martes, 27 de septiembre de 2011

EL ÁRBOL DE LA NO-VIDA


Alguien, un tal Empédocles –Freud, como por azar, lo utiliza de vez en cuando de sacacorchos- nos dejó sobre esto sólo tres versos, pero Aristóteles saca muy bien sus consecuencias al enunciar que, a fin de cuentas, para Empédocles, Dios era el más ignorante de todos los seres por no conocer el odio. Más tarde los cristianos transformaron esto en diluvios de amor. Si Dios no conoce el odio, para Empédocles es clarísimo que sabe menos que los mortales.
-J. Lacan, Encore-

A pesar de todo lo que me gusta en El árbol de la vida, de Terrence Malick, que es mucho desde un punto de vista audiovisual y cinematográfico, no puedo evitar que todo lo que me disgusta de la película (otro tanto de cursilería e idealismo de la peor especie) me haga pensar en un gigantesco anuncio “pro-vida”, una megacampaña kitsch en contra del aborto y la eutanasia. ¿La “vida”, ese don divinizado, ese idilio elemental, es demasiado preciosa para dejarla en manos de los miserables humanos sin la mediación de algún ente superior, apenas distinguible de su creación material? ¿Panteísmo pomposo o sólo pompier? ¿Cristianismo patafísico? ¿Diseño universal con pretensiones de inteligencia científica, con las esporas nómadas de Arrehnius actuando como tapadera ideológica? ¿O estupidez pura y dura, necedad de primera categoría, sin más calificativos? De verdad, contesten los defensores del artefacto, ¿hacía falta remontarse al origen del tiempo cósmico y anticipar luego el negro fin del planeta, como en un documental con ambiciones arty, para enmarcar una historieta doméstica tan reconocible como insignificante? No hay duda de que Malick, como insisten sus defensores sin entender del todo lo que están diciendo, oficia ante su menguante público en pose de visionario, pero un visionario ramplón, un visionario de sala de estar acomodada y televisor sintonizado en canales temáticos, a la escala de la visión confortable de la vida propia de la clase media amenazada o en vías de extinción (esta catástrofe social, aunque contradiciendo su planteamiento místico, sí que se haría visible en la película).
Hace unos meses, el jurado del Festival de Cannes lo tuvo fácil al verse obligado a elegir, en plan apuesta pascaliana, entre dos versiones artísticas y dos visiones del mundo tan antagónicas: el film espiritista de Malick y la Melancholia de Lars von Trier. Como era previsible, los miembros del jurado (y la crítica internacional que los secundó) optaron en el palmarés por privilegiar el optimismo metafísico de baja definición (pretenciosa trascendencia, sí, pero sin imaginación para lo sublime: un fracaso imaginativo plasmado en imágenes de una banalidad estrepitosa en la descripción de la naturaleza redentora y el ultramundo anhelado como lugar de reconciliación familiar y superación de traumas) frente a la devastadora y genuina melancolía (e inmensa belleza de sus imágenes, en el sentido baudeleriano de la expresión) de su único rival estético e intelectual. Yo, vistas por fin las dos películas y sin dudarlo un minuto, me quedo con la errancia atea y dionisíaca de la bella Kirsten Dunst y el delirio cosmicómico del gran danés, que, con sus cínicas mordeduras y sus retorcidos sofismas, nos provoca y nos incita a pensar, entre otras muchas cosas, en el Apocalipsis programado, literal, de la cultura humanista (laica, cristiana o simplemente cretina).


Alas, poor Malick!
No, señor Malick, no. La compasión, la caridad o la gracia, o como prefiera llamar en su jerga maverick a esta virtud teologal a la que debemos en la historia tantas falsificaciones e imposturas, incluida su película, no nació en el Jurásico, entre grandes depredadores de sangre fría, ni siquiera en el Mioceno, entre primates kubrickianos, ni tampoco es verificable en el Pleistoceno, entre los primigenios proletarios homínidos. Su alambicado acto de fe es un infundio colosal y, además, está mal documentado. Lea a Nietzsche, por favor. Con La genealogía de la moral tendría bastante, no se esfuerce más. Parece mentira que usted haya podido traducir a Heidegger, según repiten quienes ven esa huella ideológica en sus imágenes menos inspiradas. No tienen ni idea. Es evidente que usted no ha leído ni en resumen el mamotreto que Heidegger consagró a Nietzsche, si no sería imposible que su no-visión del “eterno retorno” tuviera esas dimensiones de fatuidad y grandilocuencia. El cine que aspira a ser creativo e innovador no puede estar al servicio de la ignorancia más alarmante o de la creencia más cerril, dos formas mentales de la misma ceguera innata de la especie, ni propagar interpretaciones de la vida que en otras artes (con la literatura a la cabeza, como quería Kant) sólo provocarían carcajadas, sarcasmos y desprecio. Mucho desprecio. ¿Inmadurez del cine? ¿Estigmas de la sumisión al público, a la masa potencial de los espectadores, esto es, al tópico conformista, al estereotipo y al lugar común? ¿Ésta es la única lección que aprendió de la hilarante Zoolander, su película favorita, al parecer, de la pasada década? ¿A olvidar la parte de baja comedia y risa grotesca que envuelve toda empresa humana, por más trágica que se nos antoje su caducidad? Por lo que veo en sus imágenes vanamente celestiales, ha acabado usted tomándose demasiado en serio los dictados estéticos de la “ley de la gravedad”. En arte, esto suele ser un signo nefasto. Un signo de que la muerte, y no la vida, es el argumento último de su plúmbeo álbum de postales y cromos…


En cualquier caso, no entiendo por qué, desde Griffith en adelante, con la connivencia del beato Bazin y sus piadosos discípulos a uno y otro lado de la pantalla, el fundamento cristiano (en muchos casos laicizado para disimularse mejor) se ha hecho consustancial al arte cinematográfico, junto con el naturalismo más relamido, y toda tentativa de “paganizarlo”, redoblando el ilusionismo de sus estrategias y enfatizando el artificio de sus mecanismos de producción de imágenes e identificación con el espectador, se ve condenada al rechazo, la excomunión y el anatema cinéfilos. Ya va siendo hora de cambiar el programa, a riesgo de condenar a esta forma artística a la irrelevancia y la vulgaridad definitiva, con o sin la anuencia del público. En Europa, Von Trier, con Melancholia, ya se ha dicho, pero también Nanni Moretti, con la magnífica Habemus Papam, instalando, mira por dónde, a un reticente avatar de Bartleby en el obtuso corazón del Vaticano, parecen haber comprendido muy bien, cada uno a su modo, este imperativo intempestivo. Podría citar algunos otros, prefiero no hacerlo por ahora…

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Sinceramente, he entendido menos la crítica que la película en sí. A veces buscando explicaciones para profundizar más en temas te encuentras con opiniones, desde mi punto de vista, demasiado filosoficoacademicaflipadas que son simplemente eso, un montón de cosas con tres nombres de pensadores y parece que se controla sobre el tema. Quizá la pelicula sea muy demagógica, pero esta crítica es triplemente demagógica.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Si estuviera de mal humor, te contestaría con aspereza y acritud ya que aprovechas el anonimato para emitir una opinión crítica (¿demagógica?, debería encontrar un nuevo diccionario para entender el uso que le das a la palabra...) en contra de alguien que se molesta en firmar con su nombre todo lo que dice en público, corriendo sus riesgos, cosa que tú ni te atreves a hacer, supongo que por cobardía. Pero como estoy de buen humor, para burlarme un poco más de Malick, te diré que este retorcido ejercicio retórico contra la barata filosofía visual del americano quizá sólo sirva para encubrir, ay, la inclusión en el post del hermoso desnudo de Kirsten Dunst. ¿Te vale como explicación?

La próxima vez deja tu nombre y dirección y, a ser posible, teléfono de contacto...

carlos maiques dijo...

No hay que remontarse al mesozoico, ni falta que hace. Me pregunto qué largometraje saldría de La Tijera de Jünger, o quién podría salir airoso de ello, y eso teniendo en cuenta el helado sentido del humor de este último.

Puedo imaginar que lo que más te ha molestado es la ramplonería sumada al encumbramiento (para ti injusto)de un autor del que sólo disfrutas su habilidad con el montaje de imágenes sugerentes. Supongo,de paso, que eso se le supone, o debería, cualquier especialista en un medio audiovisual. He de atender a mi sobrina, te escribo más tarde. A la espera de una reseña extensa de Melancholia: seguro que la disfrutas mucho más. Un saludo y hasta otra.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Querido Carlos, no me tires más de la lengua, que la tengo bífida, como sabes bien. He ahí el problema: no imagino quién podría adaptar al cine a Jünger (por poner un ejemplo entre muchos otros) sin sonrojarme de antemano. Tengo la sensación, nada presuntuosa, de que el viejo más juvenil aprobaría mis ideas aunque no mi estilo, menos clasicorro o más neobarroco que el suyo (nunca leyó a Lezama, eso se perdió). No sé, no sé. Como dices, la beatificación de Malick no deja de parecerme motivo de escarnio. Para qué añadir más ñoñería a la dominante noñería ambiental. Para eso me quedo con las visiones siderales de Paul, el extraterrestre más rabelesiano de la historia...

abbascontadas dijo...

El árbol de la vida ha sido la Palma de oro más previsible y decepcionante de los últimos años, se ve que al festival le tiraron de las orejas por premiar el año pasado la extraordinaria Uncle Boonme; ya se sabe que un premio de tanto postín tiene que ir a pelis con el sello de pretenciosidad inscrito a sangre y fuego.
Por cierto, que aquí nos pasa lo mismo, y anda todo el mundo cabizbajo porque Frances McDormand se haya enamorado de esa maravilla que es Los pasos dobles, cuando lo que correspondía era premiar el sólido producto industrial de Urbizu...

Francisco Machuca dijo...

Una de las mejores reseñas que he leído sobre la película de Malick.Parece ser que la trascendencia da mucho juego y jugo. Decía Heidegger que la esencia del hombre posee carácter de una pregunta.Cierto.Pero son precisamente las preguntas sin respuestas las que hacen al ser humano o, quizá la existencia de una respuesta depende solamente de que haya la pregunta adecuada o, quizá no haya tantas preguntas como creemos, como tampoco hay respuestas. El árbol de la vida es una sinfonía a las primeras cosas, al origen de la vida en el universo.Malick sitúa al espectador en el territorio del asombro al descubrir un mundo nuevo, al ponerlo a contemplar el misterio de la naturaleza y de la vida.Nada que ya no sepamos.El árbol de la vida va de lo macro (el origen del universo y de las especies,incluido los dinosaurios)a lo micro (la infancia de tres niños en una familia de Texas en los años cincuenta)nada arriesgado.Unas veces intenta fascinar por la portentosa imaginación visual de Malick,otras espantados por el fallido final.Asistimos a una película compleja,difícil de ver,que puede tocarnos en lo más íntimo (o ese es su propósito)o apabullarnos con vuelos excesivos.La película está emparentada con 2001,una odisea del espacio,la tortuosa metafísica de Stanley Kubrick.No es casualidad que Douglas Trumbull se haya encargado de los efectos especiales.
Podríamos estar hablando largo y tendido,amigo.Decía Bukowski que el peor borracho de hoy sabe lo mismo que el mejor dios griego del pasado.Puede que no le falte razón,y en cualquier caso,suena bien,y ese y no otro es el oficio del artista.Soy de la creencia que el que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla.Malick escamotea lo esencial del asunto y nos hace viajar a través de un documental de astronomía y un culebrón.
Espero que no me lapiden por estas palabras.

Un fuerte abrazo,amigo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

No te van a lapidar, Francisco, no te preocupes, tus palabras respiran inteligencia y sensatez, y las suscribo plenamente. De todos modos, Kubrick nunca incurrió en tales banalidades, 2001 es una visión genuina y sus revelaciones (cósmicas o mundanas) distan de ser tan obvias como las del tejano amanerado y relamido...

abbas contadas: sí, esa es la politiquería de los festivales, tan necesaria como injusta. Con Uncle Boonmee acertaron. Von Trier perdió toda opción por sus declaraciones, pero no habría sido una Palma de oro arriesgada. Urbizu merecía más, lo digo sin ver la de Lacuesta. Cine solvente de género con temática candente vs. cine de arte con temática minoritaria, he ahí el dilema de la Concha de oro y de cualquier cinéfilo con conciencia de clase. Es posible que cualquiera de las dos merezca el premio pero por distintas razones, no sé. ¿Riqueza del cine?...

Francisco C. dijo...

Hola! Acabo de descubrir el blog y te felicito por él. Es un lujo poder leer posts tan inteligentes y elaborados.
La discusión sobre la película de Malick ha sido uno de los tópicos del último mes entre mis amigos y conocidos. Yo soy de los que la defienden, y según pasan las semanas y compruebo que el debate no cesa, me reafirmo en que, al menos, debemos asignarle este valor. Todos han reconocido aquí tanto la maestría en el montaje como la "sinfonía" visual, que logra momentos de una particular sensualidad (los efectos de sonido son igualmente espléndidos). Como en el post sobre "El hacedor", volvería a recurrir al Pierre Menard para disentir de otras opiniones: no me parece innecesario volver a decir "lo que todo el mundo sabe", siempre que el lenguaje sea revelador o sugerente... las diferentes lecturas sobre lo mismo también renuevan el discurso. Respecto al plano ideológico, sería útil considerar esas formas conservadoras que apuntas (mesiánicas, espiritualistas)a partir de una tradición diferente a la que quizás nos adscribimos la mayoría de nosotros (lectores del blog, españoles, por lo que leo). Me refiero a esa épica (heroica, integrada en la naturaleza, conservadora de los valores espirituales y familiares)que podemos identificar con algunos de los grandes relatos nacionales de EEUU (desde la ensayística de Emerson a H. Melville, A. Wyeth o John Ford, por ejemplo), guiados por esa idea de fundación a partir de la comunión de los hombres "buenos y heroicos". Más allá de compartir algunos de tus juicios, considero que en tu crítica ideológica hay una cierta sobreimposición de imaginarios no tan operativos en el universo discursivo norteamericano.

Felicidades por el blog!

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Gracias, Francisco, por tu aprecio del blog. Me interesa todo lo que apuntas en defensa de la película, pero en mi rechazo a la misma no hay desconocimiento de la tradición en la que se inscribe. Conozco bien el sustrato cultural e intelectual del que surge el discurso de la película, que, como digo en el post, no carece de méritos audiovisuales, en efecto. El problema para mí es la cursilería y la prosopopeya con que da cuenta de todo eso. La plúmbea gravedad con que fabrica el envoltorio de las imágenes y termina afectando a éstas. Malick me parece un falso visionario, de dicción engolada y pretenciosa, que al fin y al cabo no cuenta nada nuevo, aunque él sí cree en la novedad de su visión. No voy a defender a John Ford, desde luego, por quien siento una simpatía irracional, pero al menos tenía la modestia del artesano, no la soberbia y pomposidad del falso artista. Me asombra que en los medios cinéfilos se haya celebrado tanto esta película, mientras se atenuaba el elogio de la gran creación del año, Melancholia, de un artista enorme, lleno de vanidad y de talento como sólo pueden serlo los artistas verdaderos. No, ay, Malick, sobrevalorado desde La línea roja como uno de los grandes cineastas del presente. Me gustó, sin embargo, El nuevo mundo, ahí sí que correspondían las imágenes y los sonidos a la novedad estricta de la visión. Lástima que sintiera que ese acierto (fallido para la mayoría dle público, por cierto) conseguía habilitarlo para una empresa que, como se ha visto, le superaba. Sólo Kubrick, entre los americanos, estaba a la altura de esa ambición. La ñoñería sentimental y moral sólo le sirve para ocultar la medida de su fracaso...

Gracias otra vez por tu inteligente comentario.

Un saluo cordial,
JF

Francisco Javier Torres dijo...

Me adhiero entusiásticamente a tu parecer, mi querido eleasta.

Curro Cerén dijo...

Dar cera, pulir cera. La crítica es tan acertada que mejora la película, en un ejercicio de estilo de lo más pedagógico.
Como viejo apasionado de la astronomía y la cosmología me froté las manos, pero igualmente se me quedaron frías. Hubo incluso un momento (aclaro que la he visto en versión pirata bajada de la red) en que pensé que estaba ante un archivo con un bucle intruso. Sólo la coherencia estética y fílmica me hizo entender que no, que la cosa iba en serio y la película era así.
A mí lo único que esta película me ha removido, más allá de su aspecto plástico, por así decir, es mi conciencia de padre. La belleza y la sugerencia tanto de imágenes como de planos, la orquestación sonido-acción, es magnífica, por ello uno se siente como ante un chocolate aguado, al acabarla.

manipulador de alimentos dijo...

Es una película inolvidable! La parte central muestra la infancia y el crecimiento como nunca se había visto en el cine. Saludos