viernes, 26 de diciembre de 2008

QUANTUM OF SOLLERS


La primera condición para escribir unas buenas Memorias es haber tenido una vida incomparable. Una vida digna de ser vivida y revivida, en la experiencia y en el recuerdo. No es el caso de muchos memorialistas y diaristas, simples cronistas de la rutina y la nimiedad, pero sí de Philippe Sollers, cuya vida es más que memorable y de ahí que haya cometido la audacia de escribir estas espléndidas Memorias[*]. En un contexto mundial dominado por la conspiración de la tristeza y el miedo, el fanatismo moral y el cinismo económico, nadie con sensibilidad debería perderse una obra donde se reivindican sin tapujos el placer y la inteligencia, el placer de la inteligencia y la inteligencia del placer, cualidades propias de las novelas de Sade y también de Sollers, el escritor más afín a los postulados, el humor y el estilo de Sade.

Admirable personaje este Sollers, digan lo que digan sus muchos enemigos. Después de liderar la última vanguardia literaria de que se tenga noticia, el grupo Tel Quel, durante los años sesenta y setenta, y de haber capitaneado la gran renovación de la novela europea con experimentos que, sin embargo, nunca estuvieron a la altura de los presupuestos teóricos y filosóficos con que se quiso arroparlos, su novelística dio un salto cuántico a partir de Mujeres (1983), donde abandona el corsé abstracto que comprimía su talento narrativo y da rienda suelta a una visión tan penetrante como cáustica del mundo contemporáneo. A partir de esta novela magistral, tan admirada por Philip Roth, Sollers comenzó a practicar una concepción narrativa relativamente más accesible en cuanto a formatos y estilo pero en la que seguía inoculando el mismo discurso intransigente de los ensayos y artículos que prodigaba también con metódica puntualidad. Su última entrega novelística, Une vie divine (2006), consagrada a la figura de ese intempestivo supremo que fue Nietzsche, otro gran libertador moral como Sade, es tal vez la novela europea más original del nuevo siglo.

Y es que Sollers, además de un novelista provocativo e innovador, es una de las grandes cabezas pensantes de la tradición literaria francesa que se remonta a Rabelais y Montaigne y, pasando por los ilustrados más ilustres, Voltaire y Diderot, se va diluyendo en el siglo veinte hasta hacerse irreconocible en la pasada década. En cada una de sus múltiples manifestaciones (artículos, ensayos, novelas, Memorias, guiones de cine, textos sobre artistas, etc.), la literatura de Philippe Sollers sigue representando un poderoso revulsivo ético y estético contra los modos profilácticos que en la Europa contemporánea traban sutilmente la libertad expresiva e intelectual.

Sollers siempre ha escrito novelas admirables donde la fuerte presencia de lo autobiográfico marcaba sus planteamientos con el sello de la subjetividad de su autor. Era lógico que al escribir sus Memorias quisiera atribuirles, con notable ironía, la condición de novela, aunque los acontecimientos de su fabulosa vida no necesiten ser contados recurriendo a la invención, incluso en un contexto cultural donde el exceso de autoficciones y ficciones biográficas apenas si encubre la homogeneización de los modos de vida y la ramplonería del concepto de ficción vigente.

En este sentido, Sollers tiene la ventaja de partir de la biografía de un sujeto con seudónimo (su verdadero apellido es Joyaux), es decir, de un soporte narrativo ya definido por la ficción del yo. Quizá sea ésa su mayor limitación, pero es ahí también donde se funda la grandeza estética de su literatura, en la egolatría de su estilo y su pensamiento. No podía ser de otro modo si tenemos en cuenta que, para justificar la libertad expresiva y la ambición del proyecto, Sollers se ampara en los fuegos de artificio del Big Bang: “Me concederéis que insistir en escribir unas Memorias en estas condiciones”, refiriéndose a las descripciones científicas del cosmos, “responde a lo novelesco integral”.

Y quizá debido a este parangón creativo sostenido por su autor en su vida y en su obra con el infinito (L´Infini, nombre también de la colección y la revista que dirige en Gallimard, así como concepto básico de una de sus enciclopédicas colecciones de ensayos, Éloge de l´infini) se trate de unas Memorias escritas con una sutileza, un atrevimiento, una elegancia y un refinamiento singulares, sin olvidar la impertinencia con que da cuenta de episodios ocultos de su vida o la de los demás, o expresa opiniones adversas en el fondo y en la forma a los modos, tan moderados, del presente. Es un placer, sin duda, leer a Sollers cuando escribe sobre sus temas recurrentes: la luminotecnia voluptuosa del siglo dieciocho francés, con su corte de libertinos y libertinas, sus fiestas galantes y sus fulgores carnales (Vivant Denon, Casanova, Sade o Crébillon, entre sus cronistas preferidos del período); las aventuras literarias del siglo veinte, en las que ha participado como adalid de la vanguardia europea (Tel Quel); la gran literatura y la gran pintura occidentales; sus ciudades preferidas (Venecia, París o Nueva York) o sus escritores de elección (Voltaire, Baudelaire, Rimbaud, Céline, Proust, entre otros); su complicidad con eximias figuras como Roland Barthes y Jacques Lacan; su conocimiento íntimo de la escena intelectual francesa; su fascinación por China (pintura, política, filosofía, poesía); su paradójica alianza con escritores más jóvenes y revulsivos (Michel Houellebecq y Frédéric Beigbeder, sobre todo); etc.

También abundan los fogonazos de incisiva inteligencia sobre la política de su tiempo, con opiniones de una lucidez aplastante. No puede estar equivocado alguien que molesta por igual a todas las facciones del espectro, incluida la mafia económica y financiera, con su insobornable independencia y autonomía de juicio. Y es que Sollers, a pesar de algunos errores estratégicos (el maoísmo militante), es un distinguido superviviente de las guerras ideológicas del pasado y, por tanto, un insuperable observador de la farsa institucionalizada del presente (el régimen espectacular, tan bien analizado por su amigo Guy Debord).

Sin embargo, el territorio exclusivo donde proporciona más placer aventurarse con este libertino (post)moderno es cuando escribe, con desparpajo y sensibilidad, sobre las mujeres, su gran debilidad y su gran fuerza, según confiesa. Las mujeres más importantes de su vida, sobre todo: su madre Marcelle y su tía Laure (“Deseé vivamente a mi madre y a mi tía”); la joven vasca refugiada, Eugénie, con la que descubrió el amor físico y la ternura de los marginados; la novelista belga Dominique Rolin, su gran pasión juvenil; y la prestigiosa escritora y psicoanalista Julia Kristeva, la mujer de su vida y compañera de viaje intelectual. Por no hablar de otras mujeres no identificadas con las que ha vivido romances confidenciales que impregnan con su intensidad episódica todas sus ficciones, creando una estela sexual y sentimental inigualable entre los contemporáneos. Entre sus novelas, además de las citadas, destacaría en este sentido Retrato del jugador (1984), El corazón absoluto (1987) y, otra obra maestra, La Fête a Venise (1993), elogiada por Kundera en Los testamentos traicionados. (Por cierto, el amistoso ajuste de cuentas de Sollers con Kundera en estas Memorias permite hacerse una idea aproximada de los disímiles idearios novelísticos que sostienen ambos escritores en apariencia afines.)

Este libro responde, por tanto, a la acuciante necesidad de Sollers de “verificar si he tenido razón viviendo como he vivido”. Con Nietzsche como mentor supremo, Sollers sabe que la vida sólo merece ser vivida si se desea que cada instante de la misma se repita sin cesar. De modo que su apego a la noción nietzscheana de “eterno retorno” se cifra en esta voluntad de “reanudación” perpetua afirmada en todas y cada una de las páginas de estas Memorias irrepetibles.


[*] Una verdadera novela. Memorias, Páginas de Espuma, Madrid, 2008. (La traducción, por cierto, deja mucho que desear, cometiendo errores muy graves y negligencias frecuentes. Una metedura de pata escogida al azar por sus resonancias: la traducción del concepto lacaniano “la petite a” como “la pequeña tiene” (sic). Lo que es una categoría del sistema edípico redefinido por Lacan se convierte en una ficción verbal cargada con insinuaciones pedófilas interruptas (¿qué tiene finalmente la pequeña?). Sostengo la convicción de que quien firma la traducción (Mauro Armiño) no es la misma persona que la hizo. Falta una revisión del texto también por parte de la editorial, que consiente que un libro de esta calidad se publique con tantos errores. No es la primera vez que me encuentro con traducciones del francés hechas con descuido imperdonable, pero ésta bate récords. Una de dos: o nuestro desprecio al francés es proporcional a nuestro mediocre alejamiento de “lo francés” como categoría estética y cultural, o, más bien, la ignorancia de la lengua de Sade, Baudelaire, Proust y Céline, con todo el daño intelectual que eso puede producir, es creciente entre nuestros traductores, editores, escritores y demás hombres de cultura. French, please!...)