lunes, 16 de mayo de 2011

LECCIONES DE PLACER

Hemos tenido que esperar más de treinta años y, sobre todo, hemos tenido que esperar a que Isabel Coixet dirigiera una versión emasculada y sentimental de El animal moribundo para recuperar la segunda parte de la trilogía que Roth había consagrado a David Kepesh, el “profesor del deseo”. Conviene recordar que el nacimiento literario de Kepesh es uno de los más extraños no sólo de la obra de Roth sino de la literatura moderna. Hasta que Roth decidió conferirle una autobiografía “convencional” con esta segunda novela (completada después con El animal moribundo), Kepesh era sólo el desconcertado protagonista de la novela corta El pecho, donde se transformaba en su objeto de deseo preferido, un enorme pecho femenino. Lo que podría parecer un chiste propio del primer Woody Allen (quien, por cierto, debe mucho a Roth) y una reelaboración edípica de La metamorfosis de Kafka, se transmuta al leer El profesor del deseo en una metáfora grotesca del malestar íntimo que afecta a Kepesh al final de esta novela.
Entonces, ¿quién es este David Kepesh de vida tan anómala? Si en El animal moribundo nos reencontrábamos con un sexagenario de pensamiento y actitudes libertinas, un adulto que ha redescubierto, frente al desafío de la muerte, las puertas mentales y físicas del placer, esas mismas que cuando era joven no supo abrir del todo por indecisión o temor; en El profesor del deseo el lector asistirá a la genealogía moral de este singular personaje escenificada como debate constante entre la pulsión libidinal y su medroso apego a un orden de vivir que podría ser una forma de sabiduría si no implicara también tantas renuncias, frustraciones y sacrificios.
En este sentido, esta bella novela de Roth no es sólo un apasionante relato de formación o deformación del carácter masculino sino una parábola filosófica sobre la trascendencia del deseo erótico en la constitución de la subjetividad. Roth ha expresado esta idea fundamental a través de otros personajes (Nathan Zuckerman, su alter ego de tantas novelas, o Mickey Sabbath, el rabelesiano antihéroe libidinal de El teatro de Sabbath, una de las obras maestras del arte erótico de todos los tiempos), pero quizá no de un modo tan lúcido e intenso como aquí. En suma, Kepesh, mostrando su afinidad con el seductor de Kierkegaard, encarnaría la convicción estética de que el deseo y el placer, como consumación de ese vibrante vínculo de atracción con el otro, son el instrumento idóneo para construir una identidad plena en relación satisfactoria con el mundo. Y el placer, ese factor de gratificación inmediata, es sólo la secuela tangible de que el “yo” ha sabido definir frente al “nosotros” una diferencia significativa, que, sin embargo, no se traduce en indiferencia o apatía.
Es muy hermosa, por esto, la paradoja irónica de concluir la narración con la parálisis vital de Kepesh, unido ahora a Claire, la joven maternal de grandes pechos y belleza apolínea que va a procurarle toda la serenidad y la dicha carnal de que es capaz, anulando otro aspecto decisivo del deseo: su poder radical para trastornar la estabilidad afectiva y sexual, como hacía la fascinante Helen, su primera mujer. Pero aún más hermosa es la idea paralela de que la literatura, como gran discurso del deseo reprimido y la transgresión, ayude finalmente a Kepesh a desenredar el bucle moral que lo atenaza (con el sueño desternillante de la prostituta que conoció a Kafka como detonante psíquico). Me refiero, en especial, a ese curso de narrativa comparada que Kepesh prepara “en torno al tema del deseo erótico” (“esas inquietantes novelas que tratan la más inicua y lasciva sexualidad” o de “pasiones ilícitas e ingobernables”) y que lo convertirá en el “profesor del deseo”.
El “profesor del deseo”, al contrario que sus anodinos colegas de profesión, es el que ha aprendido a enseñar, en conexión con la desvergonzada impureza de la vida, lo que hay en la literatura de menos inofensivo, de más escandaloso y audaz. Del mismo modo que Kepesh acaba siendo ese profesor vocacional, Roth es el escritor del deseo, como John Hawkes y Milan Kundera, maestros en el arte de la lucidez sexual. Lo sabíamos ya desde La contravida, esa suprema ficción sobre el poder liberador de la ficción, sobre la realidad de la fantasía y las fantasías de la realidad. Y lo confirma esta brillante novela, una provocativa lección sobre las relaciones entre vida y literatura, placer e inteligencia, hedonismo y cultura, digna de figurar en el voluptuoso canon de Kepesh.