sábado, 1 de noviembre de 2008

EL MUNDO SEGÚN DAVID FOSTER WALLACE

En un artículo de hace un par de años decía yo que David Foster Wallace, el escritor norteamericano de mi generación que prefiero [*], era capaz de escribir los relatos más originales y creativos que se están escribiendo en este momento en cualquier parte (el lector español está de suerte con este autor pues también se han traducido sus dos colecciones anteriores: La niña del pelo raro y Entrevistas con hombres repulsivos) y novelas que han revolucionado el género de modo que las necrológicas de la novela se traducían en muerte de la muerte de la novela (aunque sigue inédita en español su primera novela, The Broom of the System, que restituye a la filosofía analítica su imprescindible dimensión narrativa sin renunciar a una comicidad de primer grado). De hecho, si no han leído todavía La broma infinita, se están perdiendo la novela paradigmática del nuevo siglo, amasada con trillones de unidades de información, sentimiento tragicómico de la vida y sentido geopolítico del conflicto cultural entre la globalización y lo local.
El título original de este libro es Oblivion (es decir, Olvido y no Extinción, como se titula en la, por otra parte, espléndida versión española), aludiendo con ello al gran “efecto especial” que la cultura mediática produce en su audiencia masificada, y, en este sentido, una urgente demanda de olvido se deja percibir en el tono y los motivos de estas ficciones (un “octaedro” narrativo compuesto de cinco novelas cortas y tres relatos), pero sobre todo en la búsqueda incesante del sentido experimentada por todos sus personajes a través de interminables procesos verbales que los extravían en la enrevesada sintaxis de sus problemas, como sucede en "Extinción”, donde el ronquido marital se transforma en el vórtice vertiginoso en que naufraga un matrimonio y toda una fosilizada forma de vida. Por su parte, “Encarnaciones de niños quemados”, el más sintético y programático de todos, es una inquietante y breve alegoría de la vida americana, de una enorme actualidad, observada desde la perspectiva de la catástrofe y la impotencia, la locura y la supervivencia imposible. Con un personaje que es, como el propio Wallace antes de quitarse la vida, la encarnación de una herida abrasiva: “vivió su vida sin que nadie lo habitara, una cosa más entre las cosas, su alma suspendida en lo alto como una nube de vapor, cayendo como lluvia y luego alzándose, el sol arriba y abajo como un yoyó”.
Más que el olvido los entes narrativos protagonistas de ficciones extremas como “La filosofía y el espejo de la naturaleza” y “El neón de siempre” parecerían perseguir la amnesia que se encuentra tras la extinción, accidental o deliberada, de las señales de la cordura y la racionalidad en sus imposibles vidas o en sus dañados cerebros. Así, al final de “El canal del sufrimiento”, una sátira apopcalíptica (sic) sobre el espurio mundo neoyorquino de las revistas de moda, la telerrealidad y el terrorismo de lo real, aparece “una luz abrasadora y amorfa” como la que aniquiló el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001. Localizada en las torres y sus aledaños, la ficción interrumpe entonces bruscamente su enunciación y también lo hace la emisión del canal que da título al texto (vídeos de vidas desgraciadas para consumo de sectores sociales privilegiados) o el número de septiembre de la revista Style, consagrado especialmente a la personalidad y obra de un artista anal, capaz de esculpir sus heces al tiempo que las excreta. Esta parábola grotesca, situada significativamente al final del libro, y la primera narración de la serie, “Míster Blandito”, otra provocativa sátira sobre la publicidad y el marketing como estados de conciencia alterada, mostrarían que Wallace padece el síndrome de Thomas Pynchon en los sesenta. Después de hacerse célebre hace una década gracias a una novela elefantiásica como La broma infinita, desde entonces estaría tratando de contener su tendencia al exceso ofreciendo versiones condensadas de novelas potenciales que no escribirá por temor a ahuyentar a los lectores y ganarse la hostilidad de una parte de la crítica. No obstante, ésta no ha restado ataques al estilo exuberante y ensimismado de Wallace (desde medios culturalmente conservadores como The New York Times o El País), como si su gran contribución literaria no residiera precisamente en el modo en que dinamita desde dentro las estructuras racionalistas, comerciales y burocráticas del lenguaje contemporáneo y lo fuerza a reconocer así su colonización efectiva por los valores del capitalismo.
Como vuelve a demostrar esta magnífica y arriesgada propuesta narrativa, David Foster Wallace sigue siendo el gran cartógrafo de la desquiciada conciencia postmoderna en la fase histórica de su hipertrofia tecnocrática y su consiguiente anhelo de anulación.


[*] O, más bien, prefería, dado su reciente suicidio. Nada me puede obligar, sin embargo, a colocar esa preferencia en pasado, por lo que me niego a modificar el tiempo presente en que fue concebido este texto como homenaje póstumo a su figura.

6 comentarios:

Raquel Giménez dijo...

Gracias por el reconocimiento sensible, inteligente y crítico a este escritor que es, sigue siendo, también el que yo prefiero de mi generación. Empecinarse en mantener el tiempo presente me parece una bella forma de homenaje.

El suicidio de David Foster Wallace me pilló releyendo compulsivamente "Extinción". Desde ese día he entrado en un bucle de relectura obsesiva de sus libros, como si así pudiera (yo) mantener vivo el tiempo presente del propio Foster Wallace, o averiguar algo que pudiese retroactivamente ayudar a evitar su pérdida.
En fin, que estoy fastidiada porque se me ha suicidado el Referente literario. Quizá por eso agradezco tanto que alguien con cerebro hable de David Foster Wallace en presente.
Gracias.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Bienvenida, Raquel.
Gracias a ti por tus palabras y tu amor a DFW. Sin lectores como tú no creo que mereciera la pena escribir. En cualquier caso, te anuncio, por si te interesa, que he coordinado un dossier para la revista Quimera sobre DFW que saldrá en enero como homenaje definitivo a su figura y obra.
Espero verte a menudo por aquí.
Gracias otra vez.

Raquel Giménez dijo...

Claro que me interesa lo del dossier; estaré pendiente de ello. Muchas gracias. Seguiré por aquí, a pesar de mi analfabetismo bloguero y cibernaútico en general. La cálida bienvenida y lo interesante del sitio, bien merecen un cursillo acelerado de navegación para torpes. Allá voy.
Hasta muy pronto.

Anónimo dijo...

¿un dossier Foster Wallace en Quimera? Me parece imprescindible. ¿Quién va a colaborar? He leído todo lo del autor, creo que no lo he entendido del todo, pero hay un antes y un después en mi manera de leer.
josé ignacio

Raquel Giménez dijo...

Hola, José Ignacio.
Me alegro de que vayan llegando más personas para las que hay un antes y un después de DFW. Bienvenido también al durante.
Como lo prometido es deuda, ya tengo cuenta blogguera, aunque no sepa para qué demonios usarla.
Saludos.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Sí, José Ignacio (bienvenido al blog!), los coordinadores del dossier (Juan Trejo y yo mismo) hemos tratado de ofrecer un homenaje a DFW y su irrepetible literatura desde las páginas de Quimera contando con artículos y contribuciones varias de Javier García Rodríguez, Robert Juan-Cantavella, Manuel Vilas, Ricardo Menéndez Salmón, Germán Sierra, Eloy Fernández Porta, Agustín Fernández Mallo y yo mismo. Escritores que rinden así homenaje a un colega desaparecido de la talla de DFW.

Espero que os guste a los fans.