martes, 12 de octubre de 2010

GPS5/ SPLICE, O LA CRÍTICA DE LA RAZÓN CIENTÍFICA


José Luis Brea in memoriam


“La ciencia y la tecnología actuales no pretenden ya sólo comprender y reproducir los procesos naturales, sino engendrar nuevas formas de vida que nos asombren; la meta no es ya dominar la naturaleza (tal y como es), sino engendrar algo nuevo, más grande y fuerte que la naturaleza ordinaria, incluidos nosotros mismos”.

-Slavoj Žižek, In Defense of Lost Causes-


1. El éxito masivo de Inception, actuando como un espejismo mental para muchos, quizá haya impedido comprender cuál ha sido la película más estimulante estrenada este verano y, sin duda, una de las más importantes del año. No me refiero a la más innovadora desde un punto de vista formal (criterio cinéfilo en bancarrota), ni a la más trepidante o conmovedora (criterios comerciales de lo más vulgares), sino a la única propuesta fílmica de los últimos años que se ha enfrentado sin complejos al desafío fundamental enunciado por Žižek en el epígrafe. La película se titula Splice. La dirige Vincenzo Natali, director de Cube y Cypher. Y la protagonizan Sarah Polley (Elsa Kast), Adrien Brody (Clive Nicoli) y Delphine Chanéac (Dren).


2. Al contrario de Inception, Splice es una película de presupuesto modesto, no un alegato multimillonario en pro del totalitarismo cinematográfico. Como se ve en todas las pantallas, el cine es el primer arte totalitario de la historia. Lo quiere todo a toda costa. Todo el control, todo el dinero, todas las miradas y todos los espectadores. Esta voluntad de poder, relacionada con el ejercicio capitalista, es lo que Inception celebra a su manera banalmente espectacular. Un sueño totalitario que, como en un videojuego, se apropia de los sueños de todos los implicados y les impone sus exigencias y reglas. Lo que tienen en común ambas películas, sin embargo, corresponde a su abordaje de un aspecto simétrico, a cual más nocivo, del ideario del biólogo neodarwinista Richard Dawkins: en una (Inception), sería la teoría de los “memes”, esas “representaciones” despóticas de la realidad que monopolizan la mente de los humanos; y en otra (Splice), la genética “egoísta” que los reduce al papel de reproductores compulsivos.


3. Como no podía ser de otro modo, Splice contiene en su núcleo multicelular una versión del insuperable Frankenstein de Mary Shelley ambientada en la era de la biología molecular más avanzada, donde la monstruosa criatura es creada no a partir de la recomposición de restos humanos putrefactos sino de la combinación experimental e informatizada del ADN de diversas especies en teoría incompatibles (aves, mamíferos, insectos, reptiles, humanos). La trama pone en juego, además, conceptos como evolución y mutación, monstruo y especie, híbrido y organismo, etc. Splice se sitúa así un paso más allá de los planteamientos de La Mosca de David Cronenberg y, por momentos, pareciera asumir las innovadoras convicciones del filósofo de la ciencia Thierry Hoquet: “El monstruo es la excepción que pone a prueba la regla, o que vuelve problemático su estatuto de regla; pero el mutante transforma la regla, abre la posibilidad de otro juego”.


Seguir leyendo en Salon Kritik.

2 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Me hace pensar tras haber leído este estupendo análisis parte de la obra del escritor británico Clive Barker.Especialmente Hellraiser,Dioses y monstruos y Razas de noche.La fascinación por el monstruo,como la niña de El espíritu de la colmena de Erice.De niños todos hemos jugado a ser monstruos.La fascinación del lado oscuro.Como la obra maestra de Stevenson,El Dr.Jeckyll y Mr.Hyde.
Jeckyll tiene una indudable superioridad sobre Hyde: lo ve como un problema, como una tentación dañina, como un abismo. Jeckyll es humano porque siente la llamada culpable de Hyde. Somos mejores no en la medida en que evitamos totalmente lo peor sino en cuanto aún sabemos que es peor. Cuando Jeckyll tiene que decidir con cuál de sus dos personalidades quedarse para siempre, comprende que la aparente ventaja de Hyde es que nunca sentirá remordimientos por haber perdido su mitad más positiva, mientras que Jeckyll jamás olvidará del todo la tendencia que Hyde representa. Pero precisamente es este desasosiego, al que podemos llamar si se quiere "conciencia", lo que le hace preferible a su obsceno rival.

Un cordial saludo.

Jesús Garrido dijo...

excelente, me ha gustado también y sobretodo el carácter vital de la imagen