viernes 3 de julio de 2009

KAFKA REDUX


“Esperemos que Josefina no descubra que el solo hecho de oírla nosotros es una prueba en contra de su canto”.


Josefina, la cantora, F. K.


¿Qué decir sobre Kafka a estas alturas? Ciento veintiséis años después de su nacimiento (el tres de julio de 1883), y ochenta y cinco de su muerte, no hay nada que no se haya repetido hasta la saciedad, incluida la idea de que sobre él se ha dicho todo hasta la saciedad. Kafka el surrealista. Kafka el cabalista. Kafka el existencialista, el socialista, el anarquista, el sionista, el revolucionario, el tercermundista incluso. Si se piensa bien, es paradójico que un escritor tan original merezca portar todas las máscaras de la actualidad para encubrir el hecho dramático de carecer de un rostro presentable o moderno. Kafka: el judío descreído de nacionalidad dudosa (¿qué otra cosa era ser checo en aquellos años?) que se expresaba artísticamente en la lengua elitista de Goethe, de Nietzsche y de Rilke.


Ciudadano K.


Kafka es una de las imaginaciones más potentes de cuantas ha producido la historia literaria. Literatura en estado puro, sin aditivos ni conservantes. La ausencia de poesía, su grotesco sentido del humor y su control sobre los excesos subjetivos del estilo lo convierten en uno de los escritores más sobrios y, al mismo tiempo, inagotables. En sus ficciones la realidad se ve sometida a la exigente legislación del sueño con el fin de desnudarla de todas esas adherencias y distorsiones que nos impiden conocerla en su integridad (en este sentido, destacaría dos relatos magistrales como ejemplos supremos de aplicación de la técnica onírica a la construcción narrativa, Un médico rural y El jinete del cubo).


Los dilemas existenciales ligados a la sexualidad, la paternidad, la identidad, la fraternidad, la amistad, etc., hallan en su literatura una plasmación figurativa y conceptual contundente. Y siempre partiendo de una premisa asombrosa que luego es explorada sin concesiones, tanto en los relatos como en las novelas, hasta sus últimas posibilidades referenciales. Sus narraciones producen la sensación de no tener principio ni final, fragmentos de un todo narrativo cuya totalidad resulta imposible reconstruir. De ahí también que su carácter póstumo le cuadre tan bien a una obra que fue concebida para ser leída con absoluta independencia de su autor.


Kafka es, sin duda, el autor de algunas de las grandes alegorías sobre el (sin)sentido de la existencia humana en el siglo veinte, pero las alegorías kafkianas, a diferencia de otras, se resisten indefinidamente a la interpretación, son difícilmente traducibles al lenguaje de la lógica o la ideología sin arruinar la complejidad de su enunciación.


Sin embargo, suele conducir al error aproximarse desde una óptica biográfica a su obra, como si ésta sólo compusiera un testimonio episódico de su gran desencuentro con el mundo humano y el gigantesco aparato (llámese sociedad, estado, nación, capitalismo, cultura, etc.) puesto en marcha para garantizar el ordenamiento de la realidad. Por el contrario, la gran innovación de la narrativa kafkiana radicaría en su cómica desenvoltura para moverse entre los registros de la abstracción inhumana de la máquina y la existencia no humana del animal, instaurando, como dice Deleuze, “una máquina literaria completamente nueva”.


La moral de K.


Una de sus últimas ficciones fue Josefina, la cantora, una fábula ambientada entre ratones y protagonizada por una cantante cuyas tortuosas e irónicas relaciones con la masa de admiradores de su pueblo constituyen una de las más lúcidas reflexiones sobre el artista, el arte y el público, una parodia seria de la literatura de Thomas Mann (Tonio Kroger, La muerte en Venecia) o Hoffmanstahl (Carta de Lord Chandos) sobre tan delicada materia, y, sobre todo, un retrato cruel del fracaso artístico que Kafka sentía como propio. Este relato se relaciona con uno de los más famosos, La metamorfosis (que Borges tradujo con más exactitud como La transformación), donde el recurso grotesco de la animalización del protagonista sirve al propósito de mostrar la subversión que el principio de individualidad, agudizado por la conciencia alienada del artista, supone para el sentimiento gregario de la colectividad.


Como muestran las cartas a sus amadas o los espléndidos diarios, Kafka es quizá el primer escritor en experimentar el sentimiento más moderno ante la escritura: el sentimiento de la vergüenza y la humillación. La vergüenza ante lo que uno escribe y ante el hecho mismo de escribir. Vergüenza que no es sino la sentencia que el cerebro del escritor dicta contra sí mismo atendiendo las demandas del severo tribunal de la sociedad burguesa, industrial o comercial, el orden patriarcal de la familia, para quien la práctica de escribir y la existencia misma de la literatura son no sólo una inutilidad sino una dedicación ridícula. Sólo la riqueza y el éxito alcanzado con productos editoriales legitimarían para la ideología o la mentalidad burguesa la vocación de escribir, consagrándole todo el tiempo del mundo (el tiempo perdido y el “tiempo recobrado” de Proust, hermano de sangre de Kafka en tantas cosas, cobran aquí, precisamente, una significación nueva, gracias a la equivalencia tiempo=dinero establecida por la ideología capitalista).


La máquina de K.


Un significativo contingente de sus narraciones aborda el modo en que objetos inertes y mecanismos tecnológicos, burocráticos o jurídicos se confabulan contra sus atribulados protagonistas, como sucede en Blumfeld, historia de un soltero o La construcción de la muralla china. Quizá la más elocuente, junto con sus dos grandes novelas (El proceso y El castillo), sea En la colonia penal: un relato sobre una máquina infernal que inscribe la letra de la sentencia en el cuerpo del reo y un guardián perverso tan fascinado con su funcionamiento punitivo, como un discípulo demente de Foucault, que acaba aplicándolo sobre sí mismo en un auto-sacrificio análogo, para Kafka, al suplicio físico y mental de escribir.


En esta parte fundamental de su obra, Kafka retuerce hasta la parodia y la irrisión los procedimientos lógicos, con la modalidad legal y administrativa en primer lugar, como expresión de la racionalidad tecnocrática que rige los procesos de organización humana, con objeto de desestabilizar las realidades que el sistema simbólico legitima y garantiza. Como dijo Hannah Arendt, en las ficciones de Kafka “el personaje descubre que el mundo y la sociedad de la normalidad son, de hecho, anormales, que las sentencias emitidas por los prohombres de prestigio reconocido son de hecho demenciales, y que los actos que se derivan de las reglas del juego son de hecho desastrosos para todos”.


La Ley es, precisamente, uno de los mecanismos básicos del orbe kafkiano. El principio absoluto, el valor sublime, la figura dominante del padre que infantiliza al hijo con su autoridad. Privado de acceso a la esfera donde el poder dictamina el orden de las cosas, al huérfano personaje kafkiano sólo le queda merodear por los alrededores de la puerta por la que podría acceder al interior de ese espacio inexpugnable donde se cifra todo el sentido de su existencia. Nunca lo consigue, entre otras cosas porque tampoco disfruta del tiempo suficiente para llevar a cabo esa acción transgresora, y sólo puede aspirar a legar a otras generaciones la tarea interminable de construir la muralla de protección, única garantía de que los bárbaros (es decir, la locura, el caos, la vida salvaje y la animalidad primigenia) nunca tomarán la ciudad (mental o real).


El bárbaro, el nómada o el indio representan en Kafka una figura ambigua, tanto el libertador como el enemigo terrible de la ley y el orden, encarnación humana del animal añorado (Un viejo manuscrito).


El zoológico de K.


Para escapar de ese mundo asfixiante y enteramente administrado, Kafka se aleja de lo humano mismo, establece una línea de fuga posible hacia el animal, reescribiendo para la realidad traumática del siglo veinte la tradición fabulística que se remonta a Esopo y los apólogos orientales. El “zoo” de Kafka se vuelve un espacio lógico, una heterotopía que contiene especies tan diversas que conjugan potencias vitales y situaciones nuevas, dignas de un delirante dibujo animado. No representan exactamente lo mismo, desde luego, el insecto multiforme de La metamorfosis, el ex simio locuaz de Informe para una academia o el topo arquitecto de La construcción que el perro cervantino de Investigaciones de un perro, los chacales exterminadores de Chacales y árabes o los ratones de la utopía colectivista de Josefina. Mucho menos el enigmático Odradek de Preocupaciones de un padre de familia, una criatura imaginaria que constituye otro desfigurado autorretrato kafkiano ejecutado desde la perspectiva omnisciente y despectiva del padre.


Hay un apólogo, sin embargo, que logra reunir las dos dimensiones (el animal y la ley) con suprema ironía histórica: El nuevo abogado, donde la figura del leguleyo la encarna un caballo, como en la sátira de Swift, nada menos que Bucéfalo, la montura egregia de Alejandro Magno. Abandonada ya la voluntad de poder imperial, el caballo de batalla, a falta de más altas empresas, ha decidido consagrarse al conocimiento metódico y el ejercicio árido de las leyes.


Aktualidad


El cuerpo, la máquina y el monstruo. Las tres categorías articulan cualquier ecuación literaria kafkiana. El cuerpo del soltero, el condenado, el culpable. La maquinaria de la ley, la abstracción, los códigos, los símbolos. Y el monstruo, la metamorfosis, el devenir. Como declaraba Nabokov en su análisis entomológico de La metamorfosis: “Bendigamos, bendigamos al monstruo; pues en la evolución natural de los seres, el mono no se habría convertido en hombre si no hubiese aparecido un monstruo en la familia”.


Kafka consideraba el arte, incluido el suyo, como “un espejo que se adelanta”, no exactamente una profecía sino una crónica de lo real venidero. Muchos de los motivos del presente se encuentran ya en su obra: un mundo enteramente administrado, o donde la parte de administración ocupa y controla gran parte de la actividad humana; la muerte del sujeto individual o su aplastamiento por la confabulación de la masa y el poder; el dominio de la abstracción, del formalismo de la maquinaria, sobre las formas de vida (alguien, citando a Foucault, hablaría de la “microfísica del poder” puesta en narración por Kafka); una cultura de especialistas, o seudo especialistas, un producto de sus interminables disputas y de sus imposibles acuerdos; la institucionalización del arte y la anulación del potencial crítico del pensamiento y la creación; el fin del contrato sexual entre hombres y mujeres, y la constitución de un complejo paisaje de relaciones que oscila entre la promiscuidad y la soledad absoluta, la obsesión psicopatológica y la fantasía mediatizada; la desaparición virtual de la naturaleza y la conversión de lo real en un entorno totalmente artificial; y, como correlato del anterior, la nostalgia por la animalidad perdida, las formas primitivas y la barbarie como imaginaria línea de fuga de las condiciones de vida en el mundo de la extrema civilización tecnológica.


En el turbulento contexto de este nuevo siglo, la risa subterránea de este naturalista metafísico de las mutaciones humanas (como Cronenberg, su homólogo cinematográfico) seguirá siendo un cómplice imprescindible.

18 comentarios:

Anónimo dijo...

Texto brillante, Juan Francisco. Enhorabuena. Dices cosas muy finas. Ya sabes que soy kafkiano acérrimo. Manuel Vilas.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Muchas gracias, Manuel, por tus comentarios. Como sabes mejor que nadie, el clan de los motoristas (es decir, de los que van como una moto por la vida, sin dar cuentas a nadie) debería nombrar a Kafka cuanto antes como santo patrón. El problema, por otra parte, es que tu Magia y mi Asno agotaron hace años la paciencia kafkiana de los timoratos: es decir, de los que prefieren el "timo" literario para pasar el rato a la literatura...

Francisco Javier Torres dijo...

Una de las cosas que a mi más me admiran en Kafka es precisamente su sentido del humor renegrido. Me parto con algunas de sus partes. Y me lo discuten algunos y me asombro de que no sean capaces de percibirlo, es muy curioso el fenómeno. Bueno, cumplí, regocijado, parte de la promesa, mi querido eleata. Ahora a por la maquinita, a todo trance (ay, mi Bernhard).

Jesus Andres dijo...

Otro artículo estupendo. Joyce, Kundera, Kafka...

Metamorfosis, ¿instrucciones de uso?


Y yo sin tiempo para nada...

pepe montero dijo...

Estoy con Un Encuentro,(voy por Juan Goitisolo) de Kundera y entro a otro no menos interesante, el de Kafka. Un buen recuerdo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

No sé, Paco, a qué promesa te refieres, ¿a San Max Brod quizá? Sin el humor, Kafka sería un cenizo inaguantable. Se le nota la influencia del cine cómico y del humor hasídico, así que sólo los más plúmbeos pueden negarle tal cualidad. La metamorfosis y El castillo son obras maestras del humor del siglo XX. El mismo Foster Wallace reivindicaba el humor de Kafka como fundamental. Otro tanto hacen Kundera y muchos otros buenos lectores. No tanto, ay, la crítica española, tan burocrática y seria, en el peor sentido de la palabra...

Me alegra, Pepe, que estés leyendo al otro K checo. Goytisolo está muy contento con las palabras que Kundera le dedica, así me lo ha dicho. Ese capítulo en particular, sobre las novelas como sondas existenciales, me parece uno de los más bellos del libro, desde luego...

Sí, eso me temo, esto amenaza, Jesús, con convertirse en una visita turística al panteón de la Literatura. Es inevitable, en cierto modo...

Raquel dijo...

Vamos, vamos: ¿qué prometió Parménides a Jenófanes, que se hace ahora el loco? Cuenta, Paco, cuenta...jiji

Raquel dijo...

Hum...la respuesta parece estar en el blog de Parménides. Rompo el luto y me voy a cotillear.

Abrazos.

Francisco Javier Torres dijo...

Y El proceso, El proceso, no te olvides. Todo, vamos, es para troncharse (aunque se te hiele a veces, sí, esa risotada tan necesaria). Y la promesa era a san Joseh Roth, no hay misterio, Raquel, sólo que Juan es algo olvidadizo. También juré leerlo él, aquí. Luego lo de la maquinita kafkiana. Eso es todo. Besos

Raquel dijo...

Ah!, pues ya me quedo más tranquila, jaja.
Me desconecto una semanita para darme unos baños estupendos. Sigan así de bien y hasta pronto. Besos.

Raquel G. dijo...

Y hablando de Foster Wallace y Kafka, el apellido "Roth" me trae a la memoria lo que mi ídolo entre ídolos escribió sobre Philip Roth (y otros) en "Consider the lobster". Corro a las estanterías, leo y copio:

"(En Kafka) no hay priapismo a lo Philip Roth ni metaparodia a lo John Barth ni quejas continuas como las de Woody Allen".

Y más abajo:

"Lo que los relatos de Kafka tienen es más bien una grotesca, magnífica y completamente moderna complejidad, una ambivalencia que se convierte en la lógica multivalente inclusiva del, entre comillas, inconsciente, que yo personalmente creo que no es más que una forma sofisticada de llamar al alma. El humor de Kafka -que no sólo no es neurótico sino que es antineurótico, heroicamente cuerdo- es, en última instancia, humor religioso, pero religioso al estilo de Kierkegaard y Rilke y los Salmos, una espiritualidad desgarradora contra la cual hasta la gracia sanguinaria de la señora O'Connor parece un poco fácil, y las almas en juego prefabricadas".

Y lamento decir que, después de leer a Philip Roth, me adhiero a lo del priapismo, aunque sé que, Ferré, no estarás del todo acuerdo. Pero no puedo perder la ocasión de citar a mi gran amor triste y autolíticamente desaparecido.

Un abrazo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

No estoy en desacuerdo contigo, Raquel,, lo que pasa es que me molesta el simplismo de algunos juicios, en lo que alguien tan inteligente como DFW, como se ve, tampoco dejó de incurrir. Calificar de “priapismo” la inscripción en la literatura de un fenómeno fisiológico y cultural de tal delicadeza como la erección o la excitación masculina (y en general el complejo erotismo y el sexo de la modernidad) como hace Roth, me parece por parte de DFW no sólo una necedad puritana sino un error de percepción e inteligencia cultural, precisamente. Roth es uno de los grandes herederos de Kafka, y de los más originales, por no haber hecho de lo kafkiano, como sus más mediocres imitadores, un modelo literalmente reconocible. El magnífico homenaje que le dedica en “El profesor del deseo”, con ese sueño grotesco con la prostituta que conoció a Kafka, es una inmejorable manera de recordarnos la carnalidad del checo, su gusto materialista por las mujeres vitales, su gestión de la cosa genital y sus problemas con la erección. Algo que, por desgracia, no parecía preocupar mucho a DFW, tal vez por eso acabó como acabó, colgando del techo de un hogar conyugal bastante deprimente. Voy a decir una maldad que espero, Raquel, me sepas perdonar. Lo que da pena de DFW (y por extensión de toda una parte de la cultura actual, si quieres, la más aséptica y timorata, la más neurótica y constipada) es que para procurarse una erección no pareció quedarle otra opción que ahorcarse. Y ya era tarde, no obstante, para abrir a través de ella una vía de comunicación íntima con otro cuerpo, que es lo que Zuckerman y Kepesh y Sabath, los antihéroes eróticos de Roth, se empeñan en hacer todo el tiempo por su placer y por el de sus lectores menos remilgados. Esta es toda la diferencia entre el hedónico Roth, que nunca habrá pensado en ahorcarse, y el anhedónico DFW, dos primogénitos literarios de Kafka igualmente admirables como escritores…
En “El animal moribundo”, obra despreciada por algunos bobos y desbaratada en su adaptación fílmica por una constipada como Coixet, se condensa gran parte del ideario “eróthico”, según se expresa en este fragmento: "No importa cuánto sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines, simules y planees, no estás por encima del sexo. Es un juego muy peligroso. Uno no tendría ni la mitad de los problemas que tiene si no corriera el riesgo de follar. El sexo es lo que desordena nuestras vidas normalmente ordenadas".

Raquel G. dijo...

No creo, Juan Francisco, que DFW renegara de la inscripción en la literatura (ni siquiera en la suya) del complejo erotismo y la sexualidad de la modernidad. Creo que simplemente lo enfocaba de otra manera. El priapismo al que se refirió, tal como yo lo entiendo, se caracterizaría más por la ausencia de apetito venéreo "real" que por la presencia continua de una erección (véase la definición de "priapismo"). El calificativo no me parece simplista, por lo que tiene de alegórico. De Roth sólo he leído "La mancha humana" y "El profesor del deseo", y las dos me han imprimido una sensación más anhedónica que todo DFW. En efecto, me ha parecido que el erotismo se agota en sí mismo, porque no aparece como deseo "real" del otro (de la otra), sino como una erección continua y dolorosa, sin apetito venéreo. No siento ese hedonismo al leer a Roth, sino al contrario, búsqueda ansiosa y estéril del otro, hallándose siempre y sólo (y solo) uno mismo.

Por otra parte, el ahorcarse sólo (y solo) me parece una forma más de acabar con un sufrimiento que se vive como intolerable. No encuentro esto más anhedónico que la pretendida y siempre fallida (por imposible) posesión (en sentido amplio) de la prójima. Felicito a Roth por haber encontrado otros métodos para paliar o acabar con sus sufrimientos intolerables, que, a primera vista, no son pocos.

En mi opinión, la comunicación íntima con otros cuerpos depende más de la posibilidad de que la mente encuentre entrada en el cuerpo de otro que de buscar frenéticamente el acceso físico al otro (conste que me gusta follar y que no soy anorgásmica, aunque quizá sí adolezco de cierta anhedonia para lo "social"). En este sentido, lo que me parece un poco simplista es ponerse cachondo para terminar lamentando que todo ha de acabar. Yo le llamo impotencia (no en sentido genital).

Y no puedo evitar argüir aquí otro fragmento de DFW (hablando de Ben Turnbull, el personaje de Updike):

"Persiste en su creencia grotesca y adolescente en que conseguir tener relaciones sexuales con quien uno quiere y cuando uno quiere es una cura para la desesperación humana"..."Updike deja claro que él contempla la impotencia final del narrador como una catástrofe, como el símbolo supremo de la muerte misma, y está claro que quiere que nosotros estemos tan de duelo como Turnbull. No es que esa actitud me escandalice o me ofenda; principalmente es que no la entiendo. Rampante o flácido, la infelicidad de Ben Turnbull es evidente desde la primera página de la novela".

Algo así me ha pasado con la lectura de Roth el hedónico.

Un abrazo,
Rah, la anhedónica.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

No cabe duda, Raquel, tu comentario tiene toda la inteligencia que esperaba. Sin embargo, sin embargo...
En tanto fálicos, los hombres somos falibles y fallidos, faltaría más. En el caso del circunciso Roth, el ars erótica pasa, como en la Biblia y la mitología griega, por el miedo antropológico y también freudiano a la castración, ergo el priapismo problemático y desenfrenado así como el donjuanismo hedónicos son la solución para un ego socavado por el fantasma de la impotencia y la castración (la Viagra se inventó para Roth y su past generation). En el caso de DFW, ya sin la problemática étnica ni genital ni generacional, el ars erótica se vuelve inexistente y el miedo posfreudiano a la anhedonia lo conduce a ofrecer unos retratos femeninos tan grotescos e insalvables desde una perspectiva de género como los de Infinite Jest. En Entrevistas con hombres repulsivos, en cambio, se atreve a ofrecer una radiografía patológica de la masculinidad postfeminista que pondría los vellos de punta al candoroso Roth, sin duda, pero ese mundo es una pesadilla moral, una cárcel diseñada por un puritano larvado. Mientras que el jardín de seducciones y artificios de Roth, con toda su impostura, nos puede parecer, a los contemporáneos de DFW, un paraíso perdido cargado de dulce nostalgia y excitantes posibilidades amatorias, a pesar de todos sus problemas. Y no estoy de acuerdo: en Roth las mujeres gozan y hay reconocimiento del otro. Basta con leer de modo adecuado el gesto final de Kepesh en El animal moribundo respecto de su amante cubana...
En cualquier caso, el priapismo y las erecciones de DFW, como de cualquier escritor consumado, se expresa a través de la escritura, ahí es donde hay que ir a buscarlos. Roth es más alegórico, en este sentido, más figurativo...

Raquel G. dijo...

Cierto, cierto, Juan Francisco; comparto del todo lo que dices en tu último párrafo. No lograba expresarlo, pero ya lo dices tú, y lo dices bien.
Por otro lado, me inquieto con "toda la inteligencia que esperaba". Tiende a parecerme que ese "toda" podría encerrar alguna trampa, ja, ja. Ya ves que las mujeres también somos falibles y fallidas, aunque no fálicas, ¿o será la envidia del pene la que nos resta infalibilidad? ;-)

Por ser tú, y sólo por eso, me has convencido de leer "El animal moribundo". Tus sugerencias son órdenes para mí, ya que insistes en la mención de forma tan elegante, y ya que me pillas en plena ovulación lasciva. ¡Qué bonito sería tenerte cerca, tan fálico como me dices! (¿Será publicada en este blog quien se ponga cachonda conversando con Ferré?) Pronto lo veremos, Periferi@.

En fin, a lo que iba: última oportunidad a Roth, porque tú y tu falibilidad lo valéis.

Se me olvidaba una cosa (ah, estoy desordenada): no niego que gocen y obtengan reconocimiento las mujeres de Roth, sino que la ansiedad sexual....bueno, mejor hablo de ello cuando haya leído éste del animal.

Besos.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Lo que trataba de decir en el último párrafo es que al final, irónicamente, la prosa de DFW es más tumescente que la de Roth, o al menos aspira a la tumescencia con mayor vocación que la de Roth, que reservaría parte de su energía para las satisfacciones de la vida real...

Sé que El animal moribundo te va a decepcionar. Es inevitable que lo leas, sin duda, pero también será inevitable que no te satisfaga...

Raquel G. dijo...

¡Ay, Ferré!, ya te había comprendido. Te veo incrédulo ante mis concesiones. No seré yo quien niegue que DFW era depresivo, pero a veces el sexo está presente por defecto, como los silencios de una partitura.
Lo malo no es estar abocada a la decepción, sino oírlo de tus labios.

Eso es lo malo.

Raquel G. dijo...

Pero estoy pensando (tarde) que no me hablas de tumescencia en el sentido tumoral, sino en el sentido congestivo/genital/eréctil. En tal caso, no hay concesión por mi parte: simplemente estábamos ya de acuerdo. ¡Demonios!, me has despistado con la aclaración de un mensaje que ya era claro. Pero es evidente que estoy espesa...