lunes, 24 de noviembre de 2008

LAS MÚLTIPLES PERSONAS Y EL VERBO DE JUAN GOYTISOLO


[Texto leído en la presentación de un diálogo con Juan Goytisolo que tuvo lugar en Málaga en diciembre de 2005 que me parece oportuno recuperar ahora para celebrar, a pesar de todo[1], la concesión a Juan Goytisolo del Premio Nacional de las Letras.]


Todo el mundo sabe que Juan Goytisolo es uno de los más eminentes novelistas españoles del siglo veinte y uno de los escritores más importantes del presente. Pocos saben, en cambio, que Juan Goytisolo, el más cervantino de los novelistas españoles de cualquier siglo, ha nacido muchas veces bajo diferentes identidades. Juan Goytisolo nació en Barcelona, allá por los años treinta. Juan Goytisolo nació en París, en los años cincuenta, y en Tánger, en los sesenta. Juan Goytisolo, más o menos por las mismas fechas, nació en Marraquech. Juan Goytisolo nació también en Nueva York, aunque ninguna biografía se haga cargo de este extraño alumbramiento, con King Kong y una familia de cocodrilos de alcantarilla como únicos testigos. Pero Juan Goytisolo murió en Sarajevo, como certifica su novela El sitio de los sitios. Murió en Sarajevo como Juan Goytisolo y renació bajo una nueva identidad. Se puede decir que resucitó con las “señas de identidad” de un derviche errante sufí o un morabo marroquí llamado “Ben Sidí Abú Al Fadaíl”, un hombre santo que merodea hasta el atardecer por la plaza de Xemáa El Fná y luego se recoge para entregarse al conocimiento y el éxtasis íntimo.
En todo caso, Juan Goytisolo nació de entre las páginas de una de sus últimas novelas, Las semanas del jardín, donde un colectivo de narradores autodenominado “Un círculo de lectores”, tras organizarse para contar la vida de un extraño poeta español dotado de no pocos atributos en común con Goytisolo, decidió inventar la figura de un autor que diera coherencia a la obra y, de paso, los relevara de la obligación de promocionar el libro. La biografía del autor de la novela figura como penúltimo capítulo de la novela y se repite literalmente en la solapa delantera del libro, en una de las estrategias más ingeniosas ideadas por Goytisolo para burlarse con humor de la imagen que sus críticos malhumorados o sin sentido del humor suelen dar de él. Dicha biografía apócrifa reza como sigue:

"El Círculo de Lectores del Poeta, antes de dispersarse, inventó un autor: Después de prolongadas discusiones en las que sus miembros lucieron vastos conocimientos etimológicos, históricos y lingüísticos, forjaron un apellido ibero-eusquera un tanto estrambótico, Goitisolo, Goitizolo, Goytisolo -finalmente se impuso el último-, le antepusieron un Juan -¿Lanas, Sin Tierra, Bautista, Evangelista?-, le concedieron fecha y lugar de nacimiento -1931, año de la República, y Barcelona, la ciudad elegida por sorteo, escribieron una biografía apócrifa y le achacaron la autoría -¿o fechoría?- de una treintena de libros. En el momento de la despedida, cuando estaban ya hartos de la ficción de aquellas semanas en el jardín y suspiraban por volver a sus hogares y familias, le compusieron un rostro con distintas imágenes en un astuto montaje en sobreimpresión, y lo pegaron, para rizar el rizo, como un monigote, en esta solapa".

Todo esto equivaldría a decir que a lo largo de su vida, admirable por su rigor y creatividad, Juan Goytisolo ha sido capaz de transmigrar de cuerpo en cuerpo, de identidad en identidad. Como realista más o menos social, en los años cincuenta, ajustó las cuentas con saña a la identidad burguesa que le pertenecía por nacimiento y educación, con novelas hoy felizmente recuperadas en el seno de sus Obras (In)completas. Como antirrealista, en los años sesenta y setenta, ajustó las cuentas a la España del franquismo al mismo tiempo que reajustaba sus cuentas con el realismo ingenuo de la década anterior, ponía en hora su reloj estético y reorientaba a la vez su brújula ética para no recaer en los simplismos ideológicos del compromiso de entonces, de lo que daría excelente muestra tanto Señas de identidad como Reivindicación del conde Don Julián, dos novelas que revolucionaron el rumbo de la narrativa española de su tiempo. No contento con esto, con Juan sin Tierra dio otro salto fuera de toda norma en pos de una nueva piel verbal y cultural: como indica su título, Goytisolo publica una novela que obliga a la España tardo o postfranquista a despertar del largo sueño de décadas y contemplarse en el espejo de un mundo cambiante y mestizo, un mundo plural en el que nuestro país habría de reconocer las huellas de otros pasados posibles antes de concebir un futuro pensable.
Precisamente, a esos otros pasados posibles de un proyecto de España siempre truncado a lo largo de su historia ha dedicado Goytisolo innumerables ensayos y artículos, dentro de lo que él mismo denominaría la trayectoria que va de “la España de Franco a la de Almodóvar”, elaborando así su “árbol de la literatura”, donde muchos de los nombres ninguneados o marginados, mal entendidos o santificados bajo una etiqueta castradora volvían a vibrar renovados por su lectura crítica. Gracias a Goytisolo, muchos pudimos descubrir el espíritu libérrimo que se ocultaba tras las máscaras académicamente prefabricadas de La Celestina , El Quijote o La lozana andaluza, Quevedo y Góngora, la mística de San Juan de la Cruz o la carnalidad del Arcipreste de Hita, Larra, María de Zayas o Cernuda, La picaresca y Clarín, Blanco White, Américo Castro y el Cancionero de burlas (con la Carajicomedia en ristre), por no hablar de la exploración del fértil campo del pasado mudéjar, del pasado judío, de las fuentes ocultas de la literatura española, de la literatura arábiga, el mundo islámico, el pensamiento de Azaña, etc.
La literatura española, comience donde comience, termina con Juan Goytisolo, que es, como decía Borges de Quevedo, toda una literatura. Y esta es otra de las cualidades fascinantes de su obra: situarse al mismo tiempo dentro y fuera de dicha literatura, como comentario creativo y ficción teórica, plantada con firmeza en la periferia y en el centro de una tradición entendida como disidencia respecto de sí misma, concebida como anomalía cultural a contracorriente de las tendencias dominantes o de los lenguajes hegemónicos. La literatura de Goytisolo se sitúa necesariamente al final de una tradición y la consuma, integrando en ella y extremando todo lo que esta parecía haber excluido de su seno para definirse conforme a los criterios restrictivos del poder en ejercicio.
Pero otro Juan Goytisolo seguía al mismo tiempo escribiendo lo que él ha denominado “autobiografías imaginarias” (Coto vedado y En los reinos de taifa) que juegan al juego de contarlo todo de una vida, o parte de esa vida, al mismo tiempo que ponen en cuestión la posibilidad misma de la autobiografía, esto es, de que un mismo sujeto llamado Juan Goytisolo pueda contar la verdad de otro sujeto llamado Juan Goytisolo sin incurrir en fabulaciones o mixtificaciones. O también, mucho más tenazmente, reinventando formas novelescas que emparentaran con sus autores de elección y, al mismo tiempo, renovaran el género en su diálogo múltiple con el lector y con la cultura contemporánea. Algunos críticos, por razones espurias, hubieran querido certificar la caducidad o defunción prematura de un ciclo narrativo tan vasto como el suyo, pero después de concluir la archifamosa trilogía rebautizada como “Tríptico del mal”, Goytisolo publicaría novelas que durante los últimos veinte años han mantenido un rigor, una lucidez y un ingenio envidiables, yendo cada una un paso más allá del anterior y dialogando con todas ellas como si fueran una obra única, mutante e inabarcable, completada fascículo a fascículo. Ahí están, tan vivas y excitantes como cuando se publicaron por primera vez obras como Makbara, Paisajes después de la batalla, Las virtudes del pájaro solitario, La cuarentena. O novelas últimas tan admirables e innovadoras como La saga de los Marx, El sitio de los sitios, Las semanas del jardín, Carajicomedia o Telón de boca, una de sus últimas audacias
[2], donde se atreve a hablar con Dios de tú a tú, o con el demiurgo, de autor a autor, sobre la crueldad del mundo y la violencia del poder, la fragilidad y brevedad de la vida humana, y, sobre todo, a hacerle hablar, a obligarle a confesar sus grandes errores a la vista de los cruentos horrores que poblaron el siglo que concluyó con la Caída del muro de Berlín, la guerra de Bosnia, la de Chechenia o la matanza de Argelia (conflictos que merecieron todos una respuesta intelectual y personal comprometida de Goytisolo) y que ya pueblan el siglo que comenzó con otra caída, la de las torres gemelas. En suma, una tentativa de protesta radical contra la maldad con objeto de forzar la confesión verbal del creador de este mundo caótico y cruel, hacerle reconocer su indiferencia ante el dolor y el sufrimiento de las víctimas, su secreta complicidad con los verdugos.
Como se ve, por tanto, la novelística de Goytisolo refleja con incomparable humor y creatividad el acendrado pesimismo de su pensamiento. Resulta sorprendente, en su caso, comprobar cómo una visión intelectual de la situación contemporánea nutrida con los planteamientos críticos más intransigentes y polémicos es capaz todavía de traducirse en la radical singularidad de su apuesta narrativa, donde se restituye jubilosamente a la literatura su poder de “cambiar” el mundo, aunque sólo sea en los límites simbólicos de su alcance, esto es, cambiando las mentalidades, interviniendo en las representaciones y disolviendo los estereotipos que sirven al poder hegemónico. Poniendo en juego, en suma, los artificios del discurso narrativo literario a fin de oponerse a las lacras del presente no sólo con la inteligencia sino también con la imaginación y el humor, especialmente la ironía, la sátira y el sarcasmo, como si estas facultades humanas fueran quizá las más convenientes para enfrentarse a esas lacras sin caer en la moralina o en los esquematismos del discurso ideológico.
En correlación con los planteamientos coetáneos de Richard Rorty de que los problemas del mundo y la vida contemporáneos merecen ser tratados en otra lengua que no sea la de la filosofía o el pensamiento abstracto: una lengua tan irónica con los hechos y las ideas como atenta a sus propias complejidades, espejismos e ilusiones. No cabe duda de que Goytisolo, al obligar al mundo occidental a mirarse en su espejo oriental, comparte con Rorty la convicción de que el dolor humano y la capacidad democrática de disminuirlo son dos de las grandes cuestiones morales de nuestro tiempo. Esta desviación geopolítica de su perspectiva metaforiza, en cierto modo, el singular sesgo ético, estético y político de su arte narrativo.

[1] Es obvio que la concesión de este importante galardón comporta, como diría Borges, la no concesión, inexplicable, del aún más importante Premio Cervantes. (Si me equivoco, no me costará ningún trabajo rectificar, pero lo dudo mucho.)

[2] Su nueva novela, El exiliado de aquí y de allá, la publicó Galaxia Gutenberg en septiembre de este año. Esta es mi reseña de la misma, ya publicada en el blog:

PAISAJES DEL SIGLO XXI

El exiliado de aquí y de allá, la nueva novela de Juan Goytisolo, no es un libro sólo para unos pocos. Este no es un libro para los que creen que el mundo camina hacia su destrucción. Para los que alientan esa carrera fatal con ideas y acciones funestas. Tampoco es un libro para los que niegan esa posibilidad, para los que creen en un porvenir radiante. Este es un libro, desde luego, para los que piensan que la ficción narrativa tiene aún algo que decir sobre el mundo contemporáneo, sobre lo que está pasando y cómo está pasando. Algo que decir, muy especialmente, sobre cómo lo estamos viendo y viviendo, al modo espectacular.
Este es un libro cuyo “mensaje”, por tanto, no puede ser de esperanza ni tampoco de desesperación. Es un libro para los que creen, como Pasolini, que el humor ha sustituido a cualquier forma de esperanza. Este libro transmite la que ha sido siempre la “buena nueva” de la mejor literatura. Lo propio del hombre es reír, podría declarar Goytisolo citando esta vez a Rabelais. Del hombre y de la mujer, por descontado. La risa como medio o remedio liberador contra todo lo que nos oprime a diario y nos quita el deseo de seguir viviendo en un mundo donde pasan cosas tan inicuas, atroces o ridículas.
Así que este libro festivo resulta imprescindible para los que aspiran a vivir en este mundo sin necesidad de aceptar por decreto, como decía Deleuze, toda la estupidez que también forma parte ineludible del mundo. Como novelista, Goytisolo se niega a elegir otra vez entre el papel de escéptico radical o el de apologeta del estado de cosas, convencido de que la única forma de dar cuenta fehaciente del delirio de la realidad contemporánea es empleando a fondo los delirantes métodos del arte narrativo, con la ironía impersonal y la lucidez intransigente como recursos supremos, en la estela vitriólica del Flaubert de Bouvard y Pecuchet, su precursor más evidente.
Esta nueva novela es, en consecuencia, tan explosiva, paradójica y excesiva, a pesar de su brevedad, como el mundo circundante. Tal vez por eso Goytisolo entabla en ella un divertido juego de máscaras, digno de una trama policial de Chesterton. Desdoblamientos de identidad, disfraces y ocultaciones varias que le permiten expresar la carnavalesca multiplicidad de la vida postmoderna, rehuyendo incurrir, al mismo tiempo, en las posiciones que más detesta: la predicación biempensante, la hipocresía conformista y la condena fundamentalista o fanática.
Hace veintiséis años Goytisolo publicó un libro profético (Paisajes después de la batalla), un puzzle narrativo compuesto de ochenta fragmentos que anticipaba gran parte de lo que este nuevo siglo ha convertido en costumbre, el conflicto multicultural inscrito a fuego en la dinámica de la globalización. Como a DeLillo el 11-S, a Goytisolo las algaradas en los guetos parisinos de hace tres años no lo tomaron desprevenido, a pesar de que la realidad se apropiaba de la ficción y decidía imitarla con todas las consecuencias, pero sí le obligaron a considerar desde un ángulo nuevo (en cierto modo, póstumo) la irónica responsabilidad del escritor ante lo que escribe y ante la cambiante sociedad para la que escribe. Y esta cómica secuela, un sofisticado mosaico textual de sesenta y siete fragmentos dedicados a los motivos más candentes, turbulentos o polémicos del presente, es el producto renovado de ese proceso simultáneo de autocrítica implacable y cuestionamiento permanente del orden del mundo que caracteriza su obra anterior.
A pesar de todo, el satírico relato no alcanza tintes apocalípticos en ningún momento. Tal vez porque para Goytisolo, como para Eliot, el mundo no acabará con un estallido sino con una queja. O todavía mejor: con una estruendosa carcajada. Y es que Goytisolo, más que un rebelde con causa o un disidente moral, como se le quiere etiquetar con demasiada facilidad, es sobre todo un ingenioso humorista y, como tal, sólo pretende provocar la risa cómplice del lector caricaturizando un mundo exhausto que no es posible aceptar ni tampoco rechazar, aunque sea el único realmente existente.
He ahí el dilema crucial de este tiempo de crisis, planteado una vez más por Goytisolo con hilarante inteligencia.

8 comentarios:

J. A. Montano dijo...

Crees que ha habido "maniobras" para no darle el Cervantes (¡si no se lo dan!)?

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

No se lo van a dar. Nada sé de maniobras, aunque deduzco que el premio lo es de consolación al saber que el Cervantes, una vez más, le sería negado por los necios de siempre.
Este año se lo darán a Matute por cumplir con la cuota igualitaria, lo que bien pensado no me parece nada mal, se lo merece de sobra. Al habla con uno de los sosias de JG, me confirma que tal opción es muy de su gusto, por considerarla mujer de gran inteligencia y gran escritora por demás.
En cuanto a las razones de la no concesión, como decía el Buda: los que saben no hablan y los que hablan no saben. ¿Adivina cuál puede ser mi caso?...

J. A. Montano dijo...

Yo creo que este año se lo dan a Caballero Bonald. Goytisolo habrá aprendido este año, por lo tanto, una gran lección: por mucho que uno enarque las cejas, siempre habrá alguien que las enarque más que uno :-)

En fin: desde luego, aunque Goytisolo me parece un escritor terriblemente aburrido (como ayer puse en el blog de VL Mora), también me parece un gran escritor. Y, desde luego, *objetivamente*, hoy no hay nadie que se lo merezca más que él. (P.S.- Sí, ya sé que a ti te parece un escritor terriblemente divertido...)

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

En una sola cosa te doy la razón, Montano: Goytisolo se había ganado el Cervantes mucho antes de la llegada de Z. Por favor, un premio que ha recibido hasta García Nieto, qué vergüenza debería darles a los bobos que se lo niegan no se sabe muy bien por qué...
El problema no es el Cervantes: el problema es quién ha leído La saga de los Marx o El sitio de los sitios o la Carajicomedia, novelas terriblemente divertidas en efecto, y si no te lo parecen, lo siento, es porque tienes un concepto "paramount comedy" de la risa (o no las has leído, como la mayoría de los que opinan sobre JG). Ése es el problema. Se le ha leído mal o no se le ha leído para nada. Que aquí siguen resonando los tópicos sobre JG que se elaboraron en la transición y no se han revisado ni una línea (ni siquiera en los manuales de enseñanza).
Insisto: una literatura que se permite desdeñar o ignorar por conveniencia y mezquindad (o pereza mental, que hay de todo), una obra tan avanzada y cómica como La saga de los Marx es una literatura que no merece que se la tome en serio. Punto. Más nos vale premiar a cualquier cantamañanas y echarnos a dormir de nuevo la siesta secular en que se adormece nuestra cultura desde hace tanto que hasta los bostezos parecen ronquidos...
En cualquier caso, me alegra ver que coincides en que, por lo menos, no hay nadie mejor a quien darle el Cervantes. Desde luego, si le preguntaran a éste a quién habría que dárselo no dudaría ni un minuto...

J. A. Montano dijo...

Bueno, puede que alguna de las novelas que no he leído de Juan Goytisolo sea divertida. Como puede que alguna de las películas que no he visto de Lubtisch sea aburrida. Pero a día de hoy, lo que declaro es que todas las novelas que he leído de Goytisolo son aburridas y todas las películas que he visto de Lubitsch son divertidas. De Lubitsch no he visto aún "La viuda alegre": esperaré a ver. De Juan Goytisolo no he leído aún "La saga de los Marx": esperaré a ver.

Anónimo dijo...

Sobre Goytisolo, creo que merece la pena también el comentario escrito en "La bitácora del Minotauro" y el libro que estos mismos han publicado y que habla de su obra crítica.

J. A. Montano dijo...

Marsé! Cómo se digiere eso en medios goytisolistas?

Daniel S. García dijo...

Fernando Valls también dedica una entrada a Goytisolo...
http://nalocos.blogspot.com/2008/11/atencin-ltimas-revelaciones-sobre-el.html