jueves, 17 de febrero de 2011

MOZART EN EL TOCADOR

No hay Eros sin una fisiología del amor, ni poética de los sentimientos sin una teoría de las posibilidades del cuerpo.


MICHEL ONFRAY


Follamos como más me gusta, sin malentendidos ni aderezos sentimentales, turnándonos en tomar la iniciativa sobre el cuerpo del otro a fin de procurarnos la mayor cantidad de placer posible. Consumando la democracia de los cuerpos, la única verdadera, toda utopía es promiscua o no es.


PROVIDENCE


Muchos melómanos se extasían con el prerromanticismo del Réquiem y se olvidan de que Mozart es contemporáneo de Sade y Laclos, el Vivant Denon de Sin mañana o el Meléndez Valdés de Los besos de amor, así como de Boucher y Fragonard, grandes pintores del galanteo erótico y la alegría sensual que desborda también en muchas de sus composiciones vocales o instrumentales. Son a menudo los mismos que condenan el tono escatológico y obsceno de las cartas que Amadeus escribía a una prima suya con la que mantenía “relaciones peligrosas” dignas de la célebre novela de Laclos. Mozart participa vivamente del espíritu y las formas de ese siglo de las luces que se encienden para iluminar con esplendor e inteligencia, en todos los escenarios imaginables, los juegos efímeros de la carne y las estrategias del deseo.

La conspiración romántica contra Mozart redobla la conjura contra uno de los grandes portavoces de su ideario vital, Don Giovanni (1787). Durante todo el siglo XIX, el sexteto final de esta ópera incomparable, donde los enemigos del libertino celebran cantando a coro su fin, fue eliminado para favorecer una lectura sentimental y trágica, con el héroe seductor enfrentado a la figura siniestra de su destino encarnada en el Comendador de Piedra, ese convidado mortal que ponía freno a su carrera de conquistador dionisíaco, en vez de una lectura más lúcida y lúdica, la que el abad Lorenzo Da Ponte, gran cómplice venéreo y veneciano de Mozart, había concebido en su libreto como elogio del placer (“Vivan le femmine, viva il buon vino!”) y el libertinaje (“Viva la libertà!”).

El epónimo Don Giovanni no moría, pues, víctima de un castigo divino por haber osado transgredir los límites impuestos al deseo humano: su ejemplo escasamente virtuoso, su vindicación permanente del placer y la seducción como únicos motivos de una vida digna de ser vivida, su afirmación radical de una libérrima comunicación carnal entre hombres y mujeres, sin necesidad de la intervención de instituciones, familias o iglesias, constituían un poderoso discurso subversivo que concitaba en contra del soberano disoluto todo el odio y el resentimiento sexual de los ingenuos partidarios del “sentimiento”, esto es, de la domesticación social de la atracción y el juego irrefrenable de los sexos. Precisamente hoy que los homosexuales han conquistado para su causa la legalidad civil que, en los últimos dos siglos, ha hecho del amor heterosexual celebrado con tanto brío por Mozart algo tan anodino y rutinario, sobrecargado de responsabilidades colectivas, deberíamos todos reencontrar en esta ópera exultante fundamentos míticos para reinventar el amor y liberarlo de la esclavitud del sentimentalismo romántico y la normalidad conyugal.

En su portentosa obra vocal, Mozart llevó a cabo una exploración íntima, cantante a cantante, de la indecente conexión entre los órganos de la fonación y los del goce, constituyendo un cuerpo expresivo extraordinario de voces jubilosas del que dan testimonio oral y rítmico tantas “arias” y “canciones” femeninas. En Le nozze de Fígaro (1786), adaptación de la subversiva comedia de Beaumarchais, Mozart dará pruebas también de su temperamento rebelde y disconforme. En esta ópera deliciosa, con la colaboración de nuevo de Da Ponte, Mozart supo unir por una vez dos tendencias antitéticas de su genio: turbulencia revolucionaria y licencia erótica, lucha de clases y “batallas de amor”. Pero el ápice mozartiano de la lucidez sexual y el libertinaje es, sin ninguna duda, Così fan tutte (1790): nunca en la historia de la cultura la música y la voz se han aliado, como en esta ópera genial, para reivindicar con tanto descaro el “valor de cambio” de los cuerpos y la gozosa volatilidad de los afectos.

2 comentarios:

jordim dijo...

la opera es como la tía buena de la fiesta, me cuesta mucho entrar..

Jesus Andres dijo...

La temporada pasada asistí en Murcia a la representación de La flauta mágica, con un espléndida puesta en escena de Joan Font, producida por el Gran Teatro del Liceu de Barcelona. Un espectáculo que recordaré.
Un Mozart asombroso con un comediant que supo revestirlo de magia.
...Y un desternillante Pa-pa-pa-pa-pa-pa-geno.
Circulan estupendas fotos en la red de dicho evento.
Un abrazo