Casi nadie se acuerda de George Saunders (vale, no levantéis el brazo, ya sé que tú y tú, y quizá tú, sí os acordáis, me refiero al resto). Por si alguien que no se acuerda quiere recordarlo, o alguien que se acuerda vagamente quiere refrescar su memoria, por no hablar de los que no lo conocen y se han perdido a uno de los escritores más inventivos de su generación, recupero la reseña que escribí en su día de su primer libro de narraciones, y quizá el mejor de todos, Guerracivilandia en ruinas (CivilWarLand in Bad Decline, 1996; Mondadori, 2005, traducción de Javier Calvo). Así mismo, es muy recomendable su segunda colección de ficciones, Pastoralia (2000; Mondadori, 2001). El nivel de un blog literario se mide también por el nivel de los escritores de los que se habla en él. En este caso, Saunders está al nivel, y no exagero, de Danielewski y Lethem y Wallace y Ellis y Palahniuk y Homes y Powers y, en realidad, muy pocos más escritores norteamericanos menores de cincuenta y cinco, herederos todos ellos, cada uno a su manera, de las grandes aventuras literarias de los sesenta y setenta. Este libro, como todos los que vale la pena leer, no hace sino revitalizarse con el paso de los años. Su actualidad no prescribe y se dilata en el tiempo. Se encuentra aún en librerías.
Empezaré por algunas interrogaciones de rigor con objeto de poner al lector en antecedentes. ¿Puede la “realidad” del mundo haberse transformado, para fomentar la explotación laboral, aumentar los beneficios y mantener a la población distraída y controlada, en un conglomerado de parques temáticos más o menos recreativos y un montón de entretenimientos tecnológicos? ¿Es América un parque temático capitalista cuya circunferencia se encuentra en todas partes y su centro en ninguna? ¿Corre la Eurozona el riesgo de ser considerada una región marginal del mayor parque temático del mundo? ¿Es la metáfora del parque temático la forma lógica de representar el proceso de la globalización? ¿Puede un libro de relatos abordar esta complicada cuestión y construirse a la vez como réplica de un parque temático de baja tecnología?
Demasiadas preguntas, quizá, a las que este libro magistral trata de responder demostrando que sus precursores Kafka y Borges, a pesar de El castillo y “Tlön”, todavía no habían visto nada, o su cultura y conocimiento del mundo los mantenían en un nivel de “ingenuidad” demasiado elevado para los patrones de lucidez e ingenio que hoy se deberían exigir a todo el que escribe. El tema no es nuevo, desde luego, pero el tratamiento sí. El nuevo realismo narrativo de Saunders pasa necesariamente por el reconocimiento del simulacro y la simulación como instancias determinantes sobre lo que antes, por pereza mental, solíamos llamar “realidad”. Saunders es un maestro de la narración gótica actualizada, y la “realidad”, entre grotesca y fantasmal, que acierta a describir está siempre mediatizada por una voz narrativa subjetiva que, paradójicamente, obliga al lector a aceptar, no sin inmutarse, toda clase de incongruencias y aberraciones.
Los excéntricos narradores de Saunders son, por este orden: un "Inspector de Verosimilitud" a sueldo de un parque temático en decadencia consagrado a la guerra civil americana que, enfrentado al problema de la destrucción selectiva de sus atracciones por pandillas de jóvenes salvajes, decide contratar a un veterano de Vietnam que acaba comportándose como un psicópata y exterminando a todo el mundo (la lectura alegórica es inevitable); un adolescente voyeur fascinado por una niña disminuida, hija a su vez de un policía desdoblado en vendedor de purificadores de agua en mal estado; un empleado de un “parque temático vasco” culpabilizado por la muerte accidental de un niño cuyo cadáver destrozado lo visita cada noche para recordarle la vida que ya no tendrá y negarle una vez más el perdón; un individuo extraordinariamente obeso que trabaja en una empresa de exterminio clandestino de mapaches y padece los abusos y burlas de sus compañeros y, sobre todo, de su jefe, un déspota carismático que seduce a todas las mujeres y fascina secretamente a los hombres; el dueño de un pequeño establecimiento consagrado a la “realidad virtual” que acaba descubriendo por azar cómo relanzar su maltrecho negocio “robando” los recuerdos de sus conocidos y comercializándolos con fines educativos hasta que decide saquear su propia memoria para olvidar un trauma conyugal paralizante; una limpiadora senil que se dedica a liquidar “vacas transparentes”, la gran atracción transgénica del parque temático “natural” donde trabaja, como venganza terrorista contra la explotación de sus superiores; y, finalmente, un mutante dotado de pezuñas y garras que, una vez liberado de la esclavitud que lo une de por vida a un parque temático “generalista”, recorre en pos de su promiscua hermana, también mutante, una América devastada por una guerra civil futura, donde la violencia y la discriminación son secuelas regresivas de la contaminación patógena que causó la escisión social de los ciudadanos en “Defectuosos” y “Normales”.
Thomas Pynchon, la influencia dominante en Saunders y uno de los mayores novelistas del siglo veinte, escribió sobre este libro imprescindible: “George Saunders nos cuenta las historias que necesitamos para entender el tiempo en el que vivimos”. En 1996 se publicaron tres obras que revolucionaron la narrativa norteamericana del momento. Hablo de La broma infinita, de David Foster Wallace. Hablo de El club de la lucha, de Chuck Palahniuk. Hablo, por supuesto, de Guerracivilandia en ruinas, de George Saunders.

4 comentarios:
!Hola! Mmmmmmm, Dios, !CuAntos libros (admirAndose)! Ahahahahahah (suspirando). Yelena.
Hace tiempo que escribí un post sobre el parte temático.Todo vino a raíz de la inauguración de un parque el Londres sobre la obra literaria de Dickens.Menciono a Saunders,cómo no y también a Julian Barnes en su magnífica Inglaterra,Inglaterra.
Un post magnífico,como siempre mi querido amigo.¿Todo bien?
Un fuerte abrazo.
Hola, Juan. Acabo de volver de visitar un parque temático de finalidad múltiple. Se dice dedicado a la gastronomía local con briznas italoamericanas y cierto regusto asiático. Hay apartados tributarios de las ruinas y la religión, mientras que otros ensalzan la naturaleza aún no del todo muerta. El visitante es libre de recorrerlo en su propio vehículo, pudiendo pernoctar en una gran selección de hoteles para todos los gustos y bolsillos. El parque en sí no está demasiado bien montado, y desde luego la gestión deja mucho que desear. Creo que en él se podrían explotar rincones de gran interés como, por ejemplo, la pobreza secular o endémica y la sobrevenida e importada. El nombre comercial del parque temático es "Spain" que, como dijo Ramón Buenaventura, "is pain".
Los nanochips biotecnológicos de mi cerebro se estacionarón en Ballard. ¿O ya se olvidó de Hello America?. Como parque temático derruido o palacete de aventuras imposibles continúa ahí desde antes que Saunders
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