desde Barcelona.

Pepe dijo...

Me vais a disculpar, pero creo que esto de buscar significados ocultos en las películas tiene sus límites. En general encuentro en tu crítica un afán por llevar la interpretación mucho más allá de lo que realmente hay en la pantalla. Creo que llegas de descontextualizarlo y que te equivocas al suponerle a Almodóvar intenciones que sólo están en tu lectura, muy respetable, pero que va más allá de la letra. Está bien dejarse llevar, "volar", pero creo que un crítico debe mantener los pies pegados al suelo y moderar sus entusiasmos creativos. Ya sé que no es el caso, que esto no es propiamente una crítica, pero creo que sigue siendo el anterior un buen consejo para comentar una obra sin perderse entre las nubes.

En cuanto a lo de los GAL, eso sí que es llevar demasiado lejos la imaginación. Leo por ahí que "gal" viene de la Galatea de Pigmalión, evidentemente, y no de referencias políticas extemporáneas. Lo de Suáre -pido disculpas por adelantado-, eso ya me suena a chiste.

Un abrazo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Bueno, Pepe, tienes nombre de defensa aguerrido y agresivo, pero no me tomo a mal tu crítica. Allá cada cual con lo que quiere ver o no en las películas y los libros. Yo no soy un crítico y por tanto me permito llevar la interpretación a los límites teóricos que me parecen adecuados para proporcionar la comprensión del objeto artístico desde un ángulo que puede ser insólito pero no descabellado. Que Almodóvar no tuviera en mente lo que yo veo en su película es, como argumento, bastante ramplón. Si uno tuviera que tomar en consideración lo que hay en la cabeza del artista en el momento de producir su obra acabaríamos de un plumazo no ya con la crítica y la teoría sino con la colaboración participativa del fruidor de la obra que la modernidad abrió. Evidentemente, mi broma sobre Suárez sólo pretende motrar que las imágenes son siempre mucho más que imágenes y que tienen un poder de alusión a otro contenido que el explícito mucho mayor que, por ejemplo, las palabras o los acordes. De modo que no seamos tan triviales como nos pide el conformismo dominante y sigamos haciendo de las obras algo más que una mera excusa para pasar un rato entretenido o emocionarnos del modo más confortable. Cada uno de los comentarios que hago en mi análisis de La piel que habito podría demostrárselos ante una pantalla, plano por plano. Pero insisto, el grado cero de la crítica oficial no es, ni debe ser, el no va más de las aproximaciones a las obras. No queramos por favor acotar o castrar aún más el campo de la palabra. Que a usted no le vale mi interpretación, ningún problema. O mejor, sólo un problema: la suya sigue rigurosamente inédita. No tengo ni idea de cómo lee usted la película, con lo que, si me apura, usted recae en la facilidad de desacreditar a otro sin mostrar sus cartas, como un mal jugador. Así vamos...

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Hombre, Pepe, voy a darle otra pista: el viaje de Vera-Vicente del quirófano a la tienda de moda femenina me parece tan elocuente que no entiendo cómo todavía nadie ha reparado en la importancia de este tránsito entre espacios sobrecargados de significado...

Gracias, en todo caso, por tensar la discusión para hacerla más fecunda.

Un abrazo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Cuánto me alegran nuestras coincidencias, querida Mercè, El árbol de la vida es todo lo que dices, en negativo, y La piel que habito, en positivo. Me voy corriendo a leer tu artículo.

Un abrazo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Fabulosa lectura, la suscribo. Lo del bonsái no se me escapó, pero mi lectura libidinal y la tuya estrictamente política se complementan a la perfección y multiplican la complejidad de planos del artefacto almodovariano hasta convertirlo en un acertijo culterano que exige, desde su misma visualidad narrativa, estas labores de exégesis.

Este es el enlace completo, por si alguien no puede acceder con el otro:
http://www.elpais.com/articulo/cataluna/piel/habito/clave/politica/elpepiespcat/20110915elpcat_6/Tes

Mercè dijo...

También a mi me alegran un montón nuestras coincidencias, querido JF. ¿Por qué no desarrollas más lo del viaje de Vera-Vicente del quirófano a la tienda de modas femenina? Pensé tan solo (no me cupo en el artículo) en el viaje inverso, desde la tienda de modas al quirófano, al recordar lo lejos de su detención que fueron encontrados los cadáveres de los etarras secuestrados por los Gal, enterrados en cal viva... creo que fue en tierras valencianas. Lo de Suárez y la piel de las autonomías me parece una lectura clavada. En fin, tal vez no tengas más ganas de volver sobre este film, pero vaya, no estaría nada mal desarrollar ese tránsito de Vera-Vicente...

Besos y abrazos.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Tienes razón, no me apetece mucho glosar más mis argumentos sobre la película, prefiero reservarlos para un ensayo que quizá escriba pronto. No obstante, el aspecto espacial de la película me parece muy interesante desde mi lectura libidinal de la misma: un viaje que comienza para el personaje en la tienda de moda y termina, con la "piel" cambiada en el quirófano y el "alma" en la lujosa celda donde habita, trazando un círculo vicioso o un bucle anómalo, como se prefiera, en la tienda femenina de nuevo. Es toda una declaración de principios. Y un cuestionamiento, en mi opinión, de las ideas dominantes sobre el género en una cierta izquierda. Para Almodóvar, en esta película, lo más profundo no es la piel, como decía Valéry y Deleuze repitió, ni tampoco la vagina, como piensan algunas feministas americanas...No digo más...

En general, desde un punto de vista político, igual que La mala educación podría entenderse como un adiós anticipado a la era Aznar y un saludo prematuro a la era Zapatero, La piel que habito podría ser considerada una despedida definitiva de la era Zapatero, y una purgación crítica del compromiso almodovariano con éste. Insisto, siguiendo en parte la lucidez de tu análisis político, en que eso es lo que representa el gesto de Almodóvar para todos los que ya no creemos en la administración saliente, por razones obvias, pero tampoco nos identificamos con la entrante. Un lugar sin lugar...Por ahora...

Mercè dijo...

Quedo a la espera de este ensayo que escribirás pronto. Ya quisiera hincarle el diente. Sigo pensando que en esta peli lo más profundo continúa siendo la piel, esa piel que el doctor ha conseguido que sea permanente..., sin posibilidad de mudas de piel, que es lo que nos hace ciertamente humanos, pero esa discrepancia es una razón más para alentarte a escribir!

Un abrazo

Anónimo dijo...

Me sorprende que nadie haya mencionado la genial, Les Yeux sans visage de George Franju.

Saludos.

-Winkhorst

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Winkhorst: Es al revés de lo que dices, se menciona en todas partes, se ha hecho obvia incluso esa referencia, desde los Cahiers franceses y españoles hasta el resto de la prensa especializada, nacional e internacional. En mi opinión, sin embargo, la película de Almodóvar no debe gran cosa, más allá de ciertas coincidencias tangenciales, a la hermosa película de Franju...

Gracias por tu interés.

Anónimo dijo...

Me pregunto como alguién puede citar a Lacan sin vomitar, un refrito pseudo-post-moderno cientifisista de Freud y Saussure y una mancha negra para la psicología y la filosofía (y para la bibliografía de Grandes como Foucault y Derrida).

El comentario sobre el erotismo en Almodovar es cierto, le da un tratamiento brillante y no menor que Buñuel, Fassbinder, de Palma y los que tu mensionas. Pero nunca fue más alla de Buñuel que da un vuelco total a eso que llamamos deseo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Bueno, Mr. Anónimo: veo por lo que dice que es usted de estómago delicado. No se puede ser tan visceral, hombre. Puestos a vomitar yo lo haría si me obligaran, manu militari, a citar a Hitler, pero no a Lacan. Como obra de la inteligencia admite toda suerte de discusiones, y yo soy el primero en no suscribir su ideario estructuralista, más que postmoderno, desde luego. Creo que el modo en que Deleuze lo aborda en el Antiedipo y en Mil mesetas es mucho más productivo que el rechazo frontal que plantea. Comprendo la intoxicación y el empacho que vivir en un país lacaniano, intuyo tu procedencia, pueden producir. En mi caso, viviendo en un país inmune a toda contaminación intelectual, hasta la lectura de Lacan me parece tonificante. Mira tú por dónde.

Bueno, Buñuel le da un vuelco al deseo, sí, pero al deseo entendido al modo de la sociedad decimonónica y católica en que se educó, desmontándolo o deconstruyéndolo, como prefieras, sin piedad. Almodóvar viene después y reinventa el deseo para un período distinto, donde todos los tabúes y las represiones si no han desaparecido del todo sí sobreviven a su mala fama. En este sentido, Almodóvar supera el ethos de Buñuel...

Anónimo dijo...

Buenas.

Es que estoy en el exilio y no me entero/leo de/nada. Pero sí, ya me extrañaba a mí; obviamente ha debido de salir a colación la obra de Franju hasta en los 'sopinstants' de letras menos granados.

-Winkhorst