lunes, 10 de agosto de 2009

LA BIBLIOTECA INCENDIARIA


A Bouvard y Pécuchet

Toda biblioteca encierra un programa de lectura, una invitación urgente a aislarnos para consumir sus tesoros. El primer desafío a que se enfrenta el lector es por dónde empezar. El segundo es cómo combinar la lectura de las obras sin provocar ninguno de los males (tedio, insatisfacción, indiferencia, desidia) que tarde o temprano aquejan al viajero libresco. Un consejo fácil sería comenzar por Borges. Todas las bibliotecas del mundo caben en su obra comprimida y todas las obras literarias se compendian en su biblioteca circular: las epopeyas fundacionales (Homero y Gilgamesh), las fabulosas Mil y una Noches, Cervantes, Dante y Shakespeare, o escritores modernos como Flaubert, Melville, Stevenson, Henry James, Kipling, Marcel Schwob, Kafka o Joyce. Con Borges se tiene sustento suficiente para muchos veranos de recalentamiento global.


Como no sólo de Borges viven los buenos lectores, conviene escarbar en los fondos en busca de libros que estimulen otras sensaciones o generen otras ideas. La Antología del humor negro del surrealista Breton nos pondrá en contacto con una variante diabólica del espíritu humano: la inteligencia que (se) ríe de sí misma, de su fracaso ontológico y su ilimitada arrogancia, la carcajada luciferina que se ceba en los aspectos menos ilustres de la condición humana, o en los más ilustres y encomiados, como hacen, cada uno a su manera burlona y singular, Bernhard o Barthelme, Lautréamont o Gombrowicz, Quevedo o Queneau, Coover o Roth, Céline o Beckett, Bataille o Bierce.


En este sentido, nada mejor para entender por qué parece cada vez más difícil soñar con un mundo mejor que revisar las ambiguas páginas de la Utopía de Thomas More. A pesar de su título, cualquier lector dudará antes de decidir si se trata de una propuesta de reforma de la organización social, o de una sátira implacable de la nece(si)dad humana de organizar la vida. Esta obra extraordinaria nos condena a la incertidumbre de la literatura, y no es casualidad que a su autor le costara (literalmente) la cabeza. Así lo entendió también el erudito Erasmo, su amigo y corresponsal, al dedicarle otro libro inclasificable: el Elogio de la locura revela que la inteligencia sólo puede abrirse camino en el mundo reconociendo el dominio incontestable de su antagonista absoluto, la tontería o necedad, más extendida entre nosotros de lo que los planes de estudio académicos o los programas de los partidos políticos y las asociaciones humanitarias estarían dispuestos a reconocer. Éste es, sin duda, el subversivo humor que irriga cada página del Quijote, el único clásico español inagotable, pese a los eruditos de aldea, los escoliastas y demás profesionales de la taxidermia académica.


Ya conquistado el núcleo duro de la biblioteca, el luminoso corazón del canon, me permitiría recomendar distintas obras para amenizar este recorrido algo áspero por las escarpadas cumbres de la cultura. Si se quiere expandir el sentido del humor a todos los órdenes de la vida nadie debería perderse las obras gemelas de dos cervantinos genuinos y geniales: Tristram Shandy, de Sterne, y Santiago el fatalista, de Diderot. Y si se prefiere extender el significado del amor nadie dude tampoco en adentrarse sin temor en los dos transgresores canónicos del erotismo occidental: La filosofía en el tocador, de Sade, y Las once mil vergas, de Apollinaire. Está comprobado que sus efectos son superiores a los de la Viagra, o cualquier otro afrodisíaco registrado, y garantizan que la siesta o el trasnoche estival puedan convertirse en un festival de reconciliación de la carne con el verbo (y viceversa). Altérnense sin riesgo con productos más contemporáneos como La fiesta de Gerald, de Robert Coover, El teatro de Sabbath, de Philip Roth, Deseo de Elfriede Jelinek o Plataforma de Houellebecq, muestras inflamables del nuevo desorden amoroso. Para el otro desorden, el orden del consumo y el caos cotidiano capitalista, nada mejor que zambullirse en sus paradojas e infamias, procesos globales, relaciones mediatizadas, complejidad diaria y mutaciones futuras, guiados por cartógrafos digitales de la fiabilidad de Don DeLillo, David Foster Wallace, William Burroughs, Bret Easton Ellis, Chuck Palahniuk o William Gibson.


El verano es además una época idónea para zambullirse sin prevención no sólo en el mar sino en obras oceánicas como el Fausto de Goethe, El Criticón de Gracián, Locus Solus de Raymond Roussel, En busca del tiempo perdido de Proust, El hombre sin atributos de Robert Musil, Bajo el volcán de Malcolm Lowry, En Nadar-dos-pájaros de Flann O´Brien, El Baphomet de Klossowski, Paradiso de Lezama Lima, Diccionario jázaro de Milorad Pavic, El reloj de arena de Danilo Kis, Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, Tres tristes tigres de Cabrera Infante, La vida instrucciones de uso de Perec o La muerte de Virgilio de Hermann Broch. A pesar de las altas temperaturas y su incisiva incidencia en la facultad intelectiva, recuerdo con admiración y asombro varias novelas enormes donde se podría decir que acaba de verdad la novela decimonónica y empieza algo (¿la postmodernidad?, ¿el postmodernismo?) que todavía no sabemos nombrar con exactitud: Los reconocimientos, de William Gaddis, El plantador de tabaco, de John Barth, Dhalgren, de Samuel Delany, y Terra Nostra de Carlos Fuentes. Como festín para las noches de verano propondría cualquiera de las maravillosas novelas de Thomas Pynchon, pero en especial El arco iris de gravedad, y también, como complemento a Cervantes, Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais, y una obra moderna que es la suma de la felicidad libidinal de la vida y la literatura: Ada, o el ardor, del inmenso Nabokov.


No creo que un lector avezado pueda contentarse sólo con las obras de los maestros, ni mucho menos saciar su apetito con clásicos remotos. Por fortuna hay en nuestra época muchos otros nombres y títulos que podrían incendiar nuestras bibliotecas con el fuego de la inteligencia y no con el del odio o el fanatismo. Leer literatura sigue siendo el acto civilizado por excelencia, quizá por eso hacerlo en esta estación algo inculta es más provocativo que nunca. Un acto de resistencia.

6 comentarios:

pepe montero dijo...

Buen catálogo. Me lo imprimo.

Raquel G. dijo...

Está bien, rompo el hielo. Empiezo con La filosofía en el tocador, y ya veré por dónde continúo. Si empiezo a delirar, les ruego solamente que me consigan cita con el doctor House. Cuando éste les pregunte (mi familia no sabe nada), díganle nada más que, en un acto de resistencia, opté por la intensidad. Él sabrá comprenderlo (si no fuera así, J.F., tú podrás explicarle, confío)

A ver qué cuenta el márqués...

Un abrazo ;-)

Marta.g dijo...

Gracias por la información...Creo que voy a empezar por Ada, o el ardor

Jesus Andres dijo...

Pensaba yo dedicar agosto a leer y pintar, y en cambio estoy empaquetando los libros para una nueva mudanza. Me voy más al sur.

Me gusta la lista, sin concesiones. A mi siempre me quedan notables que leer, releer o reintentar, por si me hubiese cambiado el gusto. Un tiempo, hace mucho, me tuvo atrapado El cuarteto de Alejandría. También me sorprendió El arco iris.

Aprovecharé la mudanza para abrir hueco a algunas ausencias.

Saludos, camarada.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Gracias, Pepe, y que te aproveche la lectura.

El problema, Raquel, es que el tan popular Dr. House es un analfabeto cultural y no digamos literario y cuando se tope con tu caso no podrá sino esbozar una terapia grosera, nada adecuada a tu cuadro clínico. No te olvides que la filosofía en el quirófano no puede ser la misma que en el tocador, la gente suele estar obsesionada con el primer lugar, por razones obvias, cuando la "verdad" se oculta normal o anormalmente en el boudoir. En este sentido, tu elección es afortunadísima: eso sí, ten a alguien cerca, un cuerpo cálido que te permita expandir cada tanto tus descubrimientos carnales. Con el marqués no caben sublimaciones evasivas...

Marta, bienvenida. Me alegra tu elección, tan cercana a mis gustos. Ya me contarás cómo te va con la inmersión en los territorios sensoriales y estéticos de Terra y Antiterra y el castillo de Ardis de la mano de la juguetona Ada y su cómplice carnal Van Veen...

Jesús: te comprendo. Las mudanzas suelen ser ese momento crítico en que uno toma conciencia de lo que pesa la literatura y ese descubrimiento a veces es traumático. También admiré el Cuarteto de Durrell hace años, esa multiplicación de narradores y perspectivas en torno a unos bastante opacos acontecimientos en un mundo también bastante opaco y misterioso. Un Proust alejandrino. Hace tiempo que el modernismo como ideología se me quedó antiguo. Pynchon sí sería un buen antídoto contra el enclaustramiento estético, una invitación a fundirse con la promiscuidad de lo real, que es lo que un verdadero novelista debe ofrecer a su lector, y no ese manojo anodino de ficciones entretenidas con que se sustenta y contenta el mercado y sus instituciones demagógicas...

Raquel G. dijo...

Me tientas, Ferré, cruelmente. La calidez de los cuerpos es una cuestión relativa que, como bien sugieres, no puede apreciarse empleando el termómetro. Soy caprichosa, ya sabes, y prefiero el mal menor de la sublimación a errar en la elección de partenaire. Pero lo intentaré, lo intentaré, porque, siendo tan caprichosa, lo de "evasivas" me llega al alma.

No digo más. No, no digo más ;-)