viernes, 27 de agosto de 2010

EL ORIGEN DEL MAL

El desprecio de lo femenino sostiene todavía el edificio conceptual de los paladines del ideal ascético. De manera que la elaboración de una teoría del libertinaje supone la superación de la misoginia y su aniquilamiento. Pues este aborrecimiento procede del miedo y de los fantasmas de una masculinidad mal resuelta, vivida al estilo arrogante de la violencia y la agresividad. Toda virilidad digna de este nombre debe proceder de la fuerza –lo contrario de la violencia-, y del deseo de que la misma fuerza excite al cuerpo, a la carne y al alma de las mujeres.

Michel Onfray

Como todo el mundo sabe, este blog ha sido tachado por fundamentalistas de inmoral, ofensivo o dudoso. No nos engañemos. El problema no ha sido la imagen, ni su obscenidad, ni su carácter pornográfico. O no sólo. El problema ha estado más bien en la asociación de imagen y texto. En la concatenación de ideas entre el célebre icono de Courbet, de una impudicia y una indecencia intolerables aún hoy para los sectarios y los obtusos de siempre, una profanación del foco sacramental de la visión fanática de la realidad, y esta reflexión pertinente sobre la caída de todos los velos, la elisión de la feminidad con que se construye toda versión religiosa, sublime o sagrada del mundo:

Hoy que tanto se discute sobre velos y burkas, y se asiste impotente a través de la televisión e internet a espantosas lapidaciones de mujeres y ablaciones de clítoris, convendría recordar por decencia intelectual las lúcidas palabras de Savatier acerca de este cuadro subversivo que “representa al mismo tiempo el blasón universal de la heráldica femenina y un himno a la libertad, la de crear y pensar liberándose de los tabúes engendrados por el odio al cuerpo que las religiones y filosofías nacidas en la cuenca mediterránea habían intentado dictar al mundo”.

Por una vez, la palabra más que la imagen. O la palabra potenciada por la imagen. La denuncia doblemente gráfica del “punto ciego de la especie”. En este sentido, no creamos que la mentalidad medieval o victoriana sea cosa del pasado. Un atavismo superado. Una ideología trasnochada. El control de las imágenes y el control de las palabras gravitan sobre nosotros tanto como antes, si no más, aunque por astucia se disfracen con otros nombres, se disimulen bajo otros signos, apelen a supuestos valores fundamentales, su discreción pase por una más refinada variante de la educación y el respeto. Lo sucedido no invita, por tanto, a la claudicación o el silencio sino a la exacerbación del discurso. La promulgación del exceso verbal, el libertinaje de las palabras y las imágenes, como medio de una expresión libre de trabas y corsés intelectuales. La así llamada incorrección política no es una actitud más en este contexto. Una voz más en la controversia. Es el gesto de afiliación imprescindible para indicar que uno no se alinea con los fanáticos, los comisarios, los censores, los cínicos, los puritanos, los asesinos o los hipócritas. Mucho menos con la diplomacia cultural, otra máscara cínica. Contra esas formas conformistas de renuncia, sólo cabe ostentar políticas libertarias del discurso, el gusto, la acción y la inteligencia.

Todo mi agradecimiento, pues, a las amigas y amigos que en estas circunstancias manifestaron públicamente su apoyo a este blog y su rechazo a cualquier censura del mismo. Activa o pasiva.

martes, 10 de agosto de 2010

ESTO NO ES UN CUADRO

Hay muchas formas de contar la historia de un cuadro, pero en pocos casos se podría decir que el cuadro obligue al historiador a adentrarse en los territorios de la ficción como lo hace esta obra singular de Courbet. Son tantos los misterios que rodean El origen del mundo (1866), sin referirme siquiera al misterio vital e iconográfico que el propio cuadro encarna, que habría que empezar por diferenciar, como hace Savatier en este espléndido estudio[i], lo que pertenece al régimen de lo ignorado y al de lo ocultado.


Savatier reconoce que le tentó recurrir a los procedimientos novelescos para desentrañar la verdad de este cuadro polémico. Y se nota en el fascinante modo en que esta historia verdadera logra escenificar, como una suculenta cadena de chismes y cotilleos mundanos, los elementos de alta comedia que generarían una de las obras menos sublimes y, por ello, más carnales de la historia del arte. Un pintor seminal y exuberante cuyo prestigio artístico le preocupaba tanto como para idear enredos comerciales con que hacer subir su cotización. Un refinado erotómano, el diplomático turco Khalil Bey, obsesionado por los misterios del cuerpo femenino y, en particular, por las revelaciones que el instrumental de la pintura produce sobre ellos cuando lo manipula una sensibilidad incisiva como la de Courbet, no en vano amigo y admirador de Baudelaire. Y, por último, una modelo sin identificar. Savatier descarta a la pelirroja Joanna Hiffernan, por razones obvias, y propone en su lugar varias hipótesis: Jeanne de Tourbey, la promiscua amante de Bey, una fotografía erótica de Belloc o la modelo morena que aparece en El sueño, provocadora escena lésbica pintada el mismo año por Courbet y adquirida también por el cliente otomano.


Este inteligente y sugestivo libro de Savatier acaba con toda especulación estéril, como corresponde a un cuadro cuyo motivo es una perspectiva frontal del sexo femenino, y propone al mismo tiempo una cronología lo más completa posible del turbio asunto y una exégesis plural de los designios de una obra pictórica que, desde su creación, fue concebida, nunca mejor dicho, como una intrigante indagación en el orden de la realidad. O, más bien, como un cuestionamiento de las apariencias y las convenciones enunciado en el lenguaje idóneo (la pintura) para afrontar el punto ciego de la especie. Ese vórtice visual donde se diluyen todos los mitos, prejuicios, fantasías, creencias y tabúes en que se funda el poder del inconsciente sobre el individuo. Este insólito cuadro representa, pues, un desafío a los límites de lo visible: el “objeto” paradójico que, al ofrecerse desnudo a la visión, ciega al sujeto que lo mira. El origen del mundo es, en suma, una plasmación parcial de los enigmas y secretos de la sexualidad femenina (Savatier sugiere, incluso, que la modelo anónima podría estar embarazada) y de la mirada masculina que tiende a objetualizarla y controlarla.


La historia de la transmisión de este cuadro escandaloso es tan excitante como su contenido, desde que Courbet se lo traspasa a Bey hasta el momento, hacia 1995, en que se exhibe en una sala apartada del Museo de Orsay, como si un comisario malicioso hubiera decidido gastarle una broma obscena a la retina del visitante incauto. En todo ese tiempo, el cuadro circuló de manera clandestina entre aficionados y coleccionistas. Grandes artistas de la virilidad como Picasso, Matisse, Duchamp o Rodin fueron inseminados por ese votivo fetiche femenino y crearon sus propias réplicas, multiplicando el infeccioso impacto del original. Hasta René Magritte habría creado su propia (per)versión del cuadro, jugando con espejos para neutralizar sus perturbadores efectos. Pero la parte más jugosa de esta peregrinación fueron, sin duda, los años en que perteneció a Jacques Lacan. El pícaro psicoanalista lo mantenía oculto tras un ingenioso dispositivo pictórico que se deslizaba para revelar, como una reliquia indecente, ese torso descabezado, esos muslos mutilados y esa ojiva velluda por la que pasan los humanos, como un rito visceral, al llegar a este mundo.


Hoy que tanto se discute sobre velos y burkas, y se asiste impotente a través de la televisión e internet a espantosas lapidaciones de mujeres y ablaciones de clítoris, convendría recordar por decencia intelectual las lúcidas palabras de Savatier acerca de este cuadro subversivo que “representa al mismo tiempo el blasón universal de la heráldica femenina y un himno a la libertad, la de crear y pensar liberándose de los tabúes engendrados por el odio al cuerpo que las religiones y filosofías nacidas en la cuenca mediterránea habían intentado dictar al mundo”.



[i] Thierry Savatier, El origen del mundo. Historia de un cuadro de Gustave Courbet, Ediciones Trea, Gijón, 2010.

viernes, 6 de agosto de 2010

DEVENIR PLAYBOY


Comencemos por el final del libro[i]. La autopsia de un hombre aún vivo y de su modo de vida. O, más bien, de una mitología centrada en la vida de un hombre excéntrico. Una mitología que ha ido expandiéndose como una creencia colectiva y acrecentando su influencia a medida que su emporio mediático iba perdiendo peso económico y cultural.


Hablo de Hugh Hefner, el “playboy” que calentó los rigores de la guerra fría con un proyecto fundado en la desnudez femenina y la fantasía masculina de poder fálico. En el fondo, este brillante estudio proporciona argumentos suficientes como para considerar a Hefner el Mesías de una religión profana, con sus templos, sus ritos, sus reliquias sagradas y sus objetos de culto. Un culto orgiástico, por cierto, muy apropiado para lo que Beatriz Preciado llama (en Testo Yonqui, su fascinante libro anterior) la “era farmacopornográfica”. O, si se prefiere, la era del capitalismo extremo, cuyo funcionamiento se garantiza a través del dopaje farmacológico y la sobrexcitación sexual de la población.


Ninguna sociedad, por pragmática que sea, puede funcionar sin mitos inconscientes ni imágenes seductoras. De esa necesidad funcional surgiría el imperio “Playboy”, regido por el puro principio de placer. Dicho culto hedónico, sobre todo durante los años de esplendor y lujuria, se proponía transformar a todo lector de la revista en un “playboy”, esto es, un hombre refinado y elegante, dueño absoluto de un apartamento hecho a la medida de sus gustos, un espacio doméstico del que la mujer era expulsada como ama de casa y al que podía regresar únicamente como compañera temporal de los juegos erógenos de su propietario. De ese modo, todos los productos incorporados bajo el satinado sello del conejito permitían a su consumidor participar de la fantasía de organizar su vida a imagen y semejanza de Hefner, quien a través de reportajes, películas, entrevistas y programas de televisión propagaba el ideario a seguir por el soltero vocacional como alternativa al infierno conyugal de la pareja procreadora suburbana.


Y es que “Playboy” no habría tenido el impacto que tuvo en el imaginario social masculino, como muestra Preciado, si Hefner no se hubiera preocupado de rediseñar espacios conforme a los ideales de un celibato promiscuo y desenfadado. Los templos utópicos de este culto consumista serían, primero, las grandes mansiones construidas para albergar un orden de vida que implicaba una cierta sabiduría sobre los sueños obscenos y los deseos inconfesables que el adulto de la época reprimía desde la adolescencia. Después, los clubes exclusivos, concebidos a imitación de las mansiones como fábricas de placer ilimitado, recreando un mundo libre de obligaciones y compromisos pero no exento de beneficios.


Y, por último, la creación de singulares espacios íntimos dotados del mobiliario más moderno con el fin de satisfacer con facilidad las necesidades cotidianas del hombre de su tiempo y su peculiar "economía libidinal". En el centro de ese espacio exhibicionista, con cámaras cercándola como si fuera un escenario televisivo, se colocaba una enorme cama giratoria de múltiples usos. En esa cama hegemónica pasaría Hefner la mayor parte de su vida, hasta el punto de contraer una lumbalgia crónica achacable al abuso reiterado de la posición horizontal.


Con los templos ya en erección, sólo faltaba designar el objeto de culto preferente en esta “pornotopía” de estirpe sadiana (maison à foutre concebida a medio camino entre la reglamentada fortaleza de Silling en Las ciento veinte jornadas de Sodoma y el funcional falansterio fourierista). Ese decorativo objeto de culto a la mujer objeto eran las “conejitas”, adorables compañeras de juego del varón más juguetón, sin cuya omnipresencia carnal ese mundo viril se desmoronaría fatalmente. El cuerpo coreográfico de modelos y camareras despampanantes que rodea siempre al hombre en pleno devenir “playboy”, subrayando su condición de tal, o la belleza desnuda que se exhibe en solitario como una promesa de felicidad paradisíaca para el comprador onanista. Fueron muchas las elegidas para encarnar con sus encantos los ideales estéticos de la empresa. Así, la “playmate” fundacional fue una exuberante Marilyn Monroe y la decadencia del tipo la representaría, con sus excesos quirúrgicos, Pamela Anderson. Es irónico que Hefner, sabiéndose al borde de la muerte y, por tanto, de la inmortalidad reservada a los creadores de grandes mitologías de consumo popular, se apegue a los orígenes de su universo fantástico y quiera ser enterrado en una tumba contigua a la de la estrella cinematográfica más sexy de la historia.


En este sentido, este lúcido ensayo de Preciado sobre un imperio en descomposición nos recuerda con realismo cómo los sueños más atractivos del capitalismo sólo puede comprarlos el dinero de los ricos. Todos los demás (yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos) se tienen que conformar con sucedáneos de bajo nivel.



[i] Beatriz Preciado, Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en “Playboy” durante la guerra fría, Anagrama, 2010 (Finalista del Premio Anagrama de Ensayo).